miércoles, 29 de julio de 2015

Sueño

Dios mío, Dios mío, Dios mío. ¿Qué demonios hace él aquí? Dado que su mera presencia me altera el pulso y si se acerca a menos de diez metros es capaz de dejarme catatónica, está claro que yo no le he invitado. Entonces, ¿quién ha sido?
        
Le observo moverse por la habitación, esquivando a la gente con la misma soltura que emplea para deshacerse de los defensas del equipo contrario, con un vaso en la mano. No me ha visto, o eso creo, así que aprovecho la ocasión para camuflarme detrás de una enorme planta y contemplarle a mis anchas. Por favor, ¿cómo puede ser tan guapo? Da igual lo que se ponga; ya sea con el uniforme del equipo o con tejanos y una camisa, dan ganas de comérselo a mordiscos. A veces siento la tentación de ponerme de rodillas, juntar las manos y, mirando al cielo, gritar “¡gracias, Señor, buen trabajo!”.
        
Se para frente las puertas abiertas del balcón, mirando al exterior, y el corazón se me desboca. De frente es un regalo para la vista pero de perfil incita al pecado. Ese trasero, embutido en unos tejanos anchos, me provoca unos pensamientos de lo más perverso. Me muerdo el labio inferior y se me escapa un gemido. “Queridos Reyes Magos: él es lo que quiero como regalo esta Navidad y no acepto una negativa por respuesta porque llevo años siendo buenísima y me lo he ganado”, pienso mientras le repaso de la cabeza a los pies. Lo se, se me ha ido la cabeza del todo pero, oye, no es culpa mía. Cuando llevas años a dieta y te ponen delante un suculento pastel de chocolate ¿no se te hace la boca agua? Bueno, pues yo estoy en sequía hace ya ni me acuerdo cuánto tiempo ¡y él es mi pastel de chocolate!
        
Ay… mientras yo andaba perdida en mi nube de lujuria, me ha visto. Maldita sea, me ha visto, me está mirando y… Un momento. ¿Qué está haciendo? ¿Me sonríe? No, no, no. Esa sonrisa que aparece perezosamente y acaba estallando sobre una boca perfecta, no ¿eh? Es lo único que me faltaba. Y sí, tiene el mismo efecto de siempre: me tiemblan las rodillas. Retrocedo hasta apoyarme en la pared porque, justo ahora que parece que he captado su atención, no sería buena idea caer redonda al suelo.
        
Madre mía, se está moviendo. ¿Moviendo?, ¡se está acercando! En cuatro zancadas se planta delante de mí y, de repente, mi mundo se hace muy pequeño. No me atrevo a levantar la vista y, gracias a mi estatura estándar y su más de 1’90, todo lo que veo es la extensión de su pecho cubierto con una inmaculada camisa blanca. Me dan ganas de apoyar la cabeza en esa almohada, cerrar los ojos y…
        
Vale. Me ha cogido de la barbilla y me ha levantado la cabeza, en un gesto que se me antoja lleno de ternura, hasta que no he tenido más remedio que mirarle. ¿Le había tenido alguna vez tan cerca? Tiene los ojos oscuros y brillantes. Sigue sonriendo y me fijo que sus colmillos sugieren mordiscos muy placenteros y se le hacen hoyuelos en las mejillas. Parece un niño grande, travieso y muy, muy tentador. Se me acelera la respiración y soy incapaz de ver u oír nada de lo que ocurre a mi alrededor. ¿Estoy en una fiesta llena de gente o en un espacio intemporal a solas con el más increíble ejemplar de hombre que he visto en mi vida? Quién sabe. Y qué más da.
        
 No decimos nada, ninguno de los dos habla durante un tiempo que se alarga lentamente. Yo estoy segura que, aunque quisiera, no podría decir nada; tengo la mente en blanco. Sobre su silencio no tengo pistas, pero sonríe y me lo tomo como una buena señal. Y justo cuando pienso que ahí acabará todo, que dará media vuelta y desaparecerá de mi vida para siempre mientras se ríe a carcajadas de mí, empieza a acercarse un poco más, y un poco más aún, hasta que tengo su cara a un centímetro de la mía. ¿Va a besarme? ¡Va a besarme! Cierro los ojos por instinto y siento sus labios rozando los míos. Entonces…
        
 ¡RIIIIIIIIIIIIIINNNNNNNNNNNNNNGGGGGGGGG!!!!!!!!!!
        
¡RIIIIIIIIIIIIIINNNNNNNNNNNNNNGGGGGGGGG!!!!!!!!!!
        
