lunes, 20 de septiembre de 2021

ROMEO Y JULIETA

Hoy me saltó en Facebook una nota que escribí hace años, cuando lo del blog ni se me pasaba por la cabeza. La leí, claro, porque siempre me produce curiosidad saber qué narices pensaba no hace tanto tiempo. Casi siempre me sorprende descubrir que, casi siempre también,  sigo pensando-actuando-errando de la misma manera, con pocas o ningunas diferencias. ¿Llega un punto en la vida en el que ya no se avanza? No, seguro que no; simplemente, nos acomodamos a una manera de ver, pensar y actuar y ahí nos quedamos, donde nos sentimos relativamente seguros. Qué gracia, como si eso nos fuera a salvar del desastre... No existe ese lugar donde nada ni nadie puede afectarnos, estamos condenados a admitirlo y vivir con ello. Suena fatal, pero no es tan malo. Últimamente pienso mucho en mi pasado (¿será la edad?) y tampoco me parece tan horrible. Es que soy así: o me paso o no llego, o lloro como si no hubiera un mañana o me río a carcajada limpia. Lo de las medias tintas no parece ir conmigo. En fin, que me gustó lo que escribí en aquel momento, a raíz de leer "Amor" de Isabel Allende, y de ahí salió lo que hoy os traigo.  ¡Ahí va!

"Esta semana estuve leyendo un libro de Isabel Allende que llevaba tiempo persiguiendo. Se llama “Amor” y es una especie de recopilación de extractos de sus novelas en los que retrata el amor desde varios puntos de vista. Debo reconocer que, siendo una de mis autoras favoritas, esta vez me decepcionó. Esperaba algo nuevo, divertido como casi todo lo que escribe aunque con ese toque mágico-realista que tan especiales hacen sus novelas. Sin embargo, en cierto momento se me encendió una luz. Se plantea qué ocurriría con esas historias de amor que acaban trágicamente, sin posibilidad de continuidad, y como ejemplo pone a Romeo y Julieta. Ciertamente, no se me ocurre una pareja más adecuada para ilustrar esa llama viva que consume y arrasa, aunque, cuando se apaga, no deje más rastro que la soledad y el dolor. En casos extremos, como el suyo, la muerte absurda de dos jóvenes que apenas habían empezado a saborear la vida. Me hizo pensar en cómo querría yo que siguiera esa historia y confieso que es algo que me pasa muy a menudo cuando leo algún libro que me toca de manera especial. Isabel Allende propone un matrimonio largo y monótono, en el que Julieta convierte el balcón de sus besos clandestinos en un tendedero de pañales mientras Romeo vende sonetos de amor inventados por las calles de Verona. Qué final más triste. Mucho más, incluso, que esa muerte traidora.            

Pero no pude evitar pensar en cómo me gustaría que siguiera la historia. Para ser exactos, en cómo me gustaría cambiar el final y de qué manera la prolongaría. Por supuesto, siempre he pensado que es un desastre que Julieta no despierte antes o que el monje destinado a avisar a Romeo se entretenga en el camino y no entregue el mensaje a tiempo. Claro que eso restaría dramatismo a la historia y la convertiría, quizá, en una más de las miles y miles que pueblan las estanterías de las bibliotecas del mundo. Es justo ese final trágico lo que la hace especial, diferente. Todas hemos soñado con encontrar un Romeo que nos robe el sueño y el corazón, pero, a ser posible, que no acabe por matarnos en el proceso. Siendo una adolescente me enamoré de la versión de la obra dirigida por Zeffirelli, la mejor adaptación que he visto no sólo por la ambientación (no sé si es un decorado o una localización real) o por el vestuario, sino por lo acertado de la elección de los dos personajes principales. En esta película los protagonistas, Olivia Hussey (quince años) y Leonard Whiting (dieciocho), se acercan a la edad que se supone que tenían cuando salieron de la imaginación de Shakespeare: trece Julieta y quince o dieciséis Romeo. He visto alguna versión donde el papel del ardoroso amante lo interpreta el Ashley de “Lo que el viento se llevó” y no pondré en duda su calidad artística, pero no, no y no!               

