BACKWARDS
Voy saltando de día en día, con sus noches por enmedio, y todavía tengo la sensación de que no es real. A veces me despierto pensando "tengo que decirle..." antes de acordarme que ya no hay nada de lo que hablar. No te preocupes, el mundo ya no se me cae encima cada mañana ni siento que he perdido el tiempo cada noche. El dolor sigue ahí pero se ha convertido en parte del paisaje.
Ya llegó la primavera, ¿lo has notado? Yo no, no del todo. Tengo el frío metido en los huesos y no veo el sol ni los brotes verdes. Sé que están ahí, en algún lugar, pero no tengo ganas de buscarlos. Hoy, que se acercan las vacaciones, no dejo de pensar en los planes que teníamos y no cumpliremos. ¿Cuándo se acabará este echarte de menos, la necesidad de verte, las ganas de oír tu voz? No veo el final pero existe, de eso estoy segura. Tiene que existir porque no hay quién pueda soportar semejante tormento.
*************
FORWARDS
Me equivocaba. Se puede soportar y se puede superar. Llegó la primavera de verdad y aunque a veces llueva, el sol siempre regresa. Qué ganas tengo de que llegue el verano. Y el otoño. Y Florencia, quizá.
Mjo
jueves, 21 de abril de 2016
martes, 19 de abril de 2016
ENTRE LA REALIDAD Y LA LEYENDA
Toda esta historia, o saga,
comienza… No sé exactamente cuándo pero pondremos el principio en la llegada de
mi abuela y cuatro de sus cinco hijos (el quinto llegaría unos años más tarde)
a un pequeño pueblo del Pirineo de Lleida. Su marido, mi abuelo, había emigrado
un tiempo antes para buscar trabajo y un hogar decente donde toda la familia
pudiera echar raíces. Supongo que, como tantos otros en aquella post-guerra
infame, el hambre, la miseria y la política les dejaron pocas opciones. Desde
luego, no debió ser fácil para ninguno de ellos. Separados por tantos
kilómetros, trabajando duro y contando los días para reunirse…
La historia de amor de mis abuelos siempre me ha parecido
material digno de una película de Hollywood. Mi abuela, Leonor, pertenecía a
una familia si no adinerada, si muy bien situada. Tenían tierras, eran los
dueños de la única pensión del pueblo y se codeaban con los miembros del
“Movimiento” que por allí pasaban. Creo recordar que incluso llegó a participar
en aquellos crueles espectáculos en los que se rapaba a las madres, hermanas,
esposas o hijas de republicanos y se les administraba aceite de ricino, para
después pasearlas por las principales calles del pueblo para avergonzarlas. Al
fin y al cabo, eran parte de los vencidos y había que recordárselo tan a menudo
como fuera necesario. Cuesta creerlo, sobre todo cuando la ves ponerse hecha
una fiera delante de la tele cada vez que sale un político de derechas.
Javier, mi abuelo, era un perfecto Don Nadie. Pertenecía
a una familia de labradores sin tierras propias, que se ganaban la vida
trabajando como jornaleros en los típicos cortijos andaluces. Allí se dejaban
el lomo de sol a sol, en invierno o verano, a cambio de un sueldo miserable.
Eso, si tenían suerte. Si pintaban bastos, no les quedaba más remedio que
recoger los bártulos y salir a buscarse las lentejas arrastrando niños y
ancianos. En uno de esos traslados fueron a parar al pueblo de mi abuela y
allí, en la misma plaza de la fuente, se cruzaron sus miradas y surgió el amor.
Vale, quizá tenéis razón y no fue así de romántico pero
como soy yo la que cuenta, me vais a disculpar que lo haga a mi manera.
Leonor no era una belleza espectacular pero tenía viveza
y nervio (los tiene ahora, a los noventa y pocos, ¡no quiero ni pensar cómo
sería a los dieciséis!) y destacaba sobre todas las demás. Javier, en cambio,
era un mozo alto y bien plantado, con un bigotillo a lo Clark Gable que
arrancaba suspiros hasta a la más fría de las mozas. También era rojo e
idealista.
Ella
cargaba un cántaro de agua tan grande como su cuerpo y él, quitándose la gorra
con caballerosidad, se ofreció a llevarlo hasta donde fuera necesario. No hizo
falta más. Bonito, ¿eh?
