GUÁRDATE DE LOS PUEBLOS DONDE NUNCA PASA NADA. BAJO LA TRANQUILA SUPERFICIE SE OCULTAN LOS SECRETOS MÁS OSCUROS Y ARDEN LAS PASIONES MÁS ARREBATADORAS.
Si te despiertas en mitad de la noche, el silencio puede llegar a dejarte sordo. No es ese silencio que invita a carse la vuelta en la cama y volver a dormir. No. Es ese inquietante que precede al crujido del armario a los pies de la cama, al gemido lastimoso de una puerta que se cierra en algún lugar de la casa o al maullido de un gato que ataca a un ratón descuidado. De alguna manera, sientes el latido del pueblo y sus lamentos callados, aquello que las sonrisas forzadas se empeñan en ocultar. Lo sientes porque formas parte de ellos, aunque no hayas nacido dentro de sus límites, porque hace tanto tiempo que correteas por sus calles que ya lo consideras tuyo.
En esas noches, tu mente se despierta lo suficiente como para reconocer que, en realidad, no te pertenece. El pueblo no tiene más dueño que su propia historia. En cambio, los habitantes son suyos. Todas y cada una de las miserables vidas que han pasado y pasarán por allí le pertenecen. Todos los secretos, todas las pasiones, todas las mentiras, la vida y la muerte son suyas. De ello se alimenta y sobre ellos crece. La gente llega y se va pero el pueblo permanece, como un ídolo pagano que observa, impasible, el paso de los días. No tiene que hacer nada. Sabe que, tarde o temprano, cobrará su tributo de lágrimas y sangre.
En esas noches, el miedo te atenaza. Juras que harás las maletas y te irás, a no tardar mucho, para no volver jamás. Aunque sabes que no lo harás, te duermes repitiendo tu mantra particular: "me iré, me iré, me iré...". Luego amanece y todo parece producto de un mal sueño, la consecuencia de una copa (o dos o tres) de vino de más durante la cena o el recuerdo de alguna película de terror de serie B. Te ríes un poco y te sumerges en la rutina diaria, lo único que a veces es capaz de salvarte de la locura. La noche se convierte en olvido... y el pueblo cierra el puño un poco más alrededor de tu cuello. Sabe que ganará, de la misma manera que tú sabes que nunca te irás del todo, y se sienta a contemplar tu lenta caída.
No tiene prisa.
Al fin y al cabo, el tiempo juega a su favor.
Mjo
08-04-2014
lunes, 7 de marzo de 2016
MISTER MOJO RISING
Al final murió como mueren los mitos, a solas. Y renació como nacen las leyendas. Su nombre subió a otro nivel, a medio camino entre el cielo y el infierno, en esa imprecisa realidad de los ídolos que se han ido dejando tras de si una huella imborrable.
Su vida fue una sucesión de excesos que, a la hora de recordarle, pesan más que su talento. La gente recuerda las borracheras memorables, la infinidad de drogas con las que experimentó, la cantidad de mujeres que pasaron por su cama... Pero no hablan de la profundidad extraña, onírica, casi hipnótica, de sus letras, la asombrosa capacidad para llevar a éxtasis a un estadio de football abarrotado, de sus poemas. Olvidan que, a pesar de todas las demás, en su corazón sólo había sitio para una mujer, su música, sus canciones. Olvidan que quiso dejarlo todo atrás y no pudo hacerlo, que dejaron de tomarle en serio cuando perdió el aire de adolescente retador que miraba a la cámara con el ceño fruncido.
"Estás bebiendo con el tercero", solía decir a sus ocasionales compañeros de copas después de la muerte de Hendrix y Joplin. Sabía que sería el siguiente en una lista infernal que dejó al mundo un poco más triste y silencioso. Y parece que no le importaba.