A lo que iba. Que me dio por pensar en una continuación de la historia y se me ocurren, por lo pronto, tres finales diferentes aunque todos parten del mismo punto: ninguno de los dos muere. Me parece más fácil seguir desde ahí aunque, bien mirado, tampoco estaría mal inventar una continuación fantasmal. Sí, en realidad ya la estoy viendo! Pero no, había pensado en otras posibilidades. En la primera de ellas, para mí la más evidente, la pareja se presenta ante sus familias, explican que se han casado en secreto y les dicen que ya pueden ponerse como quieran, que les importa un pimiento su opinión. Y se marchan del palazzo, dejando a sus progenitores con dos palmos de narices. Que acepten o no el matrimonio ya no me paro a pensarlo. Supongo que los padres se enfadan muchísimo (hay que ver cómo se pone papá Capuleto cuando su niña le dice que ni de broma se casa con el estirado Conde Paris!) pero las madres se las ingenian para convencerles que tampoco es tan terrible, que ya tienen unos cuantos años y eso de andar peleando como niños por el balón no está bien… Y como ya sabemos que los hombres medievales tenían la cabeza un poquito dura, recurren al argumento de los nietos que vendrán a perpetuar sus casas. Definitivamente, se rinden a la sabiduría de sus esposas y todos juntos viven larga y felizmente. ¿Aburrido? Bueno… pues sí, un poquito sí. Vale que el final original es demasiado trágico, pero mi alternativa es tan sumamente dulce que empalaga.               

Una segunda posibilidad es que ambos escapen de las garras de la muerte y huyan de Verona para vivir su vida como mejor les parezca. Julieta ya está muerta y enterrada para todo el mundo y Romeo, exiliado por haber matado a Teobaldo, tiene prohibido volver a pisar las calles de su ciudad. Nada les retiene y nadie les espera. Así que cogen el primer barco que se encuentran en el puerto de… digamos Venezia y se marchan tan lejos como pueden. Es de suponer que también vivirán una vida larga y feliz, aunque no tan perfecta y maravillosa como en el primer caso, porque deberán aprender a salir adelante sin la riqueza de sus respectivas familias.        

Pero la que más me llama, la que más real me parece, es que ese amor que tan impetuosamente empieza y se desarrolla en apenas unas horas, se desvanece en cuanto pone los pies en el suelo y se da de morros contra la realidad del día a día. La pasión dura lo que dura y si después no hay nada más… ¿qué puede quedar sino recuerdos? Incluso eso puede acabar por estropearse y entonces se habrá perdido todo. Así que me imagino que ambos se lo pasarán muy bien durante una temporada más o menos larga. De hecho, se me acaba de ocurrir que Julieta accede a casarse con el pijo insoportable de Paris y los Montesco se las apañan para que el príncipe le levante el castigo a Romeo y le permita regresar a Verona. Retoman su amor secreto incluso después que Romeo se vea obligado a casarse con una rica heredera de Roma, por ejemplo. Tarde o temprano, sin embargo, las responsabilidades de ambos con sus respectivas familias les hará ir separándose hasta convertirse en conocidos con un pasado común al que recurren cuando el aburrimiento de sus días y la tristeza de las noches se hacen demasiado pesadas para soportarlas. Cierran los ojos y retroceden a su primer encuentro, a los besos y las caricias apasionados y aunque sea sólo por un ratito, vuelven a ser felices. Y así hasta el final, cuando ambos mueran de verdad, aunque sus nombres jamás lo hagan.               

Bien pensado, es mejor dejar las cosas como están. Creo que el bueno de Willy Shakespeare ya eligió la mejor de las versiones posibles. Y viendo cómo están las cosas estas de las versiones con zombies, cualquier día alguien se saca una de la manga protagonizada con los amantes de Verona y me estropean la historia para siempre. Por favor, que no me hagan un “Crepúsculo” a lo zombie que me da un patatús, eh?

Y hasta ahí llega la historia de hoy. Pero no me quiero despedir sin haceros una pregunta... Si pudierais elegir, ¿cómo os gustaría que acabara la historia de Romeo y Julieta? O vuestra libro favorito, no vamos a ser egocéntricos. Me gustaría que me lo contarais, porque nunca se sabe de dónde puede salir una buena historia. 

