lunes, 2 de marzo de 2020

DOMINGO POR LA NOCHE (Carrie Bradshaw ya no vive aquí)

Siempre queremos aquello que no tenemos.

¿Siempre? No, sólo a veces.

Y si lo tenemos a medias,¿será que no lo queremos entero, que sólo lo deseamos?

¿Cuál es la diferencia entre querer y desear?

¿Qué duele más, que dejen de amarte o de desearte?

¿Puede el deseo convertirse en amor?

Si nos dan a elegir entre amar y desear, entre que nos amen o sólo nos deseen... ¿con qué nos quedaremos?

¿Cuál es el órgano del amor y cuál rige el deseo?

¿El corazón frente al sexo?

Y el cerebro ¿tiene algo que decir o es sólo un accesorio?

¿Puede Mr. Big acabar siendo Mr Perfecto más allá del papel?

Dudas de domingo por la noche mientras en la radio suena el fútbol.


Mjo


domingo, 1 de marzo de 2020

CUESTIONARIO PROUST (o cosas que me encuentro en ese Twitter donde hay de todo)

1- ¿Principal rasgo de su caracter? Pues... empezamos fuertes, eh? A ver. Yo diría que la sencillezamabilidadsimpatiapositividadgenerosidad. Porras, no lo sé. Todas esas o ninguna de ellas. 

2- ¿Qué cualidad aprecia más en un hombre? La sinceridad, siempre y cuando no la convierta en crueldad. La línea que separa ambos conceptos es muy fina y no todos son, o somos, capaces de verla.

3- ¿Y en una mujer? Lo mismo, más o menos. 

4- ¿Qué espera de sus amigos? Comprensión, aceptación de los defectos y las virtudes, apoyo cuando más falta hace y cuando no hace falta, también. Lo que ofrezco, ni más ni menos.

5- ¿Su principal defecto? La negatividad. A veces lo veo todo negro, negrísimo, pero estoy aprendiendo a controlarlo y no dejar que me domine.

6- ¿Su ocupación favorita? Leer y escribir. Me relajan.

7- ¿Su ideal de felicidad? Disfrutar del momento y el lugar en el que esté. Mejor en compañía pero la soledad, bien entendida, tampoco está tan mal y hay cosas que no se pueden compartir con nadie.

8- ¿Cuál sería su mayor desgracia? Perder la memoria, todos mis recuerdos.

9- ¿Qué le gustaría ser? Decir feliz igual sería demasiado obvio así que... escritora. O arqueóloga. O historiadora. O...

10- ¿En qué país desearía vivir? Italia.

11- ¿Su color favorito? El rojo.

12- ¿La flor que más le gusta? Las violetas, porque me recuerdan los caramelos que me compraba mi abuelo cuando íbamos a visitarlo al aeropuerto. Y lo que yo llamo lirio azul. Os dejo foto, porque no sé cuál es su nombre real.

13- ¿El pájaro que prefiere? El águila real. Toma ya jajajaja.

14- ¿Sus autores favoritos en prosa? Stephen King, Isabel Allende (los antiguos, los nuevos no tanto), Paul Auster, Maeve Binchy, Vasco Pratolini, Andrea Camilleri.

15- ¿Sus poetas? Bécquer, Marwan, Lorca.

16- ¿Un héroe de ficción? Peter Parker, Spiderman.

17- ¿Una heroína? Bruna Husky.

18- ¿Su compositor favorito? Me gusta Franz Liszt, Gustav Mahler, Motzart, Beethoven, Bach... pero mi primer enamoramiento con la música clásica fue con Rachmaninov.

19- ¿Su pintor favorito? Sandro Botticelli.

20- ¿Su héroe en la vida real? Mi abuelo José y mis padres, Ángel y Encarna.

21- ¿Su nombre favorito? Arnau, Álex y Eric para chico. Urgell y Marina para niña.