Como en todas las grandes historias de amor, no les
faltaron dificultades en su relación. Más que dificultades… lo que no faltaron
fueron los gritos que puso en el cielo mi bisabuela. Ella, tan digna y
correcta, tan cristiana y respetuosa de la ley (la suya, claro) no pensaba
permitir que su hija se relacionara con un muerto de hambre que no tenía en
propiedad más que las alpargatas de calzaba ya que el resto de su atuendo había
salido de la generosidad de sus patronos. ¡Y rojo, por el Amor de Dios! Se
propuso impedir a toda costa que la cosa prosperara, empezando por encerrar a
su hija en casa y no dejarla ni asomarse a la ventana, además de colocarla bajo
vigilancia estricta las veinticuatro horas del día. No contó con la cabezonería
de Leonor, el sentido del honor de Javier y la fuerza de sus sentimientos.
Una noche sin luna, mi abuela se las arregló para salir
de la casa por la ventana del baño. Temblando de miedo y frío, protegida por
las sombras y rezando bajito, se alejó del pueblo. A cierta distancia, escondido
detrás de un olivo centenario, le esperaba Javier. Se miraron con cautela, los
dos esperando que el otro inventara una excusa antes de salir corriendo,
dejándole abandonado a su suerte. Cuando se dieron cuenta de lo absurdo de la
situación, se sonrieron, se dieron la mano y huyeron en busca de la libertad.
Antes del amanecer, encontraron un antiguo refugio de cazadores a los pies de
una sierra, lo suficientemente entero como para resguardarles del frío y lo
suficientemente alejado de los caminos como para que el humo de una hoguera no
les delatase. Extendieron unas mantas en el suelo y Leonor, que de inocente no
tenía ni un pelo, decidió dejar las cosas claras antes que fuera demasiado
tarde.
- Mira, Javier, no te vayas tú a hacer una idea
equivocada. Que yo me haya ido contigo es una cosa y que nos vayamos a encamar,
otra muy distinta. – Recogió una de las mantas y se la llevó hasta el otro
extremo del refugio.- Yo duermo aquí y tú, al otro lado.
El pobre Javier la miraba boquiabierto. No se le había
pasado por la imaginación la posibilidad de “encamarse” con ella hasta que el
cura no les declarara marido y mujer. Bueno, alguna vez sí pero bastantes
problemas tenían ya; no le apetecía tener que enfrentarse a un juicio por
violación o a saber qué. Con lo loca que estaba su posible suegra, cualquier
cosa era posible. Así que se concentró en encender el fuego y después se tumbó
de espaldas a ella, tratando de olvidar que estaban juntos, solos, alejados del
pueblo y del resto de la gente. Aquella noche tuvo pesadillas y en todas salía
la figura de un demonio enmoñado y vestido de luto, con collar de perlas y un
rosario en las manos. En la única foto que recuerdo de mi bisabuela, en la
puerta de la Iglesia a la salida de misa, ella lleva un moño muy estirado y
viste un sencillo traje chaqueta de color negro; por único adorno, un collar de
perlas y un rosario. Qué coincidencia…
Pasaron fuera tres días con sus tres noches y, con las
luces del cuarto amanecer, hicieron acto de presencia ante mi bisabuela. Sobra
decir que ésta había movilizado a amigos, conocidos y hasta la Guardia Civil en
un intento, fracasado, de localizar a esa hija casquivana que había echado a
perder su vida por un desarrapado cualquiera. Porque de ésta no se iba a
recuperar, el honor de la familia había sido arrastrado por el barro y trabajo
le iba a costar arreglarlo. Total, que cuando los tuvo delante, primero le arreó
a Leonor un par de sonoras bofetadas, de ida y vuelta, y a Javier le calzó la
mirada más dura que tenía en su repertorio. Ni una cosa ni la otra le sirvió de
nada. Venían los dos empapados en amor, encabezonados en esa aventura, y
convencidos que su vida era o juntos o ninguna. Discutieron durante horas,
intercambiaron amenazas, Leonor fue desheredada, Javier echado de la casa sin éxito
y juraron no volver a mirarse en lo que les quedaba de vida. Al final, cedió.
