domingo, 22 de agosto de 2021

AMIGOS

En un bar de moda se reunen, como todos los miércoles, dos amigos. Se conocen de toda la vida, o casi, y han compartido experiencias desde que tuvieron edad para vivirlas. Los primeros cigarrillos, las primeras borracheras, la pérdida de la virginidad, las penas de amor (porque los hombres también lloran, al menos los de verdad) y todas y cada una de las victorias y derrotas de su equipo de fútbol, que últimamente les da más disgustos que alegrías.

Salva es moreno, no demasiado alto, tiene músculos hasta en las pestañas, viste de marca de la cabeza a los pies, habla por los codos y, según él, es guapo a rabiar. Dejó los estudios en cuanto pudo y se metió a trabajar en la constructora de un primo que, con la fiebre del ladrillo, estaba creciendo como la espuma. Cuando la burbuja estalló y se quedó en la calle, se buscó las lentejas en otra parte porque es currante y espabilado, aprende rápido y no se queja de casi nada. Su físico y su carácter siempre le han facilitado el terreno a la hora de conquistar a una mujer, y pasó los últimos años de la adolescencia saltando de una relación a otra. ¿He dicho “últimos años de la adolescencia”? Como si la hubiera dejado atrás... Es uno de esos individuos aquejados del síndrome de Peter Pan y se niega a renunciar a ciertas cosas. No tiene prisa por sentar la cabeza, le va de maravilla tal y como está, pero siente que a su alrededor se va estrechando el círculo y empieza a agobiarse. Tiene novia formal, más o menos, desde hace algo más de un año y la quiere, por supuesto que la quiere. A su manera, claro.

Carlos es bastante más alto, tiene el pelo de ese color indefinido que ni es rubio ni pelirrojo, sino todo lo contrario, unos ojos grises que esconde detrás de unas gafas de pasta negras , habla lo justo, rara vez levanta la voz, y tiene ese aire desgarbado de quien creció demasiado deprisa y todavía anda intentando acomodarse a las dimensiones de su cuerpo. Estudió hasta el final, como sus padres deseaban, y trabaja en el Museo de Historia de la ciudad desde hace varios años. Se pasa el día perdido entre documentos antiguos, investigando su procedencia para darles una vida que se creía perdida, y su nombre empieza a ser conocido a nivel nacional. Aunque no le gusta llamar la atención, si se le da la oportunidad, conquista. Le encantaría encontrar a la persona con la que compartir su vida, pero no parece tener prisa. “Ya llegará”, dice siempre, “y si no, pues tampoco pasa nada”. Tiene sus rollos por ahí, pero no suele hablar de ellos. A la hora de presumir, prefiere hacerlo con sus logros que con sus historias personales. Por eso se lleva de maravilla con Salva, es el complemento perfecto para ese huracán que, casi siempre, es su amigo. Salva acapara todas las luces y Carlos se queda tranquilo en las sombras. A cada cual, lo suyo.

SALVA: Qué pereza me da, en serio te lo digo. Vale, las nuevas tecnologías con la leche; nos facilitan la vida, nos mantienen en contacto aunque estemos lejos, ayudan a encontrar soluciones a los problemas en un tiempo record, bla, bla, bla...

CARLOS: Ya estamos otra vez... (Pone los ojos en blanco y da un sorbo a la cerveza)¡Pero si te pasas el día colgado de las redes sociales, te compras el último móvil, tu coche tiene mil chorraditas y tu televisión no tiene más “K” porque no se puede!

SALVA (se ríe antes de contestar): Que sí, pesao, que son la caña, lo más de lo más, la ostia en patinete y lo que tú quieras, pero cuando tu novia se empeña en hacerte una videollamada cada día para contarte, no sé, que el pollo ha subido de precio una barbaridad o que no encuentra unas sandalias que le gusten...

CARLOS (se cruza de brazos y le mira, resignado): No, ¿eh? Otro discursito sobre “Mi novia me tiene frito”, no. ¡Cada semana lo mismo!