22- ¿Qué hábito ajeno no soporta? Que lleguen tarde a las citas. Y peor si no avisan!

23- ¿Qué es lo que más detesta? La arrogancia, que juzguen sin conocer, la incomprensión.

24- ¿Una figura histórica que le ponga mal cuerpo? Dos: Hitler y su colega Franco.

25- ¿Un hecho de armas que admire? Pocos, la verdad, pero me fascina todo lo que tiene que ver con el desembarco de Normandía, la Segunda Guerra Mundial y nuestra Guerra Civil. Y los Templarios!

26- ¿Qué don de la naturaleza desearía poseer? Mimetizarme con el entorno para pasar desapercibida en según qué ambientes.

27- ¿Cómo le gustaría morir? Tarde, dentro de muchos años jajajaja! A ver, en serio, de golpe, sin sufrimientos innecesarios ni para mí ni para los que estén alrededor.

28- ¿Cuál es el estado más típico de su ánimo? Últimamente, en paz. Espero que dure.

29- ¿Qué defectos le inspiran más indulgencia? El desorden, seguramente porque yo también lo tengo.

30- ¿Tiene un lema? Vive y deja vivir.

Bueno, si os animáis... espero vuestras respuestas.

Mjo


viernes, 14 de febrero de 2020

EL MIEDO A LA PAGINA EN BLANCO (Semana 5)


Emborrono páginas desde que tengo memoria. Suena pretencioso, lo sé y lo siento, pero es así. Escribo historias que nacen de mi imaginación, a veces perversa y a veces demasiado inocente, o bien cojo alguna que ya existe y la transformo a mi gusto. No falto a la versión escrita por su autor ni pretendo hacerla pasar por mía. Simplemente, la adapto a mí.

Mi primera obra la escribí en una de esas fichas rectangulares, con renglones, donde se escribían notas de recordatorio para exámenes. No debía tener más de ocho o nueve años así que, supongo, se la debí robar a mi tío que sí tenía edad para saber lo que eran y cómo usarlas. ¿De qué iba? Pues veamos… La noche antes, escondida desde el pasillo y mirando a través de la rendija de la puerta, vi una película en blanco y negro sobre un asesino de niñas. No queráis saber muchos más detalles, no los recuerdo, pero había un bosque y un hombre y niñas que morían bajo el cuchillo y un precipicio al final por el que quizá cayera el asesino. No sé si la película era una obra maestra o un bodrio serie B pero me impresionó lo suficiente como para plantarme delante de una ficha y, con mi terrible caligrafía infantil, explicar el terror absoluto de una de las víctimas que, perdida en el bosque, trataba de huir de una figura vestida con gabardina oscura que la buscaba, cuchillo en mano, con la única intención de acabar con su vida. Como no podía ser de otra manera, la encuentra, la asesina con saña y acaba por dejarla al pie del precipicio. Me recreé explicando cómo la sangre fue cubriendo, poco a poco, el suelo cubierto de agujas de pino mientras el asesino se alejaba sin mirar atrás. Morboso ¿verdad? Y preocupante. Me pregunto qué tendría que decir un psicólogo de esta historia, producida por la mente de una niña. Prefiero no saberlo. Hay cosas que es mejor dejarlas donde están, escondidas bajo llave en el baúl de los secretos que no se cuentan.

lunes, 20 de enero de 2020

QUE SEA HISTORIA... (Semana 1)


“Creo que Capa ha demostrado más allá de toda duda que la cámara no tiene por qué ser un frío artefacto mecánico. Al igual que la pluma, es tan hábil como la persona que la utiliza. Puede ser la prolongación de su mente y su corazón” (John Steinbeck, Popular Photography)

