sábado, 20 de julio de 2019

DICEN POR AHÍ...


A veces me sorprendo susurrando su nombre por el simple placer de notarlo en los labios y se me escapa una sonrisa. Lo cierto es que, últimamente, voy derramando sonrisas por el mundo y no deja de parecerme extraño que alguien que llegó sin avisar, sin intención de quedarse más que un rato, se esté convirtiendo en la mejor sorpresa que me dio la vida en años.

Dicen que cuando dejas de buscar, encuentras. O quizá te encuentran, no lo sé. Dicen y dicen y dicen pero se olvidan de decir que no importa los planes que tengas, las certezas que pongas encima de la mesa o todas las alarmas que suenan en tu cabeza. Si la primera vez que alguien te coge la mano te tiemblan las piernas, estás pérdida. O quizá empiezas a dejar de estarlo.

Mjo

jueves, 23 de mayo de 2019

FANTASMAS (5)

No pude despedirme de ella. Cuando me fui a dormir estaba viva y regalaba al mundo el sonido de su risa ronca. Al despertar, no quedaba de ella más que un cuerpo destrozado, varios sobres con negativos y fotografías y un puñado de recuerdos para que yo lidiara con ellos. Y no podía hacerlo: me sentía incapaz de levantarme cada mañana con el hueco de su ausencia en el colchón.

Por eso sonrío cada vez que alguien me pregunta cómo sobreviví al desembarco y contesto, encogiéndome de hombros, que no lo sé, porque ignoran que la verdadera proeza es superar cada nuevo día sin ella. Tengo la certeza que morí a su lado aquella tarde de julio, atrapado en una nube de polvo y gritos, sudor y sangre, y voy tan solo sorteando el tiempo hasta reunirme con ella. A veces sueño con mi muerte y no consigo temerla, ni siquiera respetarla un poco. Me gustaría cuidarme, como siempre me pedía, mantenerme lejos del peligro que acecha detrás de cada batalla pero no sé cómo hacerlo si sólo entonces me siento vivo... 

Vivo contrarreloj desde que tengo memoria, en una carrera contra mi mismo, y todavía no sé dónde está la meta. O si existe. ¿Existe esa línea de llegada que podría salvarme? ¿Y qué me espera al otro lado? Soledad, aburrimiento, día tras día de no hacer nada, no sentir nada... No , yo no sirvo para esa especie de travesía en el desierto que alguien se atrevería a llamar vida. Nací para no estar quieto, para reír a carcajadas y llorar a gritos, para conocer a todo el mundo y no olvidar a nadie, para dejar una huella en cada calle. Nací para beber hasta caer redondo al suelo, para desear a todas las mujeres y amar solamente a una, para soñar a lo grande, para hundirme hasta el cuello en las miserias de este mundo y escapar en el último instante. Nací para vivir y cada día se me hace más difícil.

Apago el cigarro. Apuro la copa. Meto en un sobre las fotos seleccionadas y los textos que deben acompañarlas. Me paso las manos por el pelo desordenado. Me arreglo el nudo de la corbata. Me pongo la chaqueta y cojo el abrigo de la percha. Rescato las llaves de su escondite debajo de un montón de cartas sin abrir. Abro la puerta y, antes de salir, me miro al espejo ensayando mi mejor sonrisa de truhan desencantado. La imagen es impecable. 

La tormenta, sin embargo, la llevo por dentro. 

Mjo

jueves, 17 de enero de 2019

ENERO


Mañanas de enero en el tren.

Hoy perdí el de cada día; una de las grandes verdades de la vida es que si pierdes dos minutos por la mañana, te pasarás el día corriendo detrás de ellos. Ahórrate el esfuerzo, no los alcanzarás nunca y acabarás agotada. Decido olvidarme de ellos y disfrutar el viaje en tren. Al otro lado del cristal de la ventanilla, el cielo se incendia poco a poco y me regala otro amanecer digno de recordar. Como siempre, me encuentro deseando estar fuera, con la cámara en la mano, intentando plasmar esa belleza en cualquier playa, caminando entre los árboles de algún bosque o incluso por las calles de esta ciudad que ya está completamente despierta. Donde sea excepto aquí. Un avión cruza el horizonte. Sigo su estela hasta que desaparece de mi vista y me encuentro pensando que ojalá yo fuera dentro. ¿Para ir a dónde? No importa; de un tiempo a esta parte, cualquier sitio me parece mejor que éste.