SALVA (levantando las manos al cielo con dramatismo): ¡Es que me toca las narices, por no decir lo huevos, bastante tirando a mucho, demasiado! Si no fuera porque el móvil cuesta un riñón y todavía no está pagando del todo, te juro que lo tiraría por la ventana. O al mar.

CARLOS: Primero, no te lo crees ni tú. Y segundo, al mar no, gilipollas, que contamina. Si quieres deshacerte de él, o me lo das a mí o lo llevas al punto de reciclaje.

SALVA (poniendo voz de repelente): No, es verdad, al mar no, que contamina. (Carlos le enseña el dedo medio y hace una seña al camarero para que les sirva otra ronda).

CARLOS: Claro, claro... Porque lo de dejar a Yolanda ni se te pasa por la cabeza, supongo. (Salva le mira como si estuviera loco y niega con la cabeza) No, hombre, qué tontería. Te tiene hasta las narices, pero como está tan buena, pues aguantas.

SALVA: Es que, tío, ¿tú la has visto? ¡Está muy, pero que muy buena! Vamos, a nivel top model de los 90, aquellas que tenían chicha y no huesos. Y el mercado está fatal, echado a perder del todo. ¡Hay mucha loca desesperada por ahí, deseando echarte el guante y meterte en casa, te lo digo yo!

CARLOS: Desesperadas... ¿Me puedes explicar eso?

SALVA: Joer, con el ansia de casarse y tener niños y una casa y un cochazo y verano en la playa e invierno en la nieve... Todo el día con la misma cantinela: que si todas sus amigas ya están casadas, que si sus primas la miran de reojo y se ríen de ella, que si su abuela le ha dicho que se va a quedar para vestir santos y el arroz que se le pasa y el puto reloj biológico. ¿Qué coño es eso del reloj biológico, tío?

CARLOS (abriendo mucho los ojos): ¿En serio no sabes lo que significa? ¡Tú estás en el mundo porque tiene que haber de todo, chaval!

SALVA (ignora el comentario de su amigo y sigue con su monólogo): ¡Una locura, que te lo digo yo, que están todas locas! Qué ganas de arruinarnos la vida tienen, con lo bien que se está así...

CARLOS: ¿Así, cómo? Porque tu “así” me parece que te está llevando por el camino de la amargura.

SALVA: ¿Que te defina “así”? Pues... (hace una pausa para pensar su respuesta) Así, coño, así, ¡no me líes! En pareja, pero ella en su casa y yo, en la mía. Vernos un par de veces entre semana, hablar de vez en cuando, mucho ji ji, algo de ja ja, y el sábado, sabadete... ¡camisa nueva y unos polvetes, jajajajaja! (Carlos suspira y niega con la cabeza) Va, hombre, no seas tan muermo, ríete un poquillo, que falta te hace.

CARLOS: Salva, te quiero mucho, pero a veces eres un poco capullo, ¿sabes?

SALVA (se echa hacia atrás en la silla y pone las manos sobre la mesa): Ah, muy bien, ahora resulta que soy un capullo. Pues una cosa te digo, que eres tú quien tiene un problema, tío, ¡no yo!

CARLOS: Y mi problema vendría a ser exactamente ¿cuál?

SALVA: ¿En serio no lo sabes? Menos mal que me tienes a mí (Carlos junta las manos e inclina la cabeza, como si le diera las gracias) Que cuál es el problema, dice. Ostia, tío, pues que pareces un jodido seminarista. ¡Ese es tu problema! Ese y la envidia que me tienes, (Carlos, que acababa de meterse un trozo de morro frito en la boca, por no mandarle a la mierda, casi se atraganta al escucharle). ¡Ya no me acuerdo de la última vez que te vi con una tía. A ver, listillo, ¿te acuerdas de la última teta que tocaste?

CARLOS (abriendo los brazos con exageración): ¿Y eso a qué coño viene ahora? ¡Ni que fuera tan importante!