            Ser capaz de ver la vida a través de la lente de su cámara. Ese fue siempre el secreto de su éxito: contemplar el tiempo con un juego de cristales de aumento y, en el momento justo, detenerlo a su antojo. Mucho antes de revelar el negativo, a solas bajo la luz roja del diminuto cuarto de baño, era consciente de haber plasmado un instante único, precioso, que jamás volvería. Se sabía triunfador y presumía de serlo. Qué sabrían ellos de lo que escondía tras la fachada de vividor arrogante sin malicia. Encendía otro cigarro y guiñaba el ojo a la modelo improvisada, víctima no tan inocente del hombre que acabó por inventarse hasta su propio nombre. ¿Qué fue de aquel muchacho cuyo único patrimonio era la cara dura y una sonrisa capaz de romper un corazón de pena o amor? Qué lejos había quedado. A veces no recordaba por qué cambió pero nunca olvidó cuándo, cómo ni por quién lo hizo.

            A su manera, había sido feliz trampeando cada día. Hoy comía chuletas y las regaba con un buen burdeos que le aligeraba el ánimo y la risa. Mañana, ¿quién sabe qué ocurriría mañana? Seguramente volvería el hambre y confiar en la suerte, como hacían todos sus compañeros de miserias y aventuras. Pobre André, tan poco hábil para la vida práctica como dotado para crear historias. La suya no; la vivía a salto de mata, siempre huyendo (de la policía política, de la pobreza, de una mujer), evitando volver la vista atrás para no encontrarse solo en el camino. Adelante, siempre hacia adelante. Un día, una semana, un mes. Pequeñas victorias sin importancia para nadie más que él. Y Gerda, en algún punto lejano de un horizonte que no alcanzaba a medir, tan fuera del alcance de sus manos, ligeramente desenfocada, tan ansiosa por no quererle sin querer, mintiéndose a cada roce. Malditos los dos, señalados por sus dioses, perseguidos por los hombres y sus ideales. Qué desperdicio de vidas echadas a perder antes de tiempo. Entonces no lo sabían, ni siquiera pudieron imaginarlo y si alguien se lo hubiera dicho, habrían reído hasta las lágrimas. Se creían inmortales. Se sentían invencibles.

            ¿Y Robert, que apareció de la nada y al que nadie esperaba? Bufón de todas las cortes, amado, odiado, deseado, abandonado, triste, roto. Solo aún en medio de la gente. ¿De dónde salió aquella especie de dandy de la dolce vita? De la imaginación inquieta de Gerda, una tarde de verano húmeda de lluvia y sal. Arrodillada junto a él, vestida con una camisa demasiado grande que dejaba al descubierto la curva de sus pechos de mujer a medio hacer. Le hizo callar, le miró y, muy seria, le sentenció.

            - Ya no serás más ese André al que todos conocen e ignoran – dijo, torciendo los labios en una sonrisa sin humor-. A partir de hoy, de este momento, eres Robert. Robert… Capa, eso es. Y el mundo entero te adorará sin poderlo evitar.

            Completó la farsa bautismal derramando sobre su frente lo que le quedaba de vino blanco y se alejó, lamiéndose los dedos, para contemplar su creación con ojo crítico. André, recostado en la arena con las manos cruzadas sobre el pecho, le devolvió la mirada, disfrazando con humor el miedo, la ternura y el deseo que ella le provocaba. Se mordió el labio inferior para contener las ganas de levantarse, arrancarle la camisa y hundirse en su cuerpo sin pedir permiso, antes de que fuera demasiado tarde. ¿Tarde para qué? Para ellos, para todos. Tarde. Respiró hondo, cerró los ojos por un momento y, cuando volvió a abrirlos, ella le daba la espalda.

            - Y tú, Gerda, ¿también me adorarás sin poderlo evitar? – le preguntó, mordiendo cada palabra, obligándose a decirlas de una vez y para siempre. Ya no podía ni quería callarlas más. Cada día que pasaba a su lado sin tocarla era una tortura, un dolor exquisito. Había llegado la hora de rendirse, de ponerse frente a aquella amazona pelirroja que no respondía ante nadie más que ella y que hacía que la tierra entera temblara bajo sus pies cada vez que le miraba. ¿Eso era el amor del que todos hablaban? y pensó que habría preferido no conocer jamás el sentimiento que, estaba seguro, habría de marcarle de por vida. Amarla y morir en el intento, un poco cada día, hasta quién podía saber cuándo.