Juego con la idea de hacer las maletas y marcharme. Huir. Porque, en el fondo, lo que haría sería simplemente huir a ninguna parte con la intención de dejar atrás esta vida que a ratos me agota. Y estoy en pleno vuelo cuando mi consciencia, esa zorra que no ha aprendido a callarse y arruina mis mejores fantasías, me recuerda que vaya donde vaya, llevaré mis fantasmas y demonios colgados en la espalda y no son buenos compañeros de viaje. Intento ignorar su voz pero acaba por llenarlo todo. Ha dejado en silencio a los demás pasajeros y ya no oigo ni la música del mp3. Sólo ella diciéndome que sí, que puedo huir, correr, cerrar los ojos e ignorarla pero, tarde o temprano, dará conmigo y seguiremos justo donde lo dejamos. Me dan ganas de llorar de pura rabia pero aprieto los dientes y me las trago. Como siempre. Me pregunto si es posible ahogarse en lágrimas no derramadas...

Se sienta a mi lado un señor de mediana edad. Suspira hondo y saca un libro de una vieja mochila negra. Mi curiosidad se activa y, olvidándome de mis tonterías, me inclino para mirar con disimulo el título. "Delta of Venus", de Anaïs  Nin, en inglés. Lo abre por el lugar señalado con un punto de libro que hace publicidad de un teatro y empieza a leer encerrado en su burbuja. Las páginas están amarillentas, sus bordes empiezan a tener el color del tiempo, y me dan ganas de acompañarle a través de ellas pero llega mi estación y tengo que bajarme. Mentalmente le deseo buena lectura y buen viaje mientras me pongo el abrigo. Sigo al rebaño que anda en busca de la salida y cuando llego a la calle y voy a guardar este escrito en la aplicación del teléfono, me doy cuenta de la fecha y empiezo a entender tanta melancolía.

Es 17 de enero y, desde hace tres años, el tiempo que va desde este día hasta mediados de febrero es...

Es.

Mjo

lunes, 10 de diciembre de 2018

CHARADA

Fueron sus ojos. O quizá su boca. ¿O fue la forma en que movía las manos? Se mordía las uñas y allí, en el extremo irregular de sus dedos de pianista, se rompía la imagen de heroína trágica que vendía. A mí nunca me engañó; había aprendido a mirar muy por debajo de la superficie y por eso me gustó más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Aquella mujer era un problema andante. Demasiado ansiosa por complacer, como si quisiera compensar toda una vida de soledad y abandono. No era cierto, por supuesto. ¿Quién no sabía su nombre y su historia? Hija única de un matrimonio entre escritor y dama del teatro, mimada hasta la saciedad, dotada de una rara inteligencia y una belleza fría que rompía moldes. Ni siquiera sufrió el azote del acné, única plaga capaz de igualar a los adolescentes y hacerles sentir miserables. Salió de la mansión familiar para entrar en un colegio para señoritas de alta cuna. Allí aprendió a sonreír ante los chistes sin gracia, a bajar los ojos y ruborizarse con timidez, a hacer punto de cruz y a mandar sobre las criadas. Por su cuenta y riesgo, aprendió a mentir, a despreciar al diferente, a derramar lágrimas de cocodrilo para librarse de los reproches, a provocar el deseo y, sobre todo, a alejarse justo cuando iban a atraparla. Entró siendo una niña virginal, vestida de seda y encaje, y salió convertida en en la hija de puta mayor del reino. Y nadie lo supo jamás porque jamás nadie se atrevió a contarlo en voz alta. ¿Quién iba a creerle? Era un ángel terrenal, la viva imagen de la inocencia. Le costaba un parpadeo derretir un corazón, lloraba con desconsuelo para alejar las sospechas y parecía tan sincera que siempre conseguía salvarse de las llamas. Podías amarla u odiarla pero jamás dejó a nadie indiferente. 

Dado su talento para la interpretación, muy superior al de su madre, su decisión de ser actriz fue lógica. Rechazó la ayuda de sus progenitores; su orgullo y testarudez le llevaron a rechazar el más mínimo gesto: triunfaré sola o sola me hundiré, dijo. Su primer papel fue un secundario en una obrita discreta, sin importancia, y se comió las tablas cada noche. Los críticos, deslumbrados, la nombraron "reina del escenario" antes de terminar el primer mes. Empezaron a lloverle los papeles de dama trágica y, antes de un año, su nombre brillaba con cientos de bombillas en el mejor teatro de la ciudad. Todas las mujeres querían ser como ella y ella deseaba no parecerse a ninguna. Los hombres hacían cola en la puerta de su camerino, cargados de flores, bombones, joyas y promesas de amor incondicional. Ella, cubierta con un costoso abrigo de piel que sólo dejaba a la vista sus ojos casi transparentes, pasaba entre ellos protegida por sus guardianes. Ni siquiera les miraba. La noche en que el joven heredero de una familia de sangre muy azul se saltó la tapa de los sesos delante suyo, fingió un desmayo y tuvieron que sacarla del teatro en brazos. Más tarde, a solas en la inmensidad de su cama con dosel, se rió a carcajadas al recordar la imagen y anotó en su diario, con pelos y señales, lo que había pasado. Después brindó con el mejor champán francés, deseando que aquel pobre desgraciado sólo fuera el primero de muchos. 