Jugó con la muerte tantas veces que acabó por convertirse en costumbre. Andar por cornisas en edificios altos, sentarse en el alféizar de una ventana con una botella en la mano y aullando a la luna, provocar un incendio para castigar una infidelidad, correr a toda velocidad por una carretera en el desierto. "¿Morirías por mi, nena? ¿Morirías por mi?". Nunca supo la respuesta pero lo cierto es que quizá lo hizo. Pamela, su musa, su compañera cósmica apenas le sobrevivió tres años y durante ese tiempo no fue más que una pálida sombra de la mujer enamorada que recordaba. Una mujer que lo único que quería era volver a verle, escuchar su voz. "Todos los poemas guardan un lobo en su interior. Todos menos uno, el más hermoso de todos: Ella danza en un círculo de fuego y, encogiéndose de hombros, acepta el desafío". El desafío debió ser atreverse a amar a un hombre tan fuera de lo común como fue Jim Morrison, capaz de enloquecer a una multitud o perderse en las calles del viejo París siguiendo las huellas ocultas de ancianos filósofos. Quizá algunas personas están destinadas a quererse a pesar de ellos mismos, de sus obsesiones y locuras, de los obstáculos que ellos mismos ponen en el camino, en una carrera contra el tiempo y la propia destrucción.
Pam y Jim, los hermanos de las flores, el verano del amor. Ácido, marihuana, alcohol, peyote... cualquier cosa que sirviera para abrir la mente, las puertas de la mente, para experimentar con horizontes desconocidos. El mundo no era suficiente, tenía que haber algo más al alcance sólo de una minoría, de aquellos que tuvieran el coraje necesario para estirar las manos y cogerlo. Los elegidos, la juventud dorada, la música, la literatura... las vidas truncadas.
Antes de ellos, el mundo era otro. Después de ellos, nada fue igual. No sé si mejor o peor, pero definitivamente distinto. Para mi es fácil cerrar los ojos cuando oigo sus canciones y trasladarme a aquellos tiempos que no conozco más que por referencias ajenas y, a veces, desearía haberlos vivido. No es añoranza sino tristeza. Hoy no se crean mitos como entonces y los que nos quedan van muriendo, dejándonos huérfanos de una sabiduría y unas experiencias que, por nosotros mismos, no seríamos capaces de encontrar.
Jim murió a los veintisiete años, dejando un no tan bonito cadáver y un hueco que nadie pudo llenar, pero vivió varias vidas al mismo tiempo. Probablemente, también murió varias muertes, hasta que su amante eterna, la parca que desafiaba una y otra vez, consintió y se lo llevó. ¿Dónde? No sé. Cielo, infierno... Cualquier dimensión parece demasiado pequeña para contenerle eternamente. Prefiero pensar que flota libre, riéndose de nuestras obsesiones y búsquedas, sabiendo que jamás descubriremos el secreto. "I am the Lizzard King, I can do anything". Y lo hizo. Manejó su vida como quiso y se fue por la parte de atrás, dejándonos con un palmo de narices. Al fin y al cabo, murió como vivió, como mueren los mitos: sin avisar y sin pedir permiso.
"When the music is over, turn off the lights"
Mjo
29-04-2014
Su vida fue una sucesión de excesos que, a la hora de recordarle, pesan más que su talento. La gente recuerda las borracheras memorables, la infinidad de drogas con las que experimentó, la cantidad de mujeres que pasaron por su cama... Pero no hablan de la profundidad extraña, onírica, casi hipnótica, de sus letras, la asombrosa capacidad para llevar a éxtasis a un estadio de football abarrotado, de sus poemas. Olvidan que, a pesar de todas las demás, en su corazón sólo había sitio para una mujer, su música, sus canciones. Olvidan que quiso dejarlo todo atrás y no pudo hacerlo, que dejaron de tomarle en serio cuando perdió el aire de adolescente retador que miraba a la cámara con el ceño fruncido.
"Estás bebiendo con el tercero", solía decir a sus ocasionales compañeros de copas después de la muerte de Hendrix y Joplin. Sabía que sería el siguiente en una lista infernal que dejó al mundo un poco más triste y silencioso. Y parece que no le importaba.