Mjo

20-09-2013 // 20-09-2021

lunes, 6 de septiembre de 2021

UN POQUITO DE TODO

Antes de lanzarme a explicar nada, perdón por estar desaparecida estos días. Andaba distraída con el regreso al trabajo, recuperar la rutina, cumplir medio siglo (que se dice pronto) y algunas cosillas más que no vienen al caso y, oye, ¡que nos plantamos en la semana del Your Stories Market! Y yo ahí, como si nada... Bueno, pues sirva este mensaje de:

- Saludo al personal: Espero que las vacaciones os hayan ido bien, que hayáis vuelto todos enteros y satisfechos y con ganas de comerse lo que queda de año.

- Recordatorio del Market: Será el próximo sábado, 11 de septiembre, en las Cotxeres de Sants (CENTRE CÍVIC COTXERES DE SANTS, C/de Sants, 79,08014 Barcelona). Si me aclaro con esto de la tecnología, luego os pongo la ubicación y esas cosas.  El evento, que es gratuito, empezará a las 9 de la mañana y echará el cierre a las 20 h. Durante todo el día habrá charlas de autores, conferencias y recitales de  poesía en dos salas habilitadas para la ocasión. En total tendréis 140 autores distribuidos en 70 mesas y a una servidora podréis encontrarla en la 4, muy cerquita de una de las dos entradas al recinto. CÓMO LLEGAR: en bus, D20, H12, V7, 44, 50, 78, 109, Y 115; en metro, Plaza de Sants ( L1 y L5 ) y en tren, Sants Estació. Cualquier duda que tengáis, aquí estoy para resolverla o, al menos, intentarlo. ¡Espero ver a muchos de vosotros por allí! 

domingo, 29 de agosto de 2021

EXORCISMO

Ya que contigo ha sido imposible, he tenido largas conversaciones con tu sombra, que en los últimos tiempos ha vivido pegada a mis talones. Como tú, la mayoría de las veces no contesta; se limita a quedarse mirándome hasta que acabo y, después, se olvida de mí. Yo le hablo de cómo ha ido el día, los planes para el fin de semana o de mi equipo, que ha ganado o vuelto a perder. Supongo que preferiría que la dejara marchar, pero no puedo hacerlo todavía. Me cuesta demasiado pensar en romper el frágil vínculo que aún nos une. 

Intento no ponerme demasiado dramática, pero, tarde o temprano, cedo a la tentación y le digo todo lo que no fui capaz de decirte a ti. Le cuento cuánto me gustaban tus abrazos y besos, cómo temblaba por dentro cada vez que me tocabas, lo mucho que te echo de menos cada día y que fui feliz contigo, aunque fuera a ratos y durara poco. Si el día ha sido difícil, acabo contándole las veces que me hiciste daño, lo que he llorado tu ausencia y la tristeza que, desde hace semanas, va conmigo a todas partes, a pesar de que nadie lo sepa porque sigo sonriendo como si no pasara nada. No pierde la compostura nunca, es inmune a mi ridículo y, como mucho, se conforma con apartar la mirada y esperar que pase la tormenta. 

Fantaseo con ella, imaginando que se tumba a mi lado cuando me acuesto y me abraza hasta que me duermo, que me canta una canción al oído y, cuando cree que no puedo verla, me mira y sonríe. Vigila mis sueños, espanta a los monstruos que viven debajo de mi cama y me tapa para que no tenga frío. Si se me ocurre soñar contigo, me coge de la mano y ahuyenta los recuerdos para que, al despertar, ya no me duelan. Casi nunca funciona, pero al menos lo intenta. Después despierto y descubro que no es más que una triste fantasía, que sigo estando sola. Y cansada. Y ya está bien. 

Anoche, por primera vez en meses, no dormí sola y esta vez era real. Cuando llegó la calma y el silencio, me di la vuelta en la cama y allí estaba tu sombra, mirándome enfurruñada, preguntándome quién era el que ocupaba tu sitio a mi lado. "No te importa", le dije, "ya iba siendo hora". Soltó un resoplido de desdén y se marchó sin mirar atrás. "¡Ya me echarás de menos!", gritó antes de cerrar la puerta, y su voz quedó flotando en el aire hasta que salió por la ventana y se perdió en la noche. Me quedé dormida y no tuve sueños, ni contigo ni sin ti, y empiezo a pensar que tienen mis males remedio, que saldré de ésta y mañana... Mañana será otro día. 

