jueves, 10 de mayo de 2018

LA NAVAJA DE OCKHAM

Guillermo de Ockham (1287 - 1347) formuló el siguiente principio filosófico: ante dos teorías que explican la misma consecuencia, es mucho más probable que la verdadera explicación esté en la teoría más simple. Es decir, que en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más probable. Oye, me parece de lo más sensato, ¿a ti no?

Ahora dile tú a mi cabeza que entienda, acepte y aplique ese principio porque cada vez que algo se le tuerce un poco, se pega un festín de recriminaciones y lamentos sin más base que mis inseguridades y mis miedos. Luego, cuando me entero de lo que realmente ha ocurrido, me meto un chute de antiácido en forma de reproches, acusaciones de impaciencia y exceso de dramatismo. En resumen, tragedia en vena antes, durante y después. Se ve que todavía no he aprendido que no todo lo que pasa en mi vida y alrededores tiene que ver conmigo, que no todo lo malo que pasa es siempre por culpa mía, que no siempre estropeo todo lo que toco y, en definitiva, que la vida también es una cabrona con el resto del mundo, esté o no yo por en medio. 

En fin, querido Willy, que sí. Que tu teoría es de lo más acertada pero, coño, qué difícil es seguirla a veces. 

Mjo






sábado, 7 de abril de 2018

COSICAS

COSICAS QUE TE ENCUENTRAS EN TWITTER Y SE TE QUEDAN DENTRO: "La cabeza diciendo que cierres el libro y el corazón que no levanta la mirada de sus letras" (@arkonero)

No soy usuaria continua de twitter. De hecho, confieso que me abrí una cuenta para poder cotillear sobre mis pilotos y demás famosillos. Poco a poco, se fueron apuntando amigos y eso pero tampoco cambió mi modo de usarlo. A veces me da por ir poniendo cosas y contestar tweets sobre noticias o frases que me gustan u ofenden, que de todo hay en esa viña no tan anónima. A algunos, los 140 caracteres les daba para mucha tontería y ahora, que los han ampliado a 280, imagina qué de gilipolleces se encuentran. A una le da por pensar que twitter es una especie de campo de experimentación para comprobar hasta qué límite llega la estupidez humana y, oh sorpresa, parece que no existe tal límite. Desde el que cree que escribiendo "candado" evitará que retuiteen sus memeces (por Odín, qué risas) hasta el que lleva a cabo el experimento de meter un gurruño de papel de plata en el microondas y en vez de una reluciente bola metálica obtiene una factura descomunal por el cambio del aparato y toda la red eléctrica de la casa. Señor, Señor, hay que pensar un poquitoooooo...

Pero de vez en cuando te tropiezas con frases como esa del encabezamiento y te quedas mirando la pantalla del móvil un ratín y sonríes y acabas siguiendo a quién se la sacó de la manga porque oye, qué bonito. Y qué apropiado que aparezca justo en ese día, en el que tú andas metida en algo que se parece, de una manera más o menos cercana, a lo que explican esas palabras. Y se te ocurre escribir algo a ver qué sale... Y sale ésto.

"No sé qué me hizo volver a sacarlo de la estantería pero lo cierto es que, una tarde de noviembre, me encontré sentada en el sofá con aquel libro en el regazo. Añoranza, quizá, de las aventuras que viví en sus páginas hacía ya tanto tiempo. O tal vez la sensación de que la soledad y el silencio me pesaban demasiado. En realidad, el por qué no importa tanto. Aquella noche durmió en mi mesilla y allí sigue.  No nos exigimos atención continua pero cuando estamos juntos, no hay espacio para nada más. Hoy un capítulo, la semana que viene quizá tres y así nos vamos haciendo compañía, dando nueva luz a esa vieja historia. Increíblemente todavía me sorprende con lecturas entre líneas que antes no fui capaz de entender y he aprendido que todas las historias tienen fallos de trama y giros argumentales que no tienen por qué arruinar el producto final... A veces tengo la sensación de estar leyendo una historia nueva. El libro no ha cambiado, es papel impreso y no hay magia capaz de alterar eso. Supongo que soy yo la que es distinta, la que ha leído otros libros que prometían mucho y acabaron por decepcionarme y prefiero volver a lo malo conocido porque sé que no me va a defraudar. Y sí, pasa el tiempo sin darme cuenta que es hora de irme a dormir, que el reloj suena demasiado temprano por la mañana y luego arrastro el cansancio durante todo el día. Pero no, no despego los ojos de sus palabras porque he decidido que valen la pena las ojeras, perder el tren y llegar tarde al trabajo, los dolores de cabeza por dormir menos de lo que debería. Vale la pena aunque el final no sea el perfecto y la historia diste mucho de ser redonda o los personajes no se parezcan en nada a nadie que conozca... Yo sigo leyendo"