Jugó con la muerte tantas veces que acabó por convertirse en costumbre. Andar por cornisas en edificios altos, sentarse en el alféizar de una ventana con una botella en la mano y aullando a la luna, provocar un incendio para castigar una infidelidad, correr a toda velocidad por una carretera en el desierto. "¿Morirías por mi, nena? ¿Morirías por mi?". Nunca supo la respuesta pero lo cierto es que quizá lo hizo. Pamela, su musa, su compañera cósmica apenas le sobrevivió tres años y durante ese tiempo no fue más que una pálida sombra de la mujer enamorada que recordaba. Una mujer que lo único que quería era volver a verle, escuchar su voz. "Todos los poemas guardan un lobo en su interior. Todos menos uno, el más hermoso de todos: Ella danza en un círculo de fuego y, encogiéndose de hombros, acepta el desafío". El desafío debió ser atreverse a amar a un hombre tan fuera de lo común como fue Jim Morrison, capaz de enloquecer a una multitud o perderse en las calles del viejo París siguiendo las huellas ocultas de ancianos filósofos. Quizá algunas personas están destinadas a quererse a pesar de ellos mismos, de sus obsesiones y locuras, de los obstáculos que ellos mismos ponen en el camino, en una carrera contra el tiempo y la propia destrucción.
Pam y Jim, los hermanos de las flores, el verano del amor. Ácido, marihuana, alcohol, peyote... cualquier cosa que sirviera para abrir la mente, las puertas de la mente, para experimentar con horizontes desconocidos. El mundo no era suficiente, tenía que haber algo más al alcance sólo de una minoría, de aquellos que tuvieran el coraje necesario para estirar las manos y cogerlo. Los elegidos, la juventud dorada, la música, la literatura... las vidas truncadas.
Antes de ellos, el mundo era otro. Después de ellos, nada fue igual. No sé si mejor o peor, pero definitivamente distinto. Para mi es fácil cerrar los ojos cuando oigo sus canciones y trasladarme a aquellos tiempos que no conozco más que por referencias ajenas y, a veces, desearía haberlos vivido. No es añoranza sino tristeza. Hoy no se crean mitos como entonces y los que nos quedan van muriendo, dejándonos huérfanos de una sabiduría y unas experiencias que, por nosotros mismos, no seríamos capaces de encontrar.
Jim murió a los veintisiete años, dejando un no tan bonito cadáver y un hueco que nadie pudo llenar, pero vivió varias vidas al mismo tiempo. Probablemente, también murió varias muertes, hasta que su amante eterna, la parca que desafiaba una y otra vez, consintió y se lo llevó. ¿Dónde? No sé. Cielo, infierno... Cualquier dimensión parece demasiado pequeña para contenerle eternamente. Prefiero pensar que flota libre, riéndose de nuestras obsesiones y búsquedas, sabiendo que jamás descubriremos el secreto. "I am the Lizzard King, I can do anything". Y lo hizo. Manejó su vida como quiso y se fue por la parte de atrás, dejándonos con un palmo de narices. Al fin y al cabo, murió como vivió, como mueren los mitos: sin avisar y sin pedir permiso.
"When the music is over, turn off the lights"
Mjo
29-04-2014
domingo, 6 de marzo de 2016
06-MARZO-2016 (Aquella habitación prohibida...)
En el piso de mis abuelos había una habitación cuya puerta estaba siempre cerrada: la salita. Detrás de aquella puerta (blanca, lisa, tan aburrida, tan común y corriente...) se escondía un mundo mágico al que pocos tenían acceso y sólo si conseguían el permiso que mi tío, dueño y señor de aquel territorio privado (y vetado), no concedía alegremente. Si tenías suerte y te ganabas su confianza, al cruzar el umbral te encontrabas con una auténtica cueva repleta de tesoros: cómics y tebeos (que parecerán lo mismo pero no lo son), un tocadiscos que nadie excepto él podía tocar, discos de vinilo (vinilo, sí!), libros en francés porque el inglés entonces ni tenía glamour ni utilidad y un sofá en el que tirarse a olvidar el tiempo mientras accedías a otros universos paralelos. Para mí, que tenía siete, ocho o quizá nueve años, aquello era el Paraíso Terrenal.
