jueves, 9 de junio de 2016

PLAYA – EN GRUPO – VIENTO – UN CARAMELO

Los veranos de su infancia tienen el sabor de la sal del Mediterráneo y el tacto de la arena de Garraf o Sitges, la misma que comía aderezando el rebozado del lomo de cerdo de la noche anterior. No consigue entender cómo es posible que pasaran el día entero en la playa si ahora empieza a sentir la necesidad de volver a casa en apenas una hora.

               Recuerda el 850 de su tío, una lata blanca donde cuatro adultos y dos niños se embutían a las ocho de la mañana del sábado y, con las ventanillas bajadas, enfilaban la carretera de la costa. ¿Tan temprano? Claro, para evitar caravanas. Por el camino, su primo se mareaba por el calor o porque sí, porque era así de flojo, y había que parar al menos dos veces. Si tenían suerte, devolvía en el arcén y podían reemprender la marcha hasta la próxima parada. Si no, el aire dentro del coche se hacía irrespirable, mezcla de la tortilla de patatas, el melón maduro y el amargor del vómito. A él le daban un caramelo, para que se le pasara el mal sabor de boca, pero los demás tenían que aguantar como podían.

               Ella no se mareaba nunca. Se sentaba entre los asientos delanteros, muy tiesa, con los ojos fijos en el horizonte para ser la primera en ver el mar. Saltaba del coche en cuanto abrían la puerta pero su madre la alcanzaba antes que echara a correr y le leía la cartilla: ésto no se hace, aquello tampoco, ven que te pongo crema, no te metas tan dentro que te ahogas. Ella se removía inquieta sintiendo el apretón de la mano de su madre, el ardor de la arena en la planta de los pies descalzos y el sol que iba creando pecas sobre su nariz. En cuanto le quitaban la ropa y le ponían una gorra, se alejaba corriendo hasta la orilla sin prestar atención ni a gritos ni al tonto de su primo, que andaba a tropezones detrás suyo.


Qué delicia entrar en el agua. Sentía sobre la piel la sed del invierno y sólo el frío del mar conseguía calmarla. Salía en dos segundos, tiritando y medio azul, escupiendo agua porque se había tirado con tantas ganas que las olas se la habían tragado, pero feliz y contenta como si fuera la mañana de Reyes. Recuperaba la respiración, se apartaba el pelo empapado de la cara, y volvía a entrar. Sin miedo. Sin mirar atrás.


Mjo


TRES NARRADORES

               Cuando Dani vio entrar a Helena, supo lo que iba a pasar y sintió algo parecido a la admiración por ella. Su cara era una máscara fría y distante, muy diferente de la chica sonriente con la que estaba acostumbrado a tratar, pero en sus ojos se veía el infierno por el que estaba pasando. Nunca supo mentir con la mirada y esa tarde tampoco fue diferente. Mario se puso tenso al verla entrar y Dani se compadeció de él. De los dos, en realidad. Le habría gustado ayudarles pero no podía hacerlo, iban a tener que enfrentarse a esto solos. Así la saludó y se retiró con discreción al fondo del taller, donde fingió estar muy ocupado arreglando una moto. Intentó no escucharles ni mirarles pero fue inútil; sentía por ellos la misma atracción que un conductor ante un accidente en la carretera: los ojos se le iban solos y sus oídos recogían cada palabra que se decían entre ellos.

               Escuchó a Mario dar las razones más absurdas del mundo y se preguntó cómo era posible que mantuviera el tipo al verla llorar en silencio. Vio a Helena darle la espalda y bajar la cabeza para no perder la dignidad por completo y cómo su hermano avanzaba un paso para consolarla y retrocedía tres. Cobarde, pensó Dani, cobarde. De buena gana habría salido a meterle el sentido común a puñetazos, a ver si así se daba cuenta del error que estaba cometiendo, pero se limitó a apretar los dientes y respirar hondo. No iba a intervenir, ya eran mayorcitos para saber lo que estaban haciendo. Sonó el móvil de su hermano, que se disculpó y cogió la llamada. Helena se quedó sola por un momento y sus miradas se cruzaron. Dani le preguntó cómo estaba y ella se limitó a sonreír mientras se limpiaba las lágrimas y encogerse de hombros. Debería haberle dicho algo más pero no sabía qué, hacía mucho tiempo que no consolaba a una mujer a la que estaban rompiendo el corazón. Volvió Mario y Dani aprovechó para recoger las cosas, despedirse con un ligero abrazo y marcharse. Allí ya no pintaba nada.



