Me despertó el latido de una
migraña, leve pero molesta. Ni siquiera abrí los ojos, si conseguía volver a
dormirme acabaría por pasarse. Di media vuelta, o al menos lo intenté, y di con
mis huesos en el suelo. Ah, que no estaba en la cama sino en el sofá… Ni me
acordaba. Lógicamente, el golpe multiplicó por mil el dolor de cabeza. O me
tomaba algo en un máximo de cinco minutos o pasaría lo que quedara del fin de
semana atiborrada de pastillas, con hielo en la frente y lamentándome de mi
suerte. Vamos, lo mismo que el anterior.
Me senté despacio, muy despacio,
y apoyé la espalda en el borde del sofá mientras me sujetaba la cabeza con las
manos. No conocía nadie a quién se le hubiera desprendido de un modo natural
pero, vista mi suerte, igual me convertía en la primera de la historia. Respiré
hondo y abrí un ojo. Según fuera el paisaje, haría lo mismo con el otro.
Algunas vistas es mejor evitarlas si se puede. Se me escapó un gemido de
desesperación. Frente a mí, ocultando por completo la divina mesita de centro
de diseño exclusivo, aparecía una oda al desastre apocalíptico. Resultado de mi
último bajón: papeles de chocolatinas, el cenicero lleno de cáscaras de pipas,
varias latas de cerveza sin alcohol (deprimida sí, borracha no, ¿eh?), una
botella de vino y otra de cava volcadas y vacías (ah, pues sí, borracha
también) y un plato con algo que parecía helado de fresa. Con tropezones, creo,
porque supongo que lo que flotaba por encima no sería moho. No crece tan
deprisa, ¿verdad? ¿O sí? Ay, mira, yo qué sé. Yo lo único que quería era
morirme, a ser posible de una forma rápida e indolora.
Intenté levantarme del suelo y
acercarme hasta la cocina para prepararme un café y una tostada antes de
tomarme las pastillas. Por el camino tropecé con otra botella de vino. Joder, ¿otra?
A ver si lo que tenía era resaca y no migraña… La recogí, ignorando el pinchazo
de la culpabilidad, me la puse debajo del brazo y seguí mi camino, arrastrando
los pies. Puse una cápsula en la cafetera, con mi taza de “Todo irá bien porque
tú eres la leche” debajo, y metí un par de rebanadas de pan en la tostadora. En
cuanto me llegó el aroma del café, mi estómago se reveló y tuve que salir
corriendo hacia el lavabo. Creo que eché hasta lo que no había comido y se me
cayeron dos lagrimones como puños. Qué manera de vomitar, ni la niña del
Exorcista. Volví a la cocina para descubrir que las tostadas se estaban
quemando y el café había desbordado la taza. Desenchufé los dos aparatos, me
tomé dos pastillas a pelo y me fui a la habitación apretando los dientes. El
sol que inundaba la estancia casi me deja ciega pero conseguí cerrar las
persianas sin derretirme como un vampiro y meterme en la cama sin más percances.
Excepto que justo cuando me echaba la manta por encima me acordé de él y todo
se me vino abajo. “Ups, casi lo consigo” pensé antes de echarme a llorar con
desconsuelo.
(Y bueno, que a ver si se me ocurre cómo seguir)
Mjo
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