No sé por qué pero me concedió derecho de uso y disfrute del lugar. Yo era una niña más bien patosa, con una curiosidad quizá excesiva y más traviesa de lo que mis padres habrían querido pero, claro, era hija única y debía entretenerme yo solita. Así que mi mente siempre andaba maquinando nuevos juegos y distracciones... Perdón, que me desvío del tema. Sea por el motivo que sea (pasaba muchas horas en casa de mis abuelos y, posiblemente, era la única manera de mantenerme quieta y callada) yo podía leer sus comics, después de pedir permiso, y escuchar sus discos. Tocarlos no, eso ya era demasiado pedir, pero él me los ponía y me dejaba disfrutarlos.
Recuerdo Supertramp y el "Breakfast in America", Carlos Santana y el punteo casi sobrenatural de su guitarra y, por encima de todos los demás, Tequila. Ah, Tequila... Estaba loca, profunda, total y absolutamente enamorada de Ariel Roth, por aquel entonces un chico escuchimizado vestido con pantalones de pitillo y un "pelao" que parecía haberse hecho a mordiscos. Mientras ellos me contaban que salían de casa con la sonrisa puesta o me pedían que les dijera que les quería, yo me quedaba tonta, plantada delante del tocadiscos, con la carátula en las manos, mirando sus fotografías e imaginando quién sabe qué historias... Todo lo que de música buena puedo saber lo aprendí de mi tío, que me inició a un vicio del que no hay posibilidad de desintoxicarse. Después se casó, dejó de guiarme y, claro, mis gustos se fueron desviando. El día que le pedí un CD de Sade casi le mato del disgusto... pero las buenas costumbres no se pierden y todavía hoy, cuando tropiezo con alguna de aquellas canciones, se me escapa una sonrisa. Y todavía hoy me sigue educando cuando nos vemos. Leonard Cohen, Manel, Bruce Springsteen, canço protesta. Y un día de alguna Navidad pasada, sacó la guitarra que llevaba en el coche y acabamos cantando alrededor de la mesa, mientras el cava perdía las burbujas y el turrón se ponía mustio en las bandejas. Ese es uno de mis mejores recuerdos de los últimos años, cuando la madurez se llevó por delante la diversión y la sustituyó por ausencias y responsabilidades.
Los comics fueron otro descubrimiento sin par. Yo conocía "Mortadelo y Filemón", "Rue del Percebe, 13", "Rompetechos" y "Zipi y Zape" (a los que ni soportaba ni soporto), y "El Capitán Trueno" con su intrépido Capitán, su sosa Sigrid, Crispín y Goliath (una especie de Equipo A sin puro ni FBI) pero aquello no tenía nada que ver. Marvel y DC, con su universo de superhéroes imposibles, llenaron mis sueños de color y fantasía. Superman (que me caía mal no sé por qué), Los 4 Fantásticos, La Patrulla X, Batman y el chico de mis sueños: Peter Parker, Spiderman. Podía pasarme horas metida entre aquellas páginas, ajena a todo lo que allí dentro no pasara, y siempre me parecían pocas. Después me aficioné a "Creepshow" y sus personajes terroríficos se encargaron de alterarme los sueños porque, gracias a mi hiperactiva imaginación, conseguía reproducir y protagonizar todas y cada una de las historias que leía. Aunque era capaz de morirme de miedo cada vez que cerraba los ojos, no pude dejarlas. Mi madre no acababa de estar convencida con esas lecturas, que consideraba poco o nada apropiadas para una niña de mi edad (teniendo en cuenta que las novelas de terror le encantan, es irónico como poco!), pero él no me lo impedía y yo me aprovechaba. Era nuestro secreto a voces.