Acabo de volver a casa y tu sombra no me esperaba sentada en el sofá. Y me da igual.

Mjo


domingo, 22 de agosto de 2021

AMIGOS

En un bar de moda se reunen, como todos los miércoles, dos amigos. Se conocen de toda la vida, o casi, y han compartido experiencias desde que tuvieron edad para vivirlas. Los primeros cigarrillos, las primeras borracheras, la pérdida de la virginidad, las penas de amor (porque los hombres también lloran, al menos los de verdad) y todas y cada una de las victorias y derrotas de su equipo de fútbol, que últimamente les da más disgustos que alegrías.

Salva es moreno, no demasiado alto, tiene músculos hasta en las pestañas, viste de marca de la cabeza a los pies, habla por los codos y, según él, es guapo a rabiar. Dejó los estudios en cuanto pudo y se metió a trabajar en la constructora de un primo que, con la fiebre del ladrillo, estaba creciendo como la espuma. Cuando la burbuja estalló y se quedó en la calle, se buscó las lentejas en otra parte porque es currante y espabilado, aprende rápido y no se queja de casi nada. Su físico y su carácter siempre le han facilitado el terreno a la hora de conquistar a una mujer, y pasó los últimos años de la adolescencia saltando de una relación a otra. ¿He dicho “últimos años de la adolescencia”? Como si la hubiera dejado atrás... Es uno de esos individuos aquejados del síndrome de Peter Pan y se niega a renunciar a ciertas cosas. No tiene prisa por sentar la cabeza, le va de maravilla tal y como está, pero siente que a su alrededor se va estrechando el círculo y empieza a agobiarse. Tiene novia formal, más o menos, desde hace algo más de un año y la quiere, por supuesto que la quiere. A su manera, claro.

Carlos es bastante más alto, tiene el pelo de ese color indefinido que ni es rubio ni pelirrojo, sino todo lo contrario, unos ojos grises que esconde detrás de unas gafas de pasta negras , habla lo justo, rara vez levanta la voz, y tiene ese aire desgarbado de quien creció demasiado deprisa y todavía anda intentando acomodarse a las dimensiones de su cuerpo. Estudió hasta el final, como sus padres deseaban, y trabaja en el Museo de Historia de la ciudad desde hace varios años. Se pasa el día perdido entre documentos antiguos, investigando su procedencia para darles una vida que se creía perdida, y su nombre empieza a ser conocido a nivel nacional. Aunque no le gusta llamar la atención, si se le da la oportunidad, conquista. Le encantaría encontrar a la persona con la que compartir su vida, pero no parece tener prisa. “Ya llegará”, dice siempre, “y si no, pues tampoco pasa nada”. Tiene sus rollos por ahí, pero no suele hablar de ellos. A la hora de presumir, prefiere hacerlo con sus logros que con sus historias personales. Por eso se lleva de maravilla con Salva, es el complemento perfecto para ese huracán que, casi siempre, es su amigo. Salva acapara todas las luces y Carlos se queda tranquilo en las sombras. A cada cual, lo suyo.

SALVA: Qué pereza me da, en serio te lo digo. Vale, las nuevas tecnologías con la leche; nos facilitan la vida, nos mantienen en contacto aunque estemos lejos, ayudan a encontrar soluciones a los problemas en un tiempo record, bla, bla, bla...

CARLOS: Ya estamos otra vez... (Pone los ojos en blanco y da un sorbo a la cerveza)¡Pero si te pasas el día colgado de las redes sociales, te compras el último móvil, tu coche tiene mil chorraditas y tu televisión no tiene más “K” porque no se puede!

SALVA (se ríe antes de contestar): Que sí, pesao, que son la caña, lo más de lo más, la ostia en patinete y lo que tú quieras, pero cuando tu novia se empeña en hacerte una videollamada cada día para contarte, no sé, que el pollo ha subido de precio una barbaridad o que no encuentra unas sandalias que le gusten...

CARLOS (se cruza de brazos y le mira, resignado): No, ¿eh? Otro discursito sobre “Mi novia me tiene frito”, no. ¡Cada semana lo mismo!