               Qué lugar tan extraño para romper una relación. El taller de motos, pequeño y atestado, parecía prestarse a cualquier cosa menos a eso. Sobre todo si uno sabía que había sido escenario de algunos de los recuerdos más felices de la pareja que estaba a punto de dejar de serlo. Claro que tampoco la fecha era la mejor. Catorce de febrero, ¿no deberían haber quedado para cenar y pasar la noche juntos? En lugar de eso, iban a romper. La vida, a veces, es de un irónico que da asco.

               No se habían visto en algo más de una semana, el tiempo que él había pedido para reflexionar sobre el futuro. Durante seis días no tuvieron contacto de ningún tipo. Ella vivió cada momento como suspendida al borde del vacío, perdiendo poco a poco la esperanza. Poco antes de la medianoche del séptimo día, cedió a las ganas y le envió un mensaje: “te echo de menos”. Esperó, con el móvil en la mano, a que le contestara. El corazón se le disparó cuando vio que estaba escribiendo y al recibir la respuesta, se sentó en el suelo y se tapó la cara con las manos. “He pensado mucho estos días y he decidido que lo mejor es dejarlo. Necesitas alguien mejor que yo y no quiero hacerte más daño. Lo siento”. Hubo un tira y afloja por escrito. Ella se negaba a terminar así, no tenían quince años y se debían verse las caras aunque fuera por última vez. Él había dado por cerrado el tema y acabó por decirle que lo dejara o sería peor, aunque sabía que no se iba a rendir tan fácil. Dos días después se presentó en el taller y, aunque la esperaba desde el primer momento, sintió que el suelo temblaba bajo sus pies cuando la vio entrar. No había escapatoria, allí y entonces iban a sellar el final.

               Le sorprendió verla entera, con las ojeras más marcadas y un toque de tristeza en la mirada que no recordaba haber visto nunca. No intentó sonreír, él tampoco. Se acercó a darle dos besos en las mejillas y después dio dos pasos atrás. “¿Qué?” le preguntó. Brillante principio, pensó. “Tú dirás”, contestó ella. No se lo iba a poner fácil. ¿Por qué iba a hacerlo? Estaba a punto de romperle el corazón en mil pedazos después de decirle que la quería, lo mínimo que podía esperar era que presentara batalla y le hiciera sudar.

               Ella se cruzó de brazos, esperando la explicación que se había negado a darle por mensaje. Después de escucharle, guardó silencio durante unos segundos y contestó. “Contra eso no puedo luchar. Cualquier otra cosa, quizá lo intentaría pero no puedo, no tengo armas para hacerlo”. Y perdió las fuerzas, se abrió el dique de sus emociones. Le dio la espalda y empezó a llorar sin hacer ruido. Él quiso acercarse, consolarla y decirle que, a pesar de todo, le quería, aunque no lo suficiente ni de la manera que ella necesitaba. “Mereces alguien mejor que yo, que te convierta en el centro de su vida, te diga que te quiere y te desea. Alguien que te haga sentir mujer en cada momento del día”. ¿Y así pretendía amortiguar el golpe? No era de extrañar que su vida amorosa hubiera sido un desastre hasta aquel momento.

               Ella se volvió para mirarle, limpiándose las lágrimas a manotazos. “Pues ya ves, yo creía que lo había encontrado en ti. Qué boba, ¿verdad?”. Se retiró un par de pasos y clavó los ojos en el suelo. No sabía qué podía decir para hacerle cambiar de idea, ni siquiera sabía si quería intentarlo. Empezaba a faltarle el aire, necesitaba salir de allí o se ahogaría. Y, sobre todo, necesitaba llorar a sus anchas, sin que le viera. Ya había hecho bastante el ridículo. Sin darse cuenta, empezó a juguetear con el anillo que le había regalado el día de Reyes. Le venía un poco grande y todavía no se había acostumbrado a llevarlo. Él lo vió y pensó que quería devolvérselo y no estaba dispuesto a permitírselo.



