miércoles, 6 de abril de 2016

INVESTIGACION



                Un par de meses más tarde, regresé al escenario del crimen para comprobar si quedaba algún rastro del delito. Reconocí el lugar y a los sospechosos habituales, que seguían estando justo donde los dejé la última vez. A primera vista, poco o nada había cambiado. Tú seguías siendo tú, yo seguía siendo, más o menos, yo. Sin embargo mis ojos, entrenados por la costumbre de observarnos, detectaron la sutil diferencia que a cualquier extraño se le pasaría por alto: faltaba el factor nosotros. Ya no existía, al menos no en la forma que recordaba, y ese hueco lo cambiaba todo. A ti, a mí y, sobre todo, a la historia que vendría después de esa tarde.

                En cierta manera, había esperado que eso ocurriera pero no contaba con mi reacción. Si alguien me hubiera preguntado, la respuesta habría sido “me destrozará de nuevo, justo ahora que empezaba a recuperarme”. Me equivocaba. No daba saltos de alegría, supongo que algún rincón de mi todavía sobrevivía la esperanza en recuperarnos, pero ser capaces de hablar sin reproches, sonreír a nuestras bromas y mantener la cabeza (y el corazón) en su sitio era lo correcto. Hay amores que matan, hay amores que mueren y hay amores que se transforman para convertirse en amistad. El nuestro debió ser de los terceros y lo prefiero así.

                Saliste de la nada, entraste en mi vida y, durante cinco meses y medio, la pusiste patas arriba de tal manera que ya nada volverá a ser igual. Yo tampoco. Contigo aprendí lo que significa querer de verdad, no sólo en los buenos momentos. Fuiste el primero en decirme “Te quiero” sin que sonara a soneto rancio o al ardor de un instante. Pusiste sal y pimienta en mis días y pintaste de colores mis noches. Te quise y me quisiste. A partir de ahora, lo haremos de otra manera y puede ser igual de bueno. Incluso mejor.

                Volví al escenario del crimen buscando respuesta a esta sensación de no haber cerrado nuestra historia y la encontré. El caso se ha resuelto.

Mjo
06-04-16

lunes, 4 de abril de 2016

REVELACIONES, QUE HABERLAS...

" ¿Sabes qué es lo más raro? Que la última vez que te acuestas con alguien, no sabes que es la última vez. Piensas: "Tenemos problemas, tenemos que arreglar algunas cosas" pero nunca piensas... Después cortáis y, un mes más tarde, lo recuerdas y dices: "Oh, esa fue la última. Aquel jueves o aquel viernes o cuando sea". Y desearías haber prestado atención porque era la última vez, ¿sabes?" (Boys on the side)



Alguien debiera avisarnos de cuándo es la última vez que hacemos algo. La última vez que vamos al parque de atracciones, que comemos un helado en esa terraza, que oímos una canción, que vemos una película, que viajamos en un coche... La última vez que abrazamos a alguien, que oímos su voz, le besamos en los labios o compartimos su cama. Si alguien o algo nos diera una señal, si nos concedieran un instante de lucidez para saberlo, quizá fueramos capaces de abrir los ojos o los oídos, de prestar atención con los cinco sentidos para no perdernos ni el más pequeño detalle, por insignificante que pueda parecer. Porque cuando te das cuenta de que no vas a poder repetirlo nunca más, descubres cuánto te perdiste por estar distraída por cualquier cosa, porque creías que habría más, por no ser capaz de ver que era la última vez.

Llegan entonces las lamentaciones, los reproches y la culpabilidad pero ya es tarde porque no hay vuelta atrás. No queda más remedio que aceptarlo y empezar de cero, partiendo desde el punto muerto en que el destino te ha puesto y confiar en que la próxima última vez será distinta. Porque sabes que habrá una más, o cientos. Porque siempre hay una más, o cientos. También de primeras veces.

Tengo montones de primeras veces, algunas buenas y otras no tanto, y otro montón de últimas veces. De todas se aprende... dicen. Sólo espero estar más atenta cuando llegue la siguiente, ya sea la primera o la última.

Mjo
04-04-16


  


miércoles, 23 de marzo de 2016

LA BIBLIOTECA


Entrar por primera vez en una biblioteca privada, propiedad de un difunto que en vida ni fue ordenado ni amó o respetó los libros, puede provocar dos efectos: o te invade una fuerza titánica para enfrentar la tarea o te dan ganas de suicidarte por el método más rápido que pueda existir. A veces, ambas sensaciones se juntan en un cóctel explosivo que, cuando se acaba el trabajo y todo queda pulcro en las estanterías, te deja agotada por días. El sueldo y las maravillas que, de vez en cuando, puedes encontrar entre tantos volúmenes apolillados compensan de sobras tantas molestias. Por eso imaginé que aquel nuevo encargo sería rutinario, sin más novedad que la ubicación de la biblioteca y lo linajudo del apellido del propietario fallecido.

Recibí el informe un viernes antes de salir de la oficina y me lo llevé a casa para estudiarlo tranquilamente. Después de todo, mi vida social había pasado a mejor vida hacía unos meses después de ser… abandonada en el altar. Ya está, ya lo he dicho. Con lo que me había costado encontrar alguien que no sólo me aguantara sino que, al parecer, me quisiera lo suficiente como para proponerme matrimonio y en el momento crucial de la ceremonia, va y me deja plantada. Una palabra, sólo tenía que decir una palabra. Y la dijo, solo que no fue la correcta. Los quince días de mi supuesta luna de miel los pasé lamiéndome las heridas tirada en las playas de Punta Cana, disfrutando de mi suite nupcial a solas y aclarándome las ideas. Comí un poco, lloré mucho, salí cada noche y me bebí hasta el agua de los floreros, como se suele decir. Como antídoto para el dolor, usé varios parches con acento local y volví a casa preparada para enfrentarme con la realidad y lo suficientemente morena como para matar de envidia a más de una amiga.
                