SALVA: Noooo, no, no, a mí no me vengas con “¿Y eso qué importancia tiene ahora?” No me vengas con que estás buscando el amor de tu vida y esas chorradas de tías... (se queda mirando a su amigo, pensando)

CARLOS: Jamás he dicho algo semejante y lo sabes.

SALVA (baja la voz y se inclina sobre la mesa, como si fuera a tratar un secreto de estado): Oye, ahora que lo pienso... ¿tú no serás gay y no sabes cómo salir del armario?

CARLOS: ¿Qué? (Se tapa la cara con las manos y empieza a reírse a carcajadas)

SALVA: ¡Oye, relaja, que no he dicho nada raro! Además, si a mí me da igual, yo te voy a querer lo mismo tío, ¡que eres mi bro! Pero vamos, que si es eso, pues ya va siendo hora de que lo reconozcas. Seguro que hay un tío esperándote en algún sitio. (Carlos resopla, saca la cartera y deja un billete de 50€ sobre la mesa. Se levanta, coge la chaqueta del respaldo, se la pone y, sin decir nada, sale del bar, dejando a Salva en la mesa, hablando solo) Oye, escucha, ¿dónde vas? ¡Tío, que no es para que te alteres! ¡Ni que estuvieras premenstrual o algo así! Bah, que te den... Ya volverás. ¡Rafa, ponme otra birra! Y... ¿tienes callos? Pues una de callos, que paga el tonto de Carlos. ¡Y pan, mucho pan!

Carlos sale del bar, después de echar un último vistazo a su amigo, que parece haberse olvidado de él. Se aleja, calle abajo, con pasos largos. Aprecia mucho a Carlos, pero a veces le mataría, por ser tan gilipollas y tener cero filtros a la hora de hablar con cualquiera. No es la primera vez que se plantea porqué sigue siendo su amigo, con la cantidad de veces que le ha dejado en ridículo o lo poco que le importa hacerle daño. Está seguro de que nunca se ha sentido culpable por absolutamente nada en su vida, va como un toro detrás del trapo rojo y le da igual herir los sentimientos de los demás. Sus padres están deseando de que se independice o se case, lo que sea que haga que se vaya de su casa, y la mayoría de sus amigos evita quedar con él con frecuencia porque, bueno, saben que tarde o temprano acabará montando un pollo u ofendiéndolos. Si no le ha dado la patada hasta ahora es porque, ya son muchos años de amistad y también por todas las cosas que han pasado juntos. No puede negar que, en más de una ocasión, Salva le ha salvado de algún problema y hasta llegó a partirse la cara con otros tíos por defenderle, y le está agradecido de verdad. Pero, de un tiempo a esta parte, cada vez le cuesta más tolerar sus tonterías. ¿Y por qué se queda, entonces? No lo sabe, se ha hecho esa pregunta un montón de veces y no encuentra una respuesta válida.

Llega casa, saluda a sus padres y dice que no tiene ganas de cenar, que ya ha picado algo con Salva. Su madre, que le conoce mejor que él, le pregunta si está bien porque trae una expresión rara en la cara. Le dice que no es nada, que sólo está cansado porque está peleando con la traducción de un manuscrito del siglo XII que le lleva de culo, pero que se le pasará en cuanto duerma sus ocho horas. Ella finge creerle y él lo sabe, pero no tiene ganas de hablar. Está reventado. Se mete en la habitación, la misma que ha ocupado desde el día que cumplió un año, se tumba en la cama y cierra los ojos. Al cabo de un rato, cuando estaá a punto de quedarse dormido, suena su móvil. Se levanta, lo saca del bolsillo de la chaqueta y, al ver el nombre que aparece en pantalla, sonríe. Y entonces, justo en ese momento, cuando el corazón se le acelera en el pecho, comprende por qué se queda con Salva. Culpabilidad.

CARLOS: Hola, niña. No te vas a creer con qué idiotez me salió Salva esta tarde...