Un momento… ¿Ring, ring? ¿Qué porquería de banda sonora es esa para un beso digno de película americana? ¿Dónde están los violines in crescendo y el piano triunfante? Abro los ojos, enfadada con el asesor musical de mi vida, y sólo veo oscuridad a mi alrededor. Él ha desaparecido sin dejar rastro y estoy sudando por gentileza del edredón que todavía no he tenido tiempo de quitar. Creo que empiezo a entenderlo… Son las siete de la mañana y eso era el despertador.
        
Mierda, no ha sido más que un sueño. Mierda.


Mjo

FANTASMAS (3)

Se hundió en ella como si no hubiera un mañana, sintiendo que la vida se le escapaba en cada envite. Sabía que no era ella la que jadeaba bajo su cuerpo, aferrada a él como si temiera perderse en la marea de sensaciones, y se odió todavía un poco más. Se cerró al mundo, los ojos apretados para no ver otro rostro, mordiéndose los labios para no gritar el nombre equivocado. Él sabía, ella sabía y el universo entero sabía pero no había, en el cielo o el infierno, fuerza capaz de evitarlo.

Cayeron en picado, dos pesos muertos entre sábanas revueltas y cuando se calmó la tormenta y recuperaron el aliento, pudieron verse sin disfraces. En sus ojos leyó amor y entrega, rendición sin condiciones. A él le costó reconocerla y dibujó una sonrisa que amortiguara la indiferencia. No tuvo suerte. Ella empezó a llorar tan calladamente que el silencio se hizo audible y él, saciado por primera vez en meses, sólo fue capaz de alargar una mano para limpiar sus lágrimas.

 - Lo siento, Martha, lo siento mucho...

- No te disculpes. Yo lo sabía y me dejé arrastrar. Déjalo ya, no lo conviertas en algo sórdido.

- A mi manera, te quiero... 

- Tu manera no me sirve. Vete, déjame sola, por favor.

Se dio la vuelta en la cama prestada, dejando a la vista una espalda plagada de lunares, delgada y frágil como sus sueños. Él salió de la cama, con la piel de gallina por la culpa, y se vistió lentamente, evitando mirarla. Enero se colaba, en finas ráfagas, por las ventanas mal cubiertas con periódicos atrasados. Sintió el frío en los huesos y en las manos, el peso del vacío.

- Qué añoranza del verano - dijo en voz alta-, cuando estábamos vivos y nos amábamos en las trincheras. El mundo era nuestro, nos pertenecía, y la posibilidad de perderlo, de perdernos, ni siquiera se nos pasó por la cabeza. Nos bebimos la vida a tragos, hasta la última gota, y ahora que nos quema la sed ¿qué nos queda?

- Los recuerdos -le contestó ella antes de soplar la última vela y cubrirse la cabeza con las mantas-. Y el odio.

En la calle arreció la lluvia y en la habitación la soledad entre ellos se hizo espesa, tangible. Estaban muy cerca, todavía podían sentir sobre la piel el olor del otro, pero la distancia era insalvable. A tientas, esquivando los escasos muebles, se acercó a la puerta y la abrió. Antes de salir cedió a la tentación de mirar, acaso por última vez, el perfil de su cuerpo, tan deseado hacía una horas, tan necesario, tan conocido y extraño a la vez. Le lanzó un beso desganado, de compromiso, se ajustó la bufanda al cuello y salió la pasillo en penumbra. El ruido de la puerta al cerrarse le sonó a punto y final, a epitafio sin rima, a adios definitivo. A ruina y fatalidad.

Mala cosa es el amor en tiempos de guerra, pensó mientras bajaba las escaleras silbando bajito,  cuando la sangre arde y se derrama por las balas y no por los sentimientos.

Mjo


lunes, 13 de julio de 2015

20 DE MAYO

"Cuenta conmigo", le dijo ella. "Ya cuento contigo", contestó él. Y el aire, el tiempo y el espacio se detuvieron entre ellos. Fue como si todo adquiriera otro ritmo, más lento, más oscuro y extraño. Ella empezó a temer sus propias miradas, segura de que decían en silencio todo lo que callaban sus palabras. A veces veía su imagen reflejada en un cristal y buscaba sus ojos, intentando averiguar si había cambiado algo, buscando significado que ni siquiera sabía si existían o no. Iba más allá; si simpre analizaba sus frases, ahora les daba la vuelta, las miraba del derecho y del revés, cambiaba el orden y las memorizaba. Después, en el silencio de su habitación, las sacaba del escondite de su memoria y las saboreaba en soledad. Veía sus sonrisas y sus enfados, sus gestos, escuchaba su voz cuando la llamaba. Su propio nombre sonaba mejor cuando lo decía él.