            Gerda, de pie en la orilla, miraba el mar arder bajo la puesta de sol más roja que podía recordar. Fingió no haber oído la pregunta pero, en su cabeza, las palabras giraban como un torbellino, reduciendo a escombros todas sus reservas. Que si le adoraría, quería saber. Tan listo para unas cosas y tan tonto para las realidades de la vida, susurró con una sonrisa triste.  André era un punto de luz en la oscuridad que la envolvía, la tabla de salvación que estaba buscando desde que era niña. Ceder, bajar la guardia, le parecía fácil: sólo debía desandar lo andado, acercarse a él y dejar que su cuerpo expresara lo que su boca no acertaba a explicar. Que si le adoraría, preguntó. Inocente criatura, no hay más ciego que aquel al que el miedo no le deja ver.

            Regresó a su lado arrastrando los pies cubiertos de arena y se sentó muy cerca, con las piernas cruzadas como los indios. Ninguno de los dos habló. Gerda miraba las manos de André, fuertes, de dedos cortos, y se preguntaba cómo sería sentirlas deslizarse sobre su piel, lentas, perezosas. André se concentraba en la cicatriz, en forma de media luna, que rompía la simetría de su piel en la rodilla derecha de Gerda. A lo lejos, en algún punto sobre el mar, estalló un trueno y rompió la magia.

            - Yo creo que ya lo hago – susurró Gerda, cogiendo un puñado de arena y dejando que resbalara entre los dedos-. Adorarte, ¿sabes? Y no quiero pero…

            André se sentó y, después de un segundo de duda, tendió la mano y acarició la cicatriz. Siguió la línea levemente rugosa hasta dibujar la media luna una vez y otra y otra más. Y la besó. Se besaron, descubriendo primero la forma de sus labios; los estudiaron con la atención que jamás pusieron en sus lecciones hasta aprender la geografía exacta de sus bocas. Sólo entonces, con la rendición asegurada, se atrevieron a invadirse con la lengua, a explorar el hueco de sus dientes, la humedad del aliento, hasta provocar sumisión y deseo. Cayeron enredados en el suelo húmedo, arrastrando sus miedos, derribando todas las murallas inventadas. Con una urgencia acumulada en varias vidas, se arrancaron la ropa a zarpazos y los cuerpos, desnudos e indefensos, se encontraron en medio de un estruendo de jadeos y suspiros, de gritos ahogados contra la carne del otro.

            Gerda separó las piernas y André, puro instinto animal, encontró su camino entre ellas. Se miraron a los ojos, inmóviles, más cerca que nunca, y fue como si se vieran por primera vez. Por un momento, creyeron haber encontrado lo que habían buscado durante sus años de huida hacia ninguna parte: la imperfección que encajaba en cada uno de sus huecos. Se hizo el silencio, la paz entre tanta guerra declarada. El suyo no fue un acto de amor, ni siquiera sexo salvaje y sin sentido: fue una rendición absoluta y sin condiciones. Al acabar se quedaron tumbados en la arena, sintiendo como la brisa del mar secaba el sudor sobre sus cuerpos, satisfechos y aterrados. En algún momento se durmieron abrazados, prisioneros del mismo asombro.