Más tarde llegaron los comics undergrond (Totem y Cimoc, sobre todo) y las revistas satíricas (El Jueves, El Víbora, El Cuervo y El Papus). Yo había crecido y mi curiosidad también, así que los devoraba. A escondidas de todos, esta vez sí. Creo que si mi madre se llega a enterar, me habría pegado una buena bronca como poco y mi tío habría tenido que aguantar también lo suyo. Supongo que podría haber intentando guardarlos un poco mejor (bajo llave, por ejemplo) pero sospecho que yo no habría parado hasta encontrarlos. No hay nada que nos provoque más que una prohibición y es muy difícil poner freno a la curiosidad de los niños, sobre todo cuando empiezan a dejar de serlo. Reconozco que al principio me sorprendían porque había cierta dosis de violencia, bastante erotismo (si no me equivoco, el primer pene de mi vida lo debí ver en las páginas de uno de esos comics) y un lenguaje no muy apropiado para mi edad pero, aunque a veces no entendía nada, se convirtieron en un vicio secreto. Y éste sí fue secreto, secreto... por la cuenta que me traía!
Los libros y yo ya éramos viejos amigos. Nuestra relación de amor empezó con el universo de Enid Blyton y todavía no ha acabado. Antes al contrario, ha crecido con los años y creo que fue gracias a los libros de mi tío que di un paso adelante, dejé a un lado a Los Cinco y las chicas de Torres de Malory para ingresar en el mundo de la literatura adulta. "Nacida inocente", "Pregúntale a Alicia", "Una vez no basta" y "Carlos, terror internacional" son los cuatro títulos que me marcaron. Algunos de esos libros los tengo en casa y, a veces, los releo sólo por el gusto de volver a vivir una historia que me conozco al dedillo. Para mí es como reencontrarme con viejos amigos que, a pesar del tiempo y la distancia, siguen siendo igual que entonces. Nunca me fallan y eso no es algo que pueda decir de algunas personas.
Me pregunto dónde habrá ido a parar aquella niña desgarbada que prefería pegarle patadas a un balón en vez de peinar muñecas lloronas, que se empeñó en un par de pistolas y un penacho de jefe indio (si hay que ser indio, que sea jefe, no?) y tuvieron que comprárselo para no matarla, que jugaba a canicas y llevaba siempre las rodillas llenas de costras porque no andaba, corría, y se caía cada dos por tres. Aquella niña que no tenía amigos pero tampoco los echaba de menos porque tenía música, tebeos, cómics y libros... Y a mi tío, que hizo la mili en Cartagena, en la Marina, y un día se presentó en casa de mi abuela vestido con un abrigo largo azul marino y gorra blanca de plato, mucho más "Oficial y Caballero" que Richard Gere (dónde va a parar!!!!) y me regaló una muñeca con traje de holandesa, rellena de caramelos que no me pude comer porque no me dejaron pero que se convirtió en mi favorita sólo porque me la había regalado él. No sé si te lo he dicho alguna vez pero gracias. Por todo.
Mjo
No sé por qué pero me concedió derecho de uso y disfrute del lugar. Yo era una niña más bien patosa, con una curiosidad quizá excesiva y más traviesa de lo que mis padres habrían querido pero, claro, era hija única y debía entretenerme yo solita. Así que mi mente siempre andaba maquinando nuevos juegos y distracciones... Perdón, que me desvío del tema. Sea por el motivo que sea (pasaba muchas horas en casa de mis abuelos y, posiblemente, era la única manera de mantenerme quieta y callada) yo podía leer sus comics, después de pedir permiso, y escuchar sus discos. Tocarlos no, eso ya era demasiado pedir, pero él me los ponía y me dejaba disfrutarlos.