Mjo

lunes, 12 de marzo de 2018

TU ERES MI COPLA


"Tú eres mi copla", le dije sin poderme contener. Él se quedó paralizado, con el tenedor suspendido en el aire, goteando salsa, a medio camino entre el plato y su boca. Sus ojos se clavaron en los míos, desorbitados por el pánico, y me di cuenta de que había cometido un terrible error. Tragué saliva y me estrujé el cerebro en busca de algo que decir. Lo que fuera. Ni siquiera necesitaba que sonara medianamente inteligente, con que rompiera la evidente tensión del momento sería suficiente pero no se me ocurrió nada. Nada en absoluto, así que me saqué de la manga mi mejor sonrisa y volví a concentrarme en el plato de pasta que, de repente, había perdido todo su sabor.

Seguimos cenando, o al menos fingimos hacerlo, con la banda sonora de las conversaciones y las risas del resto de comensales que abarrotaba el restaurante. En nuestra mesa, en cambio, reinaba un silencio espeso e incómodo que no presagiaba nada bueno. Con lo bien que iba hasta entonces... Vacié la copa de un trago y él, caballeroso a pesar de todo, rescató la botella del cubo donde el hielo mantenía la temperatura ideal, y me la volvió a llenar. Le miré de reojo, con cautela. El pánico empezaba a remitir y casi sonreía. Automáticamente, le devolví la sonrisa y volví a mi plato.

Diez minutos, o quizá diez horas, más tarde le hizo un gesto al camarero para que retirara los platos casi intactos. Después de mi ocurrencia, los dos nos habíamos dedicado a mover la comida de un lado al otro hasta convertirla en un amasijo muy poco apetecible. Creí que pediría la cuenta enseguida, algo que me parecía una buena idea, pero insistió en que pidiéramos postre. "El tiramisú es casero y
exquisito", dijo y yo, que no tenía ganas de discutir, acepté con un encogimiento de hombros. Cumplimos con todo el ritual: postre, café, limoncello, segundo café... Supongo que, vistos desde fuera, parecíamos una pareja normal teniendo una cita normal en un sábado por la noche normal pero yo no dejaba de pensar que estábamos siguiendo un guión que alguien nos había escrito. Alguien con poco talento, por cierto.

El peso de la conversación recayó en su personaje y a fe mía que intentó lucirse. Recorrió con calma todos los tópicos: meteorología, fútbol, trabajo, política... Para mi asombro, saltaba de un tema al otro como si nada hubiera pasado y yo le seguía a duras penas, contestando con monosílabos y frases tan ambiguas que podrían interpretarse de cualquiera manera. No podía dejar de mirarle, gesticulando como un italiano y riéndose de sus propios chistes. Parecía sentirse tan cómodo que acabé preguntándome si mi desliz no habría sido producto de mi imaginación pero no, el sudor que se enfriaba en mi espalda, producto del ataque de nervios que había sentido, era muy pero que muy real.

Cuando empezó a criticar la película que más sonaba como ganadora de los Oscars, y que ninguno de los dos habíamos visto, perdí el control. Tenía que irme de allí, necesitaba perderle de vista. Ya no era mi copla, ¡se estaba convirtiendo en mi peor pesadilla! Me puse de pie de un salto, tirando en el proceso las copas de vino y una taza de café. Cuando acabó el estrépito de cristales rotos y hasta el último de los ojos del local se habían clavado en mi persona, carraspeé y sonreí. O lo intenté, al menos.

- Voy al baño. ¿Puedes ir pidiendo la cuenta mientras tanto? Será sólo un momento - y me fui sin darle tiempo a contestarme. Me alejé con las mejillas ardiendo y mordiéndome los labios para no llorar. Estaba interpretando el final de nuestra historia y el guión, esta vez, lo firmaba yo.