Y pasa la siguiente media hora hablando con Yolanda, la novia de su mejor amigo, que le usa de paño de lágrimas cada vez que se pelea con su amigo. Yolanda, la única mujer por la que daría la vida y, posiblemente, la única que jamás podrá tener. A veces cree, intuye, piensa, sueña que ella también siente algo por él, pero ninguno de los dos da ni el más mínimo paso en esa dirección. Yolanda jamás dejará a Salva y Carlos nunca se pondrá en su camino. “Puta responsabilidad”, piensa después de quitarse la ropa, meterse en la cama y apagar la luz, “puta conciencia, puta decencia, puta culpabilidad... ¡Puto Salva!”

Mjo

22-08-2021


sábado, 21 de agosto de 2021

SITGES

Hoy he pasado la mañana en Sitges, visitando los museos del Cau Ferrat y el Maricel. Hacía tiempo que tenía ganas de ir y se me ocurrió que la mañana de hoy sería perfecta. He llegado cuando apenas habían abierto, así que he disfrutado de la visita casi sola, algo que me encanta porque así puedo pasar tanto tiempo como quiera recorriendo las salas y, si algo me sorprende, soltar exclamaciones, sonreír o emocionarme a mis anchas sin que nadie crea que estoy locuela. Y lo he hecho más de una vez, palabra. Originales de Santiago Rusiñol, Ramón Casas, Zuloaga, Picasso, Mas i Fondevilla, Clarasó, copias de Botticelli (Florencia me persigue, ¿querrá decirme algo el Universo?) y, sorpresa, dos Greco originales que te roban el aliento. Impresionante, de verdad, como lo es la arquitectura de ambos edificios, con vistas a un mar que hoy estaba tranquilo e invitaba a bañarse o, como es mi caso, a pasear por la orilla antes de sentarse en un rincón a leer o escribir. 

Y es que me he dado cuenta de que, últimamente, cuando necesito exorcizar mis demonios, acudo a Sitges. Es como si la mezcla de sol, mar y bullicio fuera suficiente para callarlos a todos... Por alguna razón que se me escapa, parece que aquí consigo creer que, tarde o temprano, los malos momentos pasarán y llegarán días sino mejores, al menos diferentes. Todo parece posible en las calles que bordean la iglesia, en las que me gusta perderme buscando los rastros de antiguos indianos o siguiendo los pasos de pintores que captaron la luz y la vida de una manera única y preciosa. Eran otros tiempos, más sencillos quizá, menos ajetreados seguro. ¿Cómo debía ser este pueblo cuando reinaban los pescadores? Me los imagino a pie de playa, llegando con sus barcas cargadas de pescado fresco, ofreciendo el producto a las mujeres que llenarían las ollas con los guisos tradicionales que, hoy en día, algunos cocineros intentan recuperar con un aire nuevo. 

Pasado, presente y futuro caminan por las calles de este pueblo blanco, donde la luz ciega, buscando la mejor manera de convivir y sobrevivir. Yo he pasado noches enteras de fiesta por el Carrer del Pecat (la calle del Pecado) y he bailado bajo la lluvia en sus discotecas al aire libre, me he comido un gofre de chocolate a pie de calle y he disfrutado de una paella con los pies metidos en la arena. En los últimos años, también he aprendido a mirar hacia arriba, buscando los restos de una arquitectura modernista llena de perfiles curvados y motivos florales, cristales de colores y nombres ilustres. Sitges no es sólo fiesta hasta que sale el sol, ni atardeceres de ensueño, playas de arena fina o mar transparente. Es mucho, mucho más que eso, al menos para mí. 