Recuerdo Supertramp y el "Breakfast in America", Carlos Santana y el punteo casi sobrenatural de su guitarra y, por encima de todos los demás, Tequila. Ah, Tequila... Estaba loca, profunda, total y absolutamente enamorada de Ariel Roth, por aquel entonces un chico escuchimizado vestido con pantalones de pitillo y un "pelao" que parecía haberse hecho a mordiscos. Mientras ellos me contaban que salían de casa con la sonrisa puesta o me pedían que les dijera que les quería, yo me quedaba tonta, plantada delante del tocadiscos, con la carátula en las manos, mirando sus fotografías e imaginando quién sabe qué historias... Todo lo que de música buena puedo saber lo aprendí de mi tío, que me inició a un vicio del que no hay posibilidad de desintoxicarse. Después se casó, dejó de guiarme y, claro, mis gustos se fueron desviando. El día que le pedí un CD de Sade casi le mato del disgusto... pero las buenas costumbres no se pierden y todavía hoy, cuando tropiezo con alguna de aquellas canciones, se me escapa una sonrisa. Y todavía hoy me sigue educando cuando nos vemos. Leonard Cohen, Manel, Bruce Springsteen, canço protesta. Y un día de alguna Navidad pasada, sacó la guitarra que llevaba en el coche y acabamos cantando alrededor de la mesa, mientras el cava perdía las burbujas y el turrón se ponía mustio en las bandejas. Ese es uno de mis mejores recuerdos de los últimos años, cuando la madurez se llevó por delante la diversión y la sustituyó por ausencias y responsabilidades.
Los comics fueron otro descubrimiento sin par. Yo conocía "Mortadelo y Filemón", "Rue del Percebe, 13", "Rompetechos" y "Zipi y Zape" (a los que ni soportaba ni soporto), y "El Capitán Trueno" con su intrépido Capitán, su sosa Sigrid, Crispín y Goliath (una especie de Equipo A sin puro ni FBI) pero aquello no tenía nada que ver. Marvel y DC, con su universo de superhéroes imposibles, llenaron mis sueños de color y fantasía. Superman (que me caía mal no sé por qué), Los 4 Fantásticos, La Patrulla X, Batman y el chico de mis sueños: Peter Parker, Spiderman. Podía pasarme horas metida entre aquellas páginas, ajena a todo lo que allí dentro no pasara, y siempre me parecían pocas. Después me aficioné a "Creepshow" y sus personajes terroríficos se encargaron de alterarme los sueños porque, gracias a mi hiperactiva imaginación, conseguía reproducir y protagonizar todas y cada una de las historias que leía. Aunque era capaz de morirme de miedo cada vez que cerraba los ojos, no pude dejarlas. Mi madre no acababa de estar convencida con esas lecturas, que consideraba poco o nada apropiadas para una niña de mi edad (teniendo en cuenta que las novelas de terror le encantan, es irónico como poco!), pero él no me lo impedía y yo me aprovechaba. Era nuestro secreto a voces.
Más tarde llegaron los comics undergrond (Totem y Cimoc, sobre todo) y las revistas satíricas (El Jueves, El Víbora, El Cuervo y El Papus). Yo había crecido y mi curiosidad también, así que los devoraba. A escondidas de todos, esta vez sí. Creo que si mi madre se llega a enterar, me habría pegado una buena bronca como poco y mi tío habría tenido que aguantar también lo suyo. Supongo que podría haber intentando guardarlos un poco mejor (bajo llave, por ejemplo) pero sospecho que yo no habría parado hasta encontrarlos. No hay nada que nos provoque más que una prohibición y es muy difícil poner freno a la curiosidad de los niños, sobre todo cuando empiezan a dejar de serlo. Reconozco que al principio me sorprendían porque había cierta dosis de violencia, bastante erotismo (si no me equivoco, el primer pene de mi vida lo debí ver en las páginas de uno de esos comics) y un lenguaje no muy apropiado para mi edad pero, aunque a veces no entendía nada, se convirtieron en un vicio secreto. Y éste sí fue secreto, secreto... por la cuenta que me traía!
Los libros y yo ya éramos viejos amigos. Nuestra relación de amor empezó con el universo de Enid Blyton y todavía no ha acabado. Antes al contrario, ha crecido con los años y creo que fue gracias a los libros de mi tío que di un paso adelante, dejé a un lado a Los Cinco y las chicas de Torres de Malory para ingresar en el mundo de la literatura adulta. "Nacida inocente", "Pregúntale a Alicia", "Una vez no basta" y "Carlos, terror internacional" son los cuatro títulos que me marcaron. Algunos de esos libros los tengo en casa y, a veces, los releo sólo por el gusto de volver a vivir una historia que me conozco al dedillo. Para mí es como reencontrarme con viejos amigos que, a pesar del tiempo y la distancia, siguen siendo igual que entonces. Nunca me fallan y eso no es algo que pueda decir de algunas personas.