Volvía a aquel sábado que cruzó su puerta y llenó su casa; inventaba otra escena y un nuevo final. Después despertaba de su sueño y veía la realidad. Le quería, le deseaba, intentaba olvidarle y se rendía a la evidencia de sus sentimientos un día tras otro, en una espiral de sueños que iba y venía al compás de su vida. Bajó la guardia hacía tiempo y él entró poquito a poco, sin anunciarse, sin pedir permiso; lento, pero seguro, llegó para quedarse. Se adueñó de un espacio vacío y ella sólo fue capaz de sentarse a esperar. Y en esa espera, le perdió.

Nunca ha sido tuyo, cómo puedes echar de menos algo que nunca has tenido, cómo puede dolerte tanto... Cada mañana, cada tarde, cada noche se repite esas frases como si fueran un sortilegio de protección. A ratos quiere, y cree que puede, olvidarle. La mayoría del tiempo, se aferra a ese sentimiento como si fuera su tabla de salvación. De alguna manera, sabe que no sirve de nada porque no hay nada que hacer. Lo sabe aunque una parte de ella se empeña en seguir adelante, hasta donde pueda llegar, mientras sea capaz de aguantar sin romperse, sin dejarse el alma en una lucha que conoce porque no es la primera vez que la vive. Tan solo espera que en esta ocasión sea distinto.

En algún momento, se da cuenta que cometió un error. Esa mañana de sábado le preguntó por ella, por la que ganó la batalla que las dos peleaban. Necesitaba saber qué decía él, si le diría algo que alumbrara su pequeña esperanza. Experta en malinterpretar las palabras, creyó ver una luz, un "quizás", un "esa ahora pero no será durante mucho tiempo". Y ahora le habla de ella como lo haría con una amiga que no sintiera nada por él. Cada vez que escucha su nombre, siente que la expresión de su cara cambia, no puede contestarle, aguanta las ganas de gritar y desea que se calle, que la deje en paz y no le cuente nada. Por un lado, espera con todas sus fuerzas que él no note ese cambio de actitud. Por otro, quiere que lo vea, que lo sienta y comprenda, porque así dejaría de comentarle lo que hacen, ahorrándole esos momentos de dolor. 

Le gustaría saber qué contestaría si él le preguntara el por qué de esos silencios repentinos y pesados. ¿Sería capaz de decirle la verdad o inventaría alguna excusa más o menos creíble? En el fondo confía que no se produzca nunca esa situación, no se le dan bien las confrontaciones. Tendría todas las de perder aunque ¿gana algo ahora? No, de eso sí que está segura. 

Hoy le ha dicho que ya no puede más, que en el trabajo se ahoga y no ve por dónde salir, que se irá. Ella se ha sentido triste al principio, lo echará de menos cada momento del día y nada volverá a ser igual. Después, cuando se ha quedado a solas con sus pensamientos, se ha dicho que es lo mejor que puede pasarle. Si se va, si no le ve cada día durante muchas horas, podrá ponerse un parche en el corazón y empezar a olvidarle.  

Más tarde, las ocho. Hora de marcharse a casa. Recoge sus cosas y se va, dándole vueltas a todo y llegando a ningún lugar. Le gustaría dejar de hacerse la fuerte, poder sentarse delante de alguien y llorar su pena sin escuchar "eres tonta, no vale la pena, es idiota, olvídale". Imagina que cuando llegue al piso se tumbará en la cama y abrirá el dique de sus emociones hasta quedarse vacía y limpia pero, sorpresa, no lo hace. Lo intenta pero no ocurre nada. Cena, ve una película y se acuesta. Un día más, un día menos.

Mañana, vuelta a empezar.

martes, 30 de junio de 2015

SERÁ

Será porque se acerca tu día.
Será que nadie te mejora.
Será que sigo incompleta.
Será que recuerdo tu sonrisa.
Será que busco y no encuentro.
Será que no tuvimos principio ni final.
Será que te echo de menos sin saberlo.
Será que todavía me dueles.
Será que tu tiempo no pasa.
Será que sin ti no soy.
Será que hoy ha sido largo.
Será que tu ausencia pesa.
Será que sigues siendo tú, no los demás.
Será que no sé como escapar con la piel entera.
Será que aún me invade el miedo.
¿Será que aún te quiero?
Será que tengo que dejar de hacerlo.

Mjo