               “No me devuelvas el anillo” me dijo. “No pensaba hacerlo porque para mi significa mucho” le contesté, “aunque sin ti pierde sentido”. “Es tuyo”, continuó, “y te lo di con todo mi corazón, sinceramente, y no puede llevarlo nadie más que tú”. “Lo sé, por eso me lo quedo, porque nadie más que yo merece llevarlo y me recuerda que, al menos por un tiempo, me quisiste de verdad, que no fue un sueño. Que fuimos reales.”

               Intenté sonreír pero me salió una mueca mojada de lágrimas y vi en sus ojos la misma tristeza que empañaba los míos. El tiempo se deslizó alrededor, de puntillas, mientras yo recogía los pedazos de mi corazón roto y él retrocedía a la concha en la que se estaba encerrando. Nunca le sentí más lejos. Nunca le había querido tanto. Nunca le odiaría más.

               Me cerré el abrigo apretando los dientes para no rogarle un último abrazo del que no querría desprenderme jamás. Me escuché preguntando si me echaba de menos alguna vez. No sé por qué lo hice, quizá necesitaba confirmar lo que mi instinto me decía. Claro que sí, dijo con voz estrangulada, cada día, muchas veces. Supe que no mentía, que notaba mi ausencia, que sus recuerdos le traicionaban, aunque no quisiera, conjurando mi sonrisa, el sabor de nuestros besos y el tacto de mis manos. Dentro de mi todo quedó en silencio. Había llegado la hora de partir.


               Le dije adiós sin mirarle a la cara y me di la vuelta. Mis piernas se movieron un paso, dos, tres, alejándome de él. Lo último que escuché, cuando atravesaba ya la puerta, fue “un beso” lanzado a mi espalda. No me giré. No habría sido capaz de irme sin pedirle otra oportunidad. 

Mjo


lunes, 30 de mayo de 2016

TODO FACHADA

Nada más lejos de la intención. Pero aquella mirada, tan como las de antes, me puso en guardia e hizo que saltaran todas mis alarmas. Inventé una sonrisa despreocupada y mi boca se lanzó a hablar sin saber de qué, sólo para evitar que siguiera mirándome así. No lo conseguí. A decir verdad, ni siquiera creo que se diera cuenta porque apoyó la cara en una mano y siguió mirándome de la misma manera. Me rendí, solté amarras y me dejé llevar por el momento. ¿Qué podía perder, cuando lo había perdido todo ya?

Me hundí en la sonrisa, marca de la casa, que me ofrecía. Lenta, perezosa, a medio camino entre el deseo y el abandono, los ojos entrecerrados, fijos en mi. Le vi como tantas otras veces, tumbado en la cama, peleando con el sueño mientras le acercaba la taza de café de nuestras mañanas y me sentaba a su lado. Aquella manera de amanecer nuestra, cada uno por su lado, cada uno a su ritmo pero juntos, son pequeños tesoros que guardo en mi cofre secreto. Las palabras sólo aparecían después de vaciar las tazas, y también los besos y los abrazos. Sus "quédate conmigo hoy" y mis "ojalá pudiera". La danza lenta de tumbarme sobre su pecho rogando que el tiempo se detuviera un minuto, dos horas o para siempre mientras los segundos volaban para no volver. Me acompañaba hasta la puerta, me envolvía en un abrazo estrecho y me daba besos de tres en tres antes de despedirme hasta la noche o al día siguiente. Y vuelta a empezar.

Todo eso se resumía en su sonrisa al otro lado de la mesa, callados los dos, pensando quién sabe qué. Quise llorar y reírme al mismo tiempo. Quise pedirle que no me mirara o que lo hiciera de otra manera pero no me salieron las palabras. Tenía el corazón latiendo en la boca; abrirla habría sido traicionarme, descubrirle que mi fachada no era más que eso y que empezaban a salirme grietas.