            Gerda escribió en su diario que, durante una fracción de segundo, estuvo tentada de huir, recoger sus cosas y marcharse para no regresar nunca más. No lo hizo y jamás pudo explicar por qué. ¿Destino, fatalidad o suerte? Pasado un tiempo, dejó de preguntarse los motivos que la impulsaron a quedarse y aceptó aquella relación extraña, a ratos empalagosa, a ratos retorcida e hiriente. Ella, que soñaba a menudo con su propia muerte, sólo se sentía viva cuando André la arrastraba en su locura. Años más tarde, hundida hasta las rodillas en el barro de una trinchera improvisada, Gerda invocaría el recuerdo de aquel preciso instante para que la protegiera de las balas perdidas que silbaban sobre su cabeza. Aunque ya no le amara. Aunque estuviera preparada para olvidarle, seguía siendo su talismán ante la perdición y el abismo.

            André confesó, mucho tiempo después, que aquel fue el principio de la época más feliz de su vida y que a nadie amó tanto ni tan sinceramente como a ella. Hubo otros cuerpos, infinidad de vías de escape de las que regresaba cabizbajo, pidiendo perdón con un ramo de flores, pero siempre supo que, en el fondo, era sólo ella. Irremplazable. Sintió su pérdida como la única puñalada por la espalda con la que nunca contó. La maldijo por traicionarle, por marcharse sin avisar, dejándole infinitamente solo en un mundo que se caía a pedazos, sin más asidero que el cristal de una botella y un puñado de fotos para recordarla. Se bebió toda la pena en una fiesta fúnebre que duró quince días con  sus quince noches. En las cenizas de aquellas noches murió André y nació, con más fuerza que nunca, Robert. El resto, su vida y su obra, es leyenda.

            Podría ser otra historia inventada, una más, con su príncipe valiente, su princesa trágica y el fantasma que les rodeaba, pero no. Es real, quizá no así ni allí, pero existieron. Existió André Friedmann, existió Gerta Pohorylle y, entre los dos, dieron vida a Robert Capa. Ese, el hombre que en realidad nunca existió, es el que ha pasado a la historia como el primer y mejor reportero de guerra del mundo. Yo lo conocí gracias a sus fotografías; empecé admirando su trabajo, su valentía (“si tus fotografías no son lo suficientemente buenas, es que no te has acercado lo suficiente”) y acabé adorando al hombre detrás del mito. Una parte de mi piensa que si hubiéramos coincidido en la misma época y, cosa improbable, se hubiera acercado a mí, me habría convertido en una más de sus víctimas enamoradas.

             A Gerda, a la que llamaban “la pequeña zorra roja” por su pelo, la conocí más tarde. Vino cogida de la mano de André, discreta, cargando con su propia y desconocida historia. Dicen que detrás de cada gran hombre hay siempre una gran mujer. Alguien debió inventarlo pensando en ella. Estuvo a su lado, no detrás, gran parte del camino de André y Robert fue invención suya, una manera inteligente de sacar partido al talento del fotógrafo inventando un personaje lleno de glamour. Con él cubrió la Guerra Civil española, saltando de trinchera en trinchera. Juntos soñaban con la victoria republicana y el principio del fin del fascismo que recorría Europa y les obligó a emigrar, de un país a otro, durante años. Detrás de muchas fotos de Robert se esconde la mano de Gerda, y su figura permaneció en las sombras durante muchos más años de los que le correspondería. Murió aquí, antes de tiempo, dejando a sus espaldas un hombre destrozado que jamás superó del todo su pérdida y, por delante, un futuro sin realizar.

            Podría ser una leyenda, un cuento para niños, otra fantasía sin más pretensión que la de entretener, pero existieron. En cierto modo, todavía existen. Y quiero pensar que ese encuentro, el momento en que los dos descubren que lo que sienten es más fuerte que todos los miedos que les separan, ocurrió más o menos así. Con algo menos de poesía, quizá, y mucho más deseo carnal. ¿Quién puede, al final, resistirse a la llamada de la carne? Si amas, deseas y en el momento que dos pieles se tocan, por primera o centésima vez, no hay fuerza capaz de detenerlas.

            Y lo que venga después… que sea historia.



Mjo
12-01-2020
Reto RayBradbury
Semana 1