Cuando regresé, se había ido. Encontré la bandeja de plata con la cuenta y unos billetes sobre la mesa pero ni rastro de él. El camarero me miró con una mezcla de compasión y reproche y me tendió una nota. Dudé un instante pero acabé por cogerla. Ya vería si la leía o iba a parar a la primera papelera que encontrara camino de casa. Me puse la chaqueta y salí sin mirar a nadie. Lo cierto es que la vergüenza no me permitió levantar los ojos del suelo. No era la primera vez que me dejaban plantada pero jamás lo habían hecho de una manera tan... pública. Claro que me lo había ganado, por ser tan neurótica. "Tú eres mi copla", ¿pero en qué narices estaba pensando? Igual, de una manera inconsciente, quería sabotear aquella relación que tenía tan sólo dos meses de vida. Podría ser. Empecé a salir con él porque me sentía sola, me aburría, tenía ganas de que alguien me mimara y, perdón por la brusquedad, quería sexo. Por desgracia, resultó no ser el remedio de mis males, de ninguno de ellos, aunque apreté los dientes y me quedé a ver si cambiaba. Y quien cambió fui yo. O me harté o ves a saber qué. Sea como sea, aquella frase fue el punto de inflexión que volvió a poner las cosas en su sitio y a mí me quitó las ganas de intentarlo de nuevo en una larga temporada.

Cuando salí del restaurante, al que tenía intenciones de no volver jamás, empezó a llover. Me puse la capucha, metí las manos en los bolsillos de la chaqueta y busqué un buen lugar donde coger un taxi que me llevara de vuelta a casa. En un semáforo, tiré la nota sin leer en una papelera donde se marchitaba un ramo de rosas. ¿Otro amor que acabó mal?, pensé. Al cabo de veinte minutos de ver pasar taxis ocupados o fuera de servicio, con los pies encharcados, me rendí y eché a andar por la avenida cantando bajito la letra que conocía de la copla de mi desgracia.

"Me lo dijeron mil veces, pero nunca quise poner atención.
Cuando llegaron los llantos, ya estabas muy dentro de mi corazón..."

Llegué a casa tarde, empapada, muerta de hambre y muy, muy triste. Abrí una botella de cerveza y calenté en el microondas las sobras de la comida de mediodía, que me comí de pie en la cocina compadeciéndome de mi misma, algo que se me da de maravilla. Cuando me metí en la cama, algo achispada, y apagué la luz, ya había decidido que al día siguiente le llamaría para disculparme y ver si podría solucionar el desastre que yo misma había creado. Busqué una posición cómoda y seguí canturreando.

"No debía de quererte.
No debía de quererte.
Y sin embargo..."

No, no pensaba en él, no en ese "él" sino en el de siempre y ese seguía siendo el problema. Y es que sin embargo...

Mjo





lunes, 19 de febrero de 2018

FANTASMAS (4)


Amanecía sin prisa. Como si supiera lo que se avecinaba, el Sol asomaba perezoso entre las nubes rompiendo a medias la oscuridad. En los barcos, un coro de plegarias atravesaba las cubiertas en nombre de todos los dioses conocidos. Los soldados se aferraban a cualquier objeto (un pañuelo bordado que había perdido el perfume, una pluma teñida de azul, la manoseada fotografía de la última pin up de Hollywood) y los convertían en amuletos protectores. Se intercambiaban sonrisas tensas y palmadas en la espalda, un "nos vemos en tierra, chico" por un "sígueme, yo sé lo que hay que hacer" y, tarde o temprano, todas las miradas se desviaban más allá del horizonte, donde la salvación y la muerte esperaban agazapadas en las dunas de la playa. 

El fotógrafo, con el cigarro apagado colgado de los labios, deambulaba entre los soldados fingiendo ser uno de ellos. Se camuflaba con la misma ropa, el mismo andar pesado por las botas claveteadas y el mismo sudor almacenándose bajo el casco hasta hacerse insoportable. Buscó un rincón protegido del viento y las salpicaduras del mar donde sentarse a revisar, por enésima vez, su equipo. Carretes, cámara auxiliar, bolsas estancas para que no entrara el agua y le arruinara el trabajo. Y su foto, por supuesto, protegida por una bolsa de plástico y guardada en el bolsillo interior de la chaqueta. No la sacó, no necesitaba verla porque conocía de memoria hasta el último detalle de la imagen. Ella, la pelirroja, con su sonrisa desafiante y aquellos ojos verdes, imposibles, que prometían todo sin dar nada a cambio. Llevaba la gorra ladeada con estudiada dejadez y los labios pintados de rojo, del rojo más furioso que había podido encontrar y que se había convertido en su seña de identidad. Al cuello, la medalla que se perdió con ella, la misma que se quitaba cuando se ponía seria en la cama. Le señalaba con el dedo, culpándole de todo o quizá perdonando cada una de sus faltas, con ella nunca se sabía. Tan hermosa, tan retorcida, tan suya aquellos días... tan viva. Detrás, las gárgolas de Notre Dame atacaban la primavera de París. Hacía tantos años ya. Había luz, todavía no había llegado la oscuridad que acabaría por tragárselos a todos. 