SALVA (levantando las manos al cielo con dramatismo): ¡Es que me toca las narices, por no decir lo huevos, bastante tirando a mucho, demasiado! Si no fuera porque el móvil cuesta un riñón y todavía no está pagando del todo, te juro que lo tiraría por la ventana. O al mar.

CARLOS: Primero, no te lo crees ni tú. Y segundo, al mar no, gilipollas, que contamina. Si quieres deshacerte de él, o me lo das a mí o lo llevas al punto de reciclaje.

SALVA (poniendo voz de repelente): No, es verdad, al mar no, que contamina. (Carlos le enseña el dedo medio y hace una seña al camarero para que les sirva otra ronda).

CARLOS: Claro, claro... Porque lo de dejar a Yolanda ni se te pasa por la cabeza, supongo. (Salva le mira como si estuviera loco y niega con la cabeza) No, hombre, qué tontería. Te tiene hasta las narices, pero como está tan buena, pues aguantas.

SALVA: Es que, tío, ¿tú la has visto? ¡Está muy, pero que muy buena! Vamos, a nivel top model de los 90, aquellas que tenían chicha y no huesos. Y el mercado está fatal, echado a perder del todo. ¡Hay mucha loca desesperada por ahí, deseando echarte el guante y meterte en casa, te lo digo yo!

CARLOS: Desesperadas... ¿Me puedes explicar eso?

SALVA: Joer, con el ansia de casarse y tener niños y una casa y un cochazo y verano en la playa e invierno en la nieve... Todo el día con la misma cantinela: que si todas sus amigas ya están casadas, que si sus primas la miran de reojo y se ríen de ella, que si su abuela le ha dicho que se va a quedar para vestir santos y el arroz que se le pasa y el puto reloj biológico. ¿Qué coño es eso del reloj biológico, tío?

CARLOS (abriendo mucho los ojos): ¿En serio no sabes lo que significa? ¡Tú estás en el mundo porque tiene que haber de todo, chaval!

SALVA (ignora el comentario de su amigo y sigue con su monólogo): ¡Una locura, que te lo digo yo, que están todas locas! Qué ganas de arruinarnos la vida tienen, con lo bien que se está así...

CARLOS: ¿Así, cómo? Porque tu “así” me parece que te está llevando por el camino de la amargura.

SALVA: ¿Que te defina “así”? Pues... (hace una pausa para pensar su respuesta) Así, coño, así, ¡no me líes! En pareja, pero ella en su casa y yo, en la mía. Vernos un par de veces entre semana, hablar de vez en cuando, mucho ji ji, algo de ja ja, y el sábado, sabadete... ¡camisa nueva y unos polvetes, jajajajaja! (Carlos suspira y niega con la cabeza) Va, hombre, no seas tan muermo, ríete un poquillo, que falta te hace.

CARLOS: Salva, te quiero mucho, pero a veces eres un poco capullo, ¿sabes?

SALVA (se echa hacia atrás en la silla y pone las manos sobre la mesa): Ah, muy bien, ahora resulta que soy un capullo. Pues una cosa te digo, que eres tú quien tiene un problema, tío, ¡no yo!

CARLOS: Y mi problema vendría a ser exactamente ¿cuál?

SALVA: ¿En serio no lo sabes? Menos mal que me tienes a mí (Carlos junta las manos e inclina la cabeza, como si le diera las gracias) Que cuál es el problema, dice. Ostia, tío, pues que pareces un jodido seminarista. ¡Ese es tu problema! Ese y la envidia que me tienes, (Carlos, que acababa de meterse un trozo de morro frito en la boca, por no mandarle a la mierda, casi se atraganta al escucharle). ¡Ya no me acuerdo de la última vez que te vi con una tía. A ver, listillo, ¿te acuerdas de la última teta que tocaste?

CARLOS (abriendo los brazos con exageración): ¿Y eso a qué coño viene ahora? ¡Ni que fuera tan importante!

SALVA: Noooo, no, no, a mí no me vengas con “¿Y eso qué importancia tiene ahora?” No me vengas con que estás buscando el amor de tu vida y esas chorradas de tías... (se queda mirando a su amigo, pensando)

CARLOS: Jamás he dicho algo semejante y lo sabes.

