domingo, 20 de septiembre de 2020
SIGUIENDO LA SOMBRA DEL VIENTO
domingo, 13 de septiembre de 2020
A SUS PIES (semana 35)
A las siete y media, puntual como solo un tren inglés puede serlo. Alastair desconecta la alarma y entra en el almacén. Guiado por la claridad tenue de las luces de emergencia, atraviesa los pasillos flanqueados por estanterías llenas de cajas de zapatos de todos los estilos, hasta llegar al pequeño y atestado despacho. Enciende la calefacción y espera cinco minutos antes de quitarse el abrigo, la bufanda y el gorro de lana, que cuelga en una vieja percha de madera. Se pasa las manos por la cabeza en un intento de recomponer sus remolinos, tarea inútil porque su pelo tiene personalidad propia y no se deja dominar. Suspira, resignado, y conecta el hervidor de agua para prepararse un té que le ayude a entrar en calor. Preferiría hacerlo con una tetera tradicional, como la que usa en casa, que le añadiera cierto sabor a elegancia, pero tener un hornillo en aquella habitación llena de papeles no le parecía una buena idea. Su parte snob se conformaba con beber su té en una taza antigua que compró en un mercado de anticuarios, ya no recuerda ni el nombre del pueblo ni cuándo fue. Está un poco maltrecha, con el borde desportillado y el asa pegada con pegamento, pero eso no le resta belleza. Le encanta pero no lo reconocerá ni bajo tortura, sería un insulto a su hombría, que bien sabe Dios que se pone en entredicho con demasiada frecuencia. Cuando el agua alcanza la temperatura correcta, ni un grado más ni uno menos, pone la bolsita con su mezcla favorita en la taza, añade la cantidad de agua adecuada y espera cinco minutos a que se obre la magia. Después saca la bolsita con cuidado de no ensuciarse la ropa ni salpicar la mesa, la tira a la papelera y se sienta en la butaca para disfrutar del silencio. Cierra los ojos y se imagina sentado en su cocina, viendo amanecer desde la ventana, con su gato dormido frente a la chimenea y, a su lado, ella y su sonrisa. Ah, la imaginación, qué perversa puede llegar a ser.
jueves, 10 de septiembre de 2020
GRITA (Semana 34)
Me levanté mal. No enfadada, ni triste, ni cansada ni enferma. Mal, que incluye todo eso, y algo más, en sólo tres letras.
Hacía
tres semanas, coincidiendo con un pico de trabajo bastante bestia e inesperado,
que arrastraba un humor infernal, a medio camino entre la euforia y la
tristeza. Al final, como era lógico, tantos altibajos emocionales me pasaron
factura y estuve todo el día anterior, sábado, hecha un mar de lágrimas. Vamos,
lo que mi abuela llamaba “un guiñapo”. Cualquier cosa me hacía llorar; una
película, una noticia en el Telediario, una foto de Instagram y no digamos nada
sobre algunos mensajes de Whatsapp. Rozando el patetismo más extremo, un par de
abuelillas adorables, haciendo roscos y lanzándose puyas con acento de Granada,
en un programa del Canal Cocina, me dejaron para el arrastre. Cualquier otra
persona en mi misma situación, se habría metido en la cama con el estómago
vacío, incapaz de tragar bocado. Yo, no. A mí no me quita el hambre nada. Ni el
mal de amores ni un ataque de migraña, una fiebre alta o una gastroenteritis
aguda ni, por supuesto, lo que fuera que tenía aquel maldito día. Por eso, en
un claro arrebato de locura, a las ocho y media de la noche me dirigí a la
cocina y empecé a trastear en los armarios y la nevera, buscando los ingredientes
que me permitieran prepararme una cena que, gracias a la alquimia del fuego y
la materia, se llevara por delante mi ataque de ansiedad. O de pena. O de
gilipollez aguda, que también podría ser.
miércoles, 2 de septiembre de 2020
EL CAZADOR Y LA DONCELLA (Semana 33)
Apoyado en la barra, con un cubata en la mano, Salva
no pierde detalle de lo que ocurre más allá de la marea humana que se desplaza
sin orden ni concierto. Está solo; sus amigos se han repartido por todo el
local en busca de una víctima con la que acabar la noche, pero él, esta noche,
no parece tener prisa. La camarera, a la que conoce de sobra, le ha atendido en
cuanto se ha acercado. Saca a relucir su mejor repertorio de sonrisas,
carantoñas y miradas sugerentes, dejándole claro que, si le apetece compañía,
ella está disponible. A Salva no le interesa el ofrecimiento; ya se han liado
un par de veces y ninguna de las dos había sido tan memorable como para querer
repetir una tercera. Con tacto, la rechaza y ella se encoge de hombros y,
fingiendo una indiferencia que no siente, se retira. Sigue atendiendo a los
clientes pero le vigila, con disimulo, con el rabillo del ojo. “Nunca se sabe”,
piensa, y se anima un poco al pensar que quizá no todo está perdido.
Salva, sin embargo, está mucho más interesado en
aquella chica, a la que jamás había visto antes. No vestía de una manera
especialmente llamativa; nada de falda muy corta, camisa transparente o con un
escote imposible. Llevaba un vestido de tirantes negro que apenas sugería
curvas y volúmenes, más elegante que discreto. El pelo, recogido en una coleta
alta y un maquillaje sencillo y natural completaba una imagen atractiva y
fresca. Nada de joyas, nada de adornos ni brillos, tan solo un pequeño bolso en
el que a duras penas debía caber el móvil y una tarjeta de crédito para pagar
las copas. No entendía por qué le parecía tan interesante, estaba en las
antípodas del tipo de mujer que solía atraerle, pero no conseguía dejar de mirarla.
Le gustaba la forma en la que se movía al ritmo de la música, a ratos demasiado
ruidosa, cómo se reía echando la cabeza hacia atrás y, sobre todo, cómo
apartaba la mirada en cuanto se cruzaba con la suya. Con las luces de colores
que se encendían y apagaban como si un loco jugara con el interruptor, era
imposible saberlo a ciencia cierta pero estaba seguro de que se le subían los
colores cada vez que lo pillaba mirándola. Ese gesto le parecía delicioso y
perturbador al mismo tiempo. No creía que la timidez que mostraba fuera fingida
y no dudaba que conseguir que cayera en sus redes no sería una tarea fácil pero
le apetecía el reto, estaba cansado[U1] de conquistas fáciles.
Tendría que esforzarse mucho menos con la camarera que, sin dejar de atender a los
clientes luciendo su mejor sonrisa, seguía revoloteando a su alrededor. Con la
morena que se había sentado en el taburete que había quedado libre a su lado, y
que no dejaba de lanzarle sonrisas y miradas muy elocuentes, tampoco fallaría
el tiro, estaba claro. Era un bombonazo, enfundada en un mono azul tan ajustado
que dejaba poco a la imaginación. Durante unos segundos, consideró la posibilidad
de aceptar la invitación implícita en sus ojos pero, francamente, le apetecía
algo nuevo. Algo como aquella criatura que, en aquel momento, se acercaba a la
barra fingiendo no verle. Era su oportunidad y la iba a aprovechar.