Me pregunto dónde habrá ido a parar aquella niña desgarbada que prefería pegarle patadas a un balón en vez de peinar muñecas lloronas, que se empeñó en un par de pistolas y un penacho de jefe indio (si hay que ser indio, que sea jefe, no?) y tuvieron que comprárselo para no matarla, que jugaba a canicas y llevaba siempre las rodillas llenas de costras porque no andaba, corría, y se caía cada dos por tres. Aquella niña que no tenía amigos pero tampoco los echaba de menos porque tenía música, tebeos, cómics y libros... Y a mi tío, que hizo la mili en Cartagena, en la Marina, y un día se presentó en casa de mi abuela vestido con un abrigo largo azul marino y gorra blanca de plato, mucho más "Oficial y Caballero" que Richard Gere (dónde va a parar!!!!) y me regaló una muñeca con traje de holandesa, rellena de caramelos que no me pude comer porque no me dejaron pero que se convirtió en mi favorita sólo porque me la había regalado él. No sé si te lo he dicho alguna vez pero gracias. Por todo.
Mjo
miércoles, 17 de febrero de 2016
YO CREO (17-02-16, miércoles)
No me devuelvas el anillo, me dijo. No pensaba hacerlo porque para mi
significa mucho, le contesté, aunque sin ti pierda parte de su sentido.
Es tuyo, continuó, y te lo di con todo mi corazón, sinceramente, y no
puede llevarlo nadie más que tú. Lo sé... por eso me lo quedo, porque
nadie más que yo merece llevarlo y me recuerda que, al menos por un
tiempo, me quisiste de verdad, que no fue un sueño, que éramos reales.
Intenté sonreír pero me salió una mueca mojada de lágrimas, y vi en sus ojos la misma tristeza que empañaba los míos. El tiempo se deslizó alrededor nuestro, de puntillas, mientras yo recogía los pedazos de mi corazón roto y él retrocedía a la concha en la que se estaba encerrando. Nunca le sentí más lejos. Nunca le había querido tanto. Nunca le odiaría más.
Me cerré el abrigo mientras apretaba los dientes para no rogarle un último abrazo del que no querría desprenderme jamás. Aún así, mi boca traicionó a mi mente y me escuché preguntando ¿me echas de menos alguna vez? Claro, dijo con voz estrangulada, cada día, muchas veces. Supe que no mentía, que notaba mi ausencia en muchos momentos aunque no quisiera, que sus recuerdos le traicionaban cuando menos lo esperaba conjurando mi sonrisa, alguna palabra, el tacto de mis manos, el sabor de mis besos o el calor de mi pecho. No sé por qué lo pregunté, quizá porque necesitaba confirmar lo que mi corazón me aseguraba. Y dentro de mi todo se quedó en silencio. Había llegado la hora de partir.
Le dije adiós sin mirarle a la cara y me di la vuelta. Mis piernas se movieron, un paso, dos, tres, alejándome de él. Lo último que escuché fue "un beso..." lanzado a mi espalda. No me giré. No habría sido capaz de irme sin pedirle otra oportunidad.
Hice el camino llorando, a ciegas, pensando en todas las veces que recorrí esas mismas calles flotando a varios palmos del suelo porque habíamos pasado un rato juntos y era feliz. Me costaba creer que aquella mujer que caminaba despreocupada, sonriendo al mundo y rozándose los labios que habían dado y recibido tantos besos, fuera la misma que ahora no tenía consuelo, se sentía vacía, perdida, incompleta. Sola. Era yo entonces o lo era ahora?