Sonó el teléfono y se rompió la magia. Volvimos al punto en que lo dejamos, él y yo amigos que una vez fueron algo más, y la tarde se fue gastando sin darnos cuenta. "Me tengo que ir", le dije al ver la hora. "Es pronto, quédate un rato más". Seis palabras. Sólo fueron seis palabras, pero el sortilegio funcionó. Me quedé, un rato nada más. Recuperamos la risa, la conversación, ese ritual extraño de caminar de puntillas alrededor del pasado, como si temiéramos alzar la voz y despertarle de un sueño que esa tarde parecía demasiado ligero. Nos despedimos en la puerta, tres veces, tres. Ninguno tenía ganas de decir adios, alguien tenía que hacerlo y fui yo. Dos besos y un abrazo de los suyos y me alejé calle abajo, batallando con la tentación de mirar atrás. Volaría demasiado alto si le veía mirándome desde la puerta o caería en picado si no lo hacía.

Volví a recorrer el camino de siempre, peleando con la sonrisa que quería salirme al paso, pensando que era una pena porque estar juntos era tan fácil que separarnos me parecía cruel. Al menos para mi. A pesar de todos los pesares, sigue conservando intacta la capacidad de hacerme sentir en casa cuando estoy con él. Y supe, en ese momento y sin lugar a dudas, que seguiría buscando excusas para verle, para saber de él. Que aunque me tragara las ganas, llegaría el día en que se reventarían las costuras y me lanzaría al vacío sin importar la caída. Amor. Hasta que deje de serlo.

Mjo

jueves, 26 de mayo de 2016

LAS MANOS DE MI ABUELA

               Mi abuela tiene noventa y tres años y no lleva bien lo de la edad. Acostumbrada a mandar y ser obedecida, las limitaciones se le atragantan. Tiene la mente lúcida, sobre todo cuando se trata de recordar el pasado, y la lengua muy suelta. En la cara luce los surcos de los años y los disgustos; presume de no haberse maquillado nunca, pero cada mañana se pone hidratante para que no se le corte la piel. Las manos las cuida menos. Le gusta fregotear y dice que es una pérdida de tiempo estar todo el día crema va y crema viene. Tiene el dorso cubierto de manchas color sepia y venitas azuladas, los nudillos abultados por gentileza de la artrosis y suele tener dolores de huesos que ella combate con Gelocatil y cabezonería.

              Pero una vez al año se olvida de todo y transforma sus manos, nudosas y ásperas, en instrumentos mágicos. En Semana Santa prepara roscos al estilo de su tierra y el ritual empieza bien temprano, limpiando y relimpiando el barreño en el que hará la mezcla. Sus manos se mueven con soltura mientras selecciona y mezcla los ingredientes: casca los huevos sin destrozar la cáscara, echa la harina sin desperdiciarla, mide el azúcar a ojo, añade anís sin que le tiemble el pulso y remata la poción rallando la cáscara de un limón sin dejarse los dedos en el proceso. Sus manos, entonces, se convierten en artilugios mezcladores. Dan vueltas y vueltas hasta crear una masa perfecta y olorosa. La deja reposar un poco y después la separa en porciones casi exactas. No sé cómo lo hace, supongo que sus dedos deben tener memoria. Hace una bola con los trozos, les clava un dedo en medio para hacer un agujero y los echa en el aceite hirviendo. Les da vueltas sin salpicar hasta que están dorados y los saca, dejándolos sobre papel de cocina para espolvorearlos de azúcar. A esas alturas, la cocina está llena de gente hambrienta y la casa entera huele a dulce y risas. Cuando acaba, frega los cacharros y se sienta a contemplar su obra y recoger alabanzas.

               Las manos recuperan su quietud, los dolores van reconquistando su espacio. Aunque no le guste, son demasiados años para tanta faena y mañana la artrosis le hinchará los dedos y las muñecas. Pero hoy no. Hoy sus manos cansadas, envejecidas, ásperas y manchadas han vuelto a hacer magia en la cocina. 

Mjo