Mi bisabuela agachó la cabeza y se rindió. No poodía con su hija, conocía todos sus
puntos débiles y era capaz de manejarla a su antojo, pero era incapaz de doblar
la voluntad de aquella mujer nueva, desconocida, que la miraba con la certeza
de la victoria en la mirada mientras se aferraba al brazo del hombre que había
elegido libremente. Consintió a la boda, porque ya no había otro remedio si
quería salvar el apellido y porque ya no le quedaban fuerzas. Además, aquello
no tenía por qué ser una derrota total. Si sabía jugar sus cartas, sólo sería
una batalla perdida y Dios bien sabía que la guerra podía, iba a ser, muy larga.
Una semana más tarde, a las siete de la mañana y sin más
invitados que el hermano de Leonor, Víctor, que dormitaba en el primer banco de
la iglesia, la pareja fue unida en Santo Matrimonio. Entraron y salieron por la
puerta de atrás, no fuera que alguien del pueblo presenciara el indigno
momento. Leonor vestía de negro, con velo y medias tupidas, y más parecía un
cuervo que una radiante novia. Ni flores llevaba. Javier lucía el pelo negro
peinado con gomina, la gorra retorcida entre las manos, sus mejores alpargatas
y una sonrisa capaz de derretir el corazón más frío. Intercambiaron sus
promesas con voz alta y clara, sin despegar sus ojos de los ojos del otro,
seguros y felices. No hubo anillos y el beso de tradición se lo saltaron, ya
tendrían tiempo de darse todos los que se debían sin que les vigilaran.
Salieron al frío de enero cogidos de la mano, sonriendo
al mundo y al futuro. Se despidieron de Víctor, que a duras penas era capaz de
mantener la verticalidad gracias al vino que había bebido la noche anterior, y
de mi bisabuela con una simple inclinación de cabeza y se fueron sin mirar atrás.
En la puerta trasera, entre la casa del sacristán y el huerto de un tal Manuel,
que al parecer también era familia nuestra porque en aquel pueblo todos lo eran
de una manera u otra, quedó su figura tiesa, helada, observando cómo se
alejaban por el camino. Esto no acaba aquí, se dijo, no acaba más que empezar.
En contra de lo que todo el mundo murmuraba en corrillos
en la plaza, a la salida de misa los domingos o en el bar del Paco mientras
jugaban al dominó y trataban de arreglar el mundo, en menos de ocho meses
Leonor no dio a luz. El primer hijo, una niña preciosa y llorona, no llegó
hasta pasado un año. Una de dos, o realmente no se tocaron durante los días que
pasaron huidos o tuvieron mucha suerte. Nunca sabré la verdad porque cada vez
que sacaba el tema, mi abuelo juraba entre dientes que no pasó nada de nada… y
luego se reía entre dientes, como el diablo burlón que a veces jugaba a ser.
Y se fue sin desvelar la verdad, convirtiendo esta historia en una leyenda que, de vez en cuando, me gusta recordar.
Y se fue sin desvelar la verdad, convirtiendo esta historia en una leyenda que, de vez en cuando, me gusta recordar.
Mjo
19-04-16
miércoles, 6 de abril de 2016
INVESTIGACION
Un
par de meses más tarde, regresé al escenario del crimen para comprobar si
quedaba algún rastro del delito. Reconocí el lugar y a los sospechosos
habituales, que seguían estando justo donde los dejé la última vez. A primera
vista, poco o nada había cambiado. Tú seguías siendo tú, yo seguía siendo, más
o menos, yo. Sin embargo mis ojos, entrenados por la costumbre de observarnos,
detectaron la sutil diferencia que a cualquier extraño se le pasaría por alto:
faltaba el factor nosotros. Ya no existía, al menos no en la forma que recordaba,
y ese hueco lo cambiaba todo. A ti, a mí y, sobre todo, a la historia que
vendría después de esa tarde.
En
cierta manera, había esperado que eso ocurriera pero no contaba con mi
reacción. Si alguien me hubiera preguntado, la respuesta habría sido “me
destrozará de nuevo, justo ahora que empezaba a recuperarme”. Me equivocaba. No
daba saltos de alegría, supongo que algún rincón de mi todavía sobrevivía la esperanza en
recuperarnos, pero ser capaces de hablar sin reproches, sonreír a nuestras
bromas y mantener la cabeza (y el corazón) en su sitio era lo correcto. Hay
amores que matan, hay amores que mueren y hay amores que se transforman para
convertirse en amistad. El nuestro debió ser de los terceros y lo prefiero así.