Llegué a casa tarde, derrotada, muerta de hambre pero sin ganas de comer, fría por dentro y por fuera, con ganas de dormir pero temiendo el sueño. Me metí en la cama y lloré. En algún momento me dormí y esta mañana, al sonar el despertador, descubrí que había sobrevivido a la noche y podía levantarme y desayunar y ducharme... Que como dijo el tío Walt (Whitman)" “Que tú estas aquí, que existe la vida y la identidad, que prosigue el poderoso drama y tú puedes contribuir con un verso.” Yo he escrito algunos versos, sobre papel y contra algunos cuerpos (ya lo dice Serrat, "amor no es literatura si no se puede escribir en la piel") pero mis mejores letras todavía están por escribir.
Algún día alguien cogerá todas mis piezas y hará de mi puzzle su todo. Algún día bailaré bajo la lluvia al ritmo de una música creada sólo para que yo la escuche. En algún sitio, lo sé, están los ojos en los que querré mirarme cada mañana y la sonrisa en la que me dormiré cada noche.
Yo creo. Lo merezco. Me lo he ganado.
Mjo
17-02-1
Intenté sonreír pero me salió una mueca mojada de lágrimas, y vi en sus ojos la misma tristeza que empañaba los míos. El tiempo se deslizó alrededor nuestro, de puntillas, mientras yo recogía los pedazos de mi corazón roto y él retrocedía a la concha en la que se estaba encerrando. Nunca le sentí más lejos. Nunca le había querido tanto. Nunca le odiaría más.
Me cerré el abrigo mientras apretaba los dientes para no rogarle un último abrazo del que no querría desprenderme jamás. Aún así, mi boca traicionó a mi mente y me escuché preguntando ¿me echas de menos alguna vez? Claro, dijo con voz estrangulada, cada día, muchas veces. Supe que no mentía, que notaba mi ausencia en muchos momentos aunque no quisiera, que sus recuerdos le traicionaban cuando menos lo esperaba conjurando mi sonrisa, alguna palabra, el tacto de mis manos, el sabor de mis besos o el calor de mi pecho. No sé por qué lo pregunté, quizá porque necesitaba confirmar lo que mi corazón me aseguraba. Y dentro de mi todo se quedó en silencio. Había llegado la hora de partir.
Le dije adiós sin mirarle a la cara y me di la vuelta. Mis piernas se movieron, un paso, dos, tres, alejándome de él. Lo último que escuché fue "un beso..." lanzado a mi espalda. No me giré. No habría sido capaz de irme sin pedirle otra oportunidad.
Hice el camino llorando, a ciegas, pensando en todas las veces que recorrí esas mismas calles flotando a varios palmos del suelo porque habíamos pasado un rato juntos y era feliz. Me costaba creer que aquella mujer que caminaba despreocupada, sonriendo al mundo y rozándose los labios que habían dado y recibido tantos besos, fuera la misma que ahora no tenía consuelo, se sentía vacía, perdida, incompleta. Sola. Era yo entonces o lo era ahora?
Llegué a casa tarde, derrotada, muerta de hambre pero sin ganas de comer, fría por dentro y por fuera, con ganas de dormir pero temiendo el sueño. Me metí en la cama y lloré. En algún momento me dormí y esta mañana, al sonar el despertador, descubrí que había sobrevivido a la noche y podía levantarme y desayunar y ducharme... Que como dijo el tío Walt (Whitman)" “Que tú estas aquí, que existe la vida y la identidad, que prosigue el poderoso drama y tú puedes contribuir con un verso.” Yo he escrito algunos versos, sobre papel y contra algunos cuerpos (ya lo dice Serrat, "amor no es literatura si no se puede escribir en la piel") pero mis mejores letras todavía están por escribir.
Algún día alguien cogerá todas mis piezas y hará de mi puzzle su todo. Algún día bailaré bajo la lluvia al ritmo de una música creada sólo para que yo la escuche. En algún sitio, lo sé, están los ojos en los que querré mirarme cada mañana y la sonrisa en la que me dormiré cada noche.
Yo creo. Lo merezco. Me lo he ganado.
Mjo
17-02-1
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