SALVA (baja la voz y se inclina sobre la mesa, como si fuera a tratar un secreto de estado): Oye, ahora que lo pienso... ¿tú no serás gay y no sabes cómo salir del armario?

CARLOS: ¿Qué? (Se tapa la cara con las manos y empieza a reírse a carcajadas)

SALVA: ¡Oye, relaja, que no he dicho nada raro! Además, si a mí me da igual, yo te voy a querer lo mismo tío, ¡que eres mi bro! Pero vamos, que si es eso, pues ya va siendo hora de que lo reconozcas. Seguro que hay un tío esperándote en algún sitio. (Carlos resopla, saca la cartera y deja un billete de 50€ sobre la mesa. Se levanta, coge la chaqueta del respaldo, se la pone y, sin decir nada, sale del bar, dejando a Salva en la mesa, hablando solo) Oye, escucha, ¿dónde vas? ¡Tío, que no es para que te alteres! ¡Ni que estuvieras premenstrual o algo así! Bah, que te den... Ya volverás. ¡Rafa, ponme otra birra! Y... ¿tienes callos? Pues una de callos, que paga el tonto de Carlos. ¡Y pan, mucho pan!

Carlos sale del bar, después de echar un último vistazo a su amigo, que parece haberse olvidado de él. Se aleja, calle abajo, con pasos largos. Aprecia mucho a Carlos, pero a veces le mataría, por ser tan gilipollas y tener cero filtros a la hora de hablar con cualquiera. No es la primera vez que se plantea porqué sigue siendo su amigo, con la cantidad de veces que le ha dejado en ridículo o lo poco que le importa hacerle daño. Está seguro de que nunca se ha sentido culpable por absolutamente nada en su vida, va como un toro detrás del trapo rojo y le da igual herir los sentimientos de los demás. Sus padres están deseando de que se independice o se case, lo que sea que haga que se vaya de su casa, y la mayoría de sus amigos evita quedar con él con frecuencia porque, bueno, saben que tarde o temprano acabará montando un pollo u ofendiéndolos. Si no le ha dado la patada hasta ahora es porque, ya son muchos años de amistad y también por todas las cosas que han pasado juntos. No puede negar que, en más de una ocasión, Salva le ha salvado de algún problema y hasta llegó a partirse la cara con otros tíos por defenderle, y le está agradecido de verdad. Pero, de un tiempo a esta parte, cada vez le cuesta más tolerar sus tonterías. ¿Y por qué se queda, entonces? No lo sabe, se ha hecho esa pregunta un montón de veces y no encuentra una respuesta válida.

Llega casa, saluda a sus padres y dice que no tiene ganas de cenar, que ya ha picado algo con Salva. Su madre, que le conoce mejor que él, le pregunta si está bien porque trae una expresión rara en la cara. Le dice que no es nada, que sólo está cansado porque está peleando con la traducción de un manuscrito del siglo XII que le lleva de culo, pero que se le pasará en cuanto duerma sus ocho horas. Ella finge creerle y él lo sabe, pero no tiene ganas de hablar. Está reventado. Se mete en la habitación, la misma que ha ocupado desde el día que cumplió un año, se tumba en la cama y cierra los ojos. Al cabo de un rato, cuando estaá a punto de quedarse dormido, suena su móvil. Se levanta, lo saca del bolsillo de la chaqueta y, al ver el nombre que aparece en pantalla, sonríe. Y entonces, justo en ese momento, cuando el corazón se le acelera en el pecho, comprende por qué se queda con Salva. Culpabilidad.

CARLOS: Hola, niña. No te vas a creer con qué idiotez me salió Salva esta tarde...

Y pasa la siguiente media hora hablando con Yolanda, la novia de su mejor amigo, que le usa de paño de lágrimas cada vez que se pelea con su amigo. Yolanda, la única mujer por la que daría la vida y, posiblemente, la única que jamás podrá tener. A veces cree, intuye, piensa, sueña que ella también siente algo por él, pero ninguno de los dos da ni el más mínimo paso en esa dirección. Yolanda jamás dejará a Salva y Carlos nunca se pondrá en su camino. “Puta responsabilidad”, piensa después de quitarse la ropa, meterse en la cama y apagar la luz, “puta conciencia, puta decencia, puta culpabilidad... ¡Puto Salva!”

Mjo

22-08-2021