¿Lo sabía, entonces, que le quedaba poco tiempo de vida? A veces creía que sí, que cuando se encerraba en un silencio de vista perdida, repasaba segundo a segundo el proceso de su muerte. Cuando regresaba de sus trances, en los que siempre lo dejaba fuera, se abalanzaba sobre él con hambre de días. Llévame a la playa, salgamos a la calle, emborráchame, bésame, desnúdame, fóllame, le decía al oído con voz rasgada, sálvame de la destrucción y de mis miedos. Y él, que vivía con angustia cada uno de sus viajes hacia ninguna parte, obedecía sin quejarse. La llevaba a la playa aunque helara, recorría las calles amarrado a su cintura, le llenaba las copas una y otra vez, la besaba hasta que dolía, le quitaba la ropa a zarpazos y se hundía en su cuerpo como si así pudiera matar todos y cada uno de sus demonios. Después, cuando la calma regresaba, la veía dormir con una
sonrisa jugueteando en la boca, vigilaba sus sueños, la tapaba para que no cogiera frío. A veces lloraba en silencio para no despertarla y casi siempre la maldecía.

La amaba. A pesar de todos sus esfuerzos por alejarse de ella, la amaba y aquel sentimiento fue, sin duda, el más poderoso que jamás sintió. En los mejores momentos intentaba convencerla de que se habían amado en todas sus vidas anteriores. En los peores, cuando el miedo a perderla le volvía loco, gritaba que estaba condenado a quererla, a desearla, y volvería a hacerlo en cada una de las vidas futuras que compartirían. "Eres mi salvación y mi condena", escribió en una postal desteñida que le entregó una mañana de tormenta. Ella garabateó debajo, con su letra redonda de niña bien educada, "yo también te quiero" y la enganchó, con una sonrisa triste, en el marco del espejo que compartían por las mañanas. Pasaron el resto del día en la cama, celebrando que estaban vivos y eran casi felices, ajenos a la lluvia que se colaba por la ventana abierta. ¿Cómo pudo irse sin avisar? Le dejó solo y vacío, contando los días y vadeando la vida sin ganas. 

Alguien pidió silencio y, desde los altavoces, la voz de una mujer anónima leyó el mensaje de aliento del presidente y todos sus sentidos se pusieron en alerta. Había reconocido la señal de ataque, ya no había marcha atrás. Las cartas estaban echadas y sólo quedaba jugar. Recogió sus cosas apresuradamente, colocándolo todo dentro de la bolsa protectora con una delicadeza que no casaba con sus manos fuertes, de campesino acostumbrado a pelear la tierra. Se sorprendió silbando una canción de moda que, en realidad, ni siquiera le gustaba. Frente a él, un soldado rubio le miraba con los ojos llenos de lágrimas. Se mordía los labios y temblaba de la cabeza a los pies. El fotógrafo se acercó a él, dibujando una sonrisa tranquilizadora, se sentó a su lado y le ofreció un cigarrillo. El soldado lo rechazó con un gesto y apoyó la cabeza en la barandilla. Era muy joven, poco más que un niño. Supuso que había falsificado la fecha de nacimiento cuando se enroló, en un ataque de patriotismo que a él le parecía absurdo porque se sentía de ningún lugar, ninguna bandera cubría su corazón. Qué desperdicio, pensó, que desperdicio tan inútil... 

Un oficial condecorado se acercó dando instrucciones. Repartió a los soldados en las barcazas en las que harían el acercamiento final a la playa. A él le tocó ir con el primer grupo, el que rompería el hielo, el único periodista acreditado que consiguió permiso para unirse a la tropa. Estaba muerto de miedo y, al mismo tiempo, no podía contener las ganas de saltar a tierra. Pensó por última vez en ella y después clavó la mirada en el horizonte. Su futuro empezaba, o acababa, en aquel punto. Y que fuera lo que Dios o el diablo quisiera. 

Mjo