Aquel era el primer trabajo importante que me asignaban después de mi “desgraciado incidente”, como mi querido jefe calificó el asunto. Intentó sonar comprensivo y solidario pero yo sabía perfectamente que, en el fondo, estaba disfrutando como el enano cabrón que en realidad era. Por lo visto, la colección que me tocaba valorar perteneció a un conde que murió de puro viejo encerrado entre las ilustres paredes del palacio de sus antepasados, perdido en la locura y rodeado de cuadros sangrantes que daban fe de lo ilustre de sus apellidos. Un artículo en un periódico muy serio, escrito por un periodista con muy mala leche, contaba que pasó los últimos años de su vida extraviado en batallas de libros de texto, soñando despierto con matanzas de infieles y doncellas virginales que únicamente existían en su imaginación. Tan pronto como murió, sus descendientes, ansiosos por hincar el diente a una herencia que suponían muy jugosa y poco acostumbrados a trabajar para sobrevivir como el común de los mortales, lo enterraron con pompa de otras épocas, coche fúnebre con caballos emplumados incluido. Después se reunieron en el salón de baile de palacio, todavía con olor a cirio y flores muertas después del velatorio, escondiendo las sonrisas avariciosas detrás de lágrimas tan falsas como los famosos duros a cuatro pesetas. Debieron perder el color y hasta el aliento al saber que no quedaba nada por repartir. Si acaso, algunas obras de arte de dudosa calidad y escaso valor, los apolillados restos de varios animales disecados cuyos ojos de vidrio provocaban pesadillas y un par de coches Hispano-Suiza de principios de siglo que de haber estado bien conservados habrían valido una fortuna pero el tiempo y el descuido los había dejado en tan lamentable estado que ni para chatarra servían.

El conde acabó sus días chocheando, eso es cierto, pero antes de rodar cuesta abajo hacia la locura su mente tuvo la claridad suficiente como para adivinar lo que sucedería a su muerte y, con todo cuidado y sin dar la más mínima pista, planeó la venganza más exquisita que se le pudo ocurrir.

Ante la mirada atónita de los no tan afligidos parientes, el abogado fue desgranando las últimas voluntades del decrépito conde. Cada clausula era un mazazo a sus ambiciones. La casa de la playa, para una institución que daba cobijo y educación a los huérfanos de la provincia. El palacio de la familia, incluyendo todo lo que el edificio señorial contenía,  para un museo que andaba buscando nueva sede. El dinero que pudiera quedar en las cuentas se dividiría a partes iguales entre ambas instituciones, para sufragar los gastos de las más que posibles reparaciones que se tuvieran que hacer. Las tierras de labranza, los rebaños de ovejas, los campos de olivos, cereales, árboles frutales, las piaras de cerdos, el pequeño viñedo y la diminuta bodega se repartirían entre las familias que, durante generaciones, se habían partido el lomo para que él, y los chupasangres que tenía por parentela, no tuvieran más preocupación que elegir el vino adecuado para la cena.

No me costó mucho imaginar la indignación de los herederos mientras el muerto se partía de risa desde el más allá. Aquel personaje que se me había antojado siniestro, se transformó de repente en un Robin Hood viejuno con sentido del humor y mala leche. Me cayó bien al instante. No veía la hora de empezar el trabajo.

Mjo 


martes, 15 de marzo de 2016

CENIZAS AL VIENTO

Cosas que perdimos en el fuego, como el tiempo y las ganas. Sobre todo al final, cuando el incendio ya lo había arrasado todo y sólo quedaban las cenizas. Alguien abrió las ventanas y una ráfaga de viento se las llevó lejos. Sobrevolaron el suelo del jardín, se posaron en los rosales blancos, ensuciaron la fuente de los peces de colores y, cruzando las vallas, llegaron hasta el mar. Cabalgando en una ola hasta el otro lado del mundo, una parte de lo que fuimos aterrizó en una playa solitaria y se perdió entre la arena. Así acabó todo, en el anonimato que siempre buscamos y no fuimos capaces de encontrar.

Tú y yo, con tanta historia que contar, nos quedamos mirándonos en silencio. Teníamos pocas opciones y optamos por evitar los reproches e intentar querernos como nunca lo hicimos. De verdad, con todas las consecuencias, desde el principio o hasta el final. Total, ya no teníamos nada que perder...

No nos recuperamos. En algún momento nos encontramos, nos conocimos de nuevo y aprendimos a querernos como éramos. Tú tan extraño y difícil, yo tan complicada y muerta de miedo. Los dos perdidos sin saberlo, los dos pidiendo rescate con la sensación de no ser escuchados. El destino, qué gran cabrón, nos juntó por un tiempo. Primero no éramos, después fuimos y dejamos de serlo. Ardió el fuego, que lo destruyó todo y nos dejó desnudos, solos. Tú helado, yo en llamas.

Pasará, como todo, y algún día nos reiremos, juntos o por separado, y quizá seamos capaces de recordar las partes buenas y olvidar lo que dolió. Porque el tiempo lo cura todo y lo que no se cura, muere. Es posible que incluso alcancemos a echarnos de menos, a arrepentirnos por la oportunidad perdida, a lamentar no haberlo intentando. Y nos busquemos, a ver si queda algo que pueda salvarse, si todavía nos reconocemos al vernos en los ojos del otro, si somos capaces de sentir el calor de nuestra piel a través de la ropa o si los besos son tan buenos como creíamos o sólo nos los inventamos.

Qué carajo... Mientras hay vida, hay esperanza. Cuando se vive, se ama. Si se ama, se pierde. Y se sufre.

Mjo
15-03-16