Saliste
de la nada, entraste en mi vida y, durante cinco meses y medio, la pusiste
patas arriba de tal manera que ya nada volverá a ser igual. Yo tampoco. Contigo aprendí lo que significa querer de verdad, no sólo en los
buenos momentos. Fuiste el primero en decirme “Te quiero” sin que sonara a
soneto rancio o al ardor de un instante. Pusiste sal y pimienta en mis días y
pintaste de colores mis noches. Te quise y me quisiste. A partir de ahora, lo
haremos de otra manera y puede ser igual de bueno. Incluso mejor.
Volví
al escenario del crimen buscando respuesta a esta sensación de no haber cerrado
nuestra historia y la encontré. El caso se ha resuelto.
Mjo
06-04-16
lunes, 4 de abril de 2016
REVELACIONES, QUE HABERLAS...
" ¿Sabes qué es lo más raro? Que la última vez que te acuestas con alguien, no sabes que es la última vez. Piensas: "Tenemos problemas, tenemos que arreglar algunas cosas" pero nunca piensas... Después cortáis y, un mes más tarde, lo recuerdas y dices: "Oh, esa fue la última. Aquel jueves o aquel viernes o cuando sea". Y desearías haber prestado atención porque era la última vez, ¿sabes?" (Boys on the side)
Alguien debiera avisarnos de cuándo es la última vez que hacemos algo. La última vez que vamos al parque de atracciones, que comemos un helado en esa terraza, que oímos una canción, que vemos una película, que viajamos en un coche... La última vez que abrazamos a alguien, que oímos su voz, le besamos en los labios o compartimos su cama. Si alguien o algo nos diera una señal, si nos concedieran un instante de lucidez para saberlo, quizá fueramos capaces de abrir los ojos o los oídos, de prestar atención con los cinco sentidos para no perdernos ni el más pequeño detalle, por insignificante que pueda parecer. Porque cuando te das cuenta de que no vas a poder repetirlo nunca más, descubres cuánto te perdiste por estar distraída por cualquier cosa, porque creías que habría más, por no ser capaz de ver que era la última vez.
Llegan entonces las lamentaciones, los reproches y la culpabilidad pero ya es tarde porque no hay vuelta atrás. No queda más remedio que aceptarlo y empezar de cero, partiendo desde el punto muerto en que el destino te ha puesto y confiar en que la próxima última vez será distinta. Porque sabes que habrá una más, o cientos. Porque siempre hay una más, o cientos. También de primeras veces.
Tengo montones de primeras veces, algunas buenas y otras no tanto, y otro montón de últimas veces. De todas se aprende... dicen. Sólo espero estar más atenta cuando llegue la siguiente, ya sea la primera o la última.
Mjo
04-04-16
Alguien debiera avisarnos de cuándo es la última vez que hacemos algo. La última vez que vamos al parque de atracciones, que comemos un helado en esa terraza, que oímos una canción, que vemos una película, que viajamos en un coche... La última vez que abrazamos a alguien, que oímos su voz, le besamos en los labios o compartimos su cama. Si alguien o algo nos diera una señal, si nos concedieran un instante de lucidez para saberlo, quizá fueramos capaces de abrir los ojos o los oídos, de prestar atención con los cinco sentidos para no perdernos ni el más pequeño detalle, por insignificante que pueda parecer. Porque cuando te das cuenta de que no vas a poder repetirlo nunca más, descubres cuánto te perdiste por estar distraída por cualquier cosa, porque creías que habría más, por no ser capaz de ver que era la última vez.
Llegan entonces las lamentaciones, los reproches y la culpabilidad pero ya es tarde porque no hay vuelta atrás. No queda más remedio que aceptarlo y empezar de cero, partiendo desde el punto muerto en que el destino te ha puesto y confiar en que la próxima última vez será distinta. Porque sabes que habrá una más, o cientos. Porque siempre hay una más, o cientos. También de primeras veces.
Tengo montones de primeras veces, algunas buenas y otras no tanto, y otro montón de últimas veces. De todas se aprende... dicen. Sólo espero estar más atenta cuando llegue la siguiente, ya sea la primera o la última.
Mjo
04-04-16
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