Una parte de mí se encuentra a gusto allí, tanto como en Adrall o en el Circuit. Oh, venga ya, no os hagáis los sorprendidos ahora; sabéis que, cuando quiero, me pongo intensita y que soy rara de la cabeza a los pies. Rara, original, diferente. Yo. Y tampoco estoy tan mal; a cualquiera de vosotros podría pasaros algo mucho peor que yo. ¿Veis? El efecto Sitges jajajaja! Seguramente mañana volverá la Drama Queen y lloraré un poquito, seguiré echando de menos a las mismas personas y preguntándome que cómo es posible que me equivoque siempre tanto. Pero por dentro, porque así es como vivo las cosas. Tarde o temprano, todo pasa, las alegrías, las penas, las incertidumbres, las pérdidas, el sueño, el hambre y lo que se os ocurra; en esta vida, todo va y viene y no se detiene, por mucho que nos empeñemos en retener a una persona o un simple instante. Nada nos pertenece, excepto los recuerdos. Esos sí son nuestros, no puede quitárnoslos nadie, y están siempre al alcance de la mano para sacarlos del cajón y disfrutarlos de nuevo a solas, que es como mejor se saborean.

En fin, que me pongo dramática y no se trata de eso. Hoy no. Hoy he estado en Sitges, me ha dado el sol, he metido los pies en la playa y, de regalo, he visto a Júlia pintada por Casas. 

Hoy sonrío, que ya es bastante. 

Mjo


domingo, 25 de julio de 2021

TRY A LITTLE TENDERNESS


Esta debe ser la palabra más peligrosa de todo el diccionario: TERNURA. Ni odio, ni miedo, ni vacío, ni olvido, ni muerte, ni abandono. Ternura, que tiene un poco de todo eso y algo más que no soy capaz de nombrar, la fuerza de arrasar con todo aquello, y todo aquel, que se atreve a sentirla. 

No hay destrucción más completa ni dolorosa que la que provoca un ataque de ternura. Da igual lo que hagas, la fuerza que emplees en oponerte a ella; cuando alguien te abraza y te invade, la guerra está perdida. A partir de ese momento, lo que venga no importa porque vivirás esperando que se repita, que vuelva la sensación de felicidad que sólo sientes entre esos brazos, apoyad@ en ese pecho, escuchando esa voz y sintiendo los latidos, tranquilos o acelerados, de ese corazón. Y quien venga a ocupar su lugar una semana, un mes o un año más tarde será indiferente, porque estarás convencid@ de que jamás conseguirá llenar el hueco que han dejado. 

Maldita ternura, que se lleva la paz y la tranquilidad, y te deja sólo hambre, sed, pena, tristeza, rabia, dolor y preguntas. Tantas, tantas preguntas sin respuesta acumuladas a los pies de la cama, esperando que algún día algo, alguien o tú, las expulse a patadas y te enseñe a confiar de nuevo, iniciando otra vez el círculo vicioso del "No quiero quererte, pero, sin querer, te quiero".

Y vuelta a la casilla de salida, a repetir errores a pesar de las precauciones, a las noches en blanco y los días que pasan lentos. Vuelta a recoger los pedazos, a reconstruirte una vez más, a fortalecer el muro por las partes que se han derrumbado y te han dejado desprotegid@. Vuelta a cerrar los ojos para no ver, a taparte los oídos para no escuchar, a perseguir fantasmas y ocultar el miedo.

Pero no hay regreso posible y lo sabes. Volverás a tropezar, una y mil veces, con la misma maldita piedra, que te reabrirá la herida para que brote sangre nueva, limpia y caliente. Lo sabes. Lo sientes. Lo deseas. Lo haces. 

No hay caso. Cuando de equivocarse se trata, nadie lo hace mejor que tú y tu estúpida, horrorosa e inevitable ternura, que siempre va a parar donde, al parecer, no es necesaria. 


Mjo

(Os lo dije, drama queen a la máxima potencia, pero a veces hay que dejar salir toda la tontería para salir adelante) 




jueves, 15 de julio de 2021

DA NANG

Alrededor, los restos del naufragio repartidos por toda la estancia. El vestido de Alma, estampado de rosas rojas sobre fondo negro, había quedado tirado a medio camino entre un