Yo la observé a distancia durante su ascenso, esperando el momento justo y cuando por fin la conocí, hacía años que deslumbraba al mundo desde las pantallas de cualquier cine. En sus películas solía interpretar a una joven huérfana que lucha por mantener su virtud, sufriendo lo indecible hasta que, al final, recibe su justa recompensa en forma de galán inocente. Abrazo apretado, beso casto, mirada perdida en el horizonte, fundido a negro. The End. Cuentos de hadas para mentes crédulas, sí, pero auténticas minas de oro para los estudios. No parecía envejecer lo más mínimo pero al natural era fácil comprobar que el brillo de la juventud se había apagado bastante y la malicia, el odio y, a veces, la desesperación habían tomado el mando. Esa parte de ella, la que aparecía cuando se apagaban las luces de neón y se enfrentaba al espejo sin maquillaje, despeinada y desnuda, real y humana al fin, es la que me conquistó.

Acostumbraba a pasearse por la habitación sin un hilo de ropa sobre un cuerpo que empezaba a no ser deseable, descalza y con un vaso de ginebra sin hielo en la mano. Recitaba fragmentos de sus papeles más celebrados mientras daba vueltas alrededor de la cama. Bajo la luz temblorosa de las velas, a veces parecía recuperar la juventud perdida y volvía a ser la criatura inocente que siempre fingió ser. La ilusión duraba un segundo, dos parpadeos, tres suspiros, y se desvanecía en el aire sin dejar rastro. Algunas noches lloraba sinceramente, gritaba todos los insultos que conocía, lanzaba el vaso contra la pared o contra el espejo que vivía una mentira. Entonces se giraba y me veía tumbado en la cama y venía hacia mí con las manos convertidas en garras, dispuesta a arañarme, matarme o quizá 

arrancarme los ojos para que no pudiera ver aquello en lo que se estaba convirtiendo. Nunca llegó a tocarme. Su rabia se diluía al verme sonreír divertido, joven, seguro de mi triunfo, consciente de que yo era el artífice de su derrota. Tú, balbuceaba, tú eres mi destrucción, mi final, mi destino... Caía de rodillas al suelo, con los ojos desencajados por el miedo y la boca abierta en un lamento silencioso. Era patética. 


Me costaba no relamerme de puro placer. No hay cosa en este mundo que me guste más que ver a una persona convertida en un trapo, hundida en la miseria de su propia existencia, y saber que he sido yo quién la ha llevado hasta ese punto. Hombre o mujer, me daba igual. Lo único que importaba, lo único que importa es la humillación, llevarlos a la antesala de la locura y dejarlos allí. Ah, esa fragilidad intensa que huele a sudor y sabe a sangre. Se me pone la piel de gallina cuando lo recuerdo. 

Y no sé verdaderamente si fueron sus ojos, su boca o la forma en que movía sus manos. En el fondo, dio igual qué me llevo a elegirla, moldearla durante años para convertirla en mi marioneta. Me alimenté de sus debilidades y sus miedos hasta que  no quedó nada más que un puñado de huesos recubiertos de piel grisácea. Y todavía me suplicaba que la amara, que no le dejara. ¿Cómo iba a perderme el espectáculo? Fue delicioso, mi mejor trabajo hasta aquel momento, y sólo quedaba rubricar el acto final. Murió entre mis brazos, bajo el dosel polvoriento de la cama que tantos cuerpos habían calentado. Un abrazo apretado, un beso casto y sus ojos apagándose poco a poco hasta no ver nada. The End. Sublime. 

Los periódicos de todo el mundo llevaron la noticia de su muerte a primera plana. Sus películas volvieron a proyectarse en los cines y centenares de fans afligidos hicieron cola ante la iglesia para rendirle un último homenaje. Hubieron desmayos, ataques de ansiedad y creo recordar que algún suicidio. Qué débil es la mente humana... por suerte para mí. Durante el entierro, retransmitido en directo por los canales más importantes del país, todas las cámaras se fijaron en el desconsolado y joven viudo que, con los ojos anegados de lágrimas, se arrodillaba para apoyar la frente en el ataúd como si mantuviera con ella una última conversación. La nación entera lloró conmigo. O eso creyeron.

En realidad, no hice más que ocultar la sonrisa de satisfacción que no pude contener por más tiempo. Apenas había cerrado un capítulo de mi obra pero ya estaba listo para empezar uno nuevo. Entre la gente, al otro lado de la tumba abierta, había visto a una jovencita de pelo oscuro y mirada inocente, que lloraba apoyada en el brazo de una señora mayor, su madre o quizá su institutriz. Nuestros ojos se cruzaron por un momento y vi, con total claridad, la mujer soberbia en la que se convertiría. La deseé desde ese mismo instante. Así es la vida, ¿no es cierto?  Carne y deseo, no somos más que carne y deseo. 

Se levanta el telón, que empiece el próximo acto. Espero que sea igual de bueno. O incluso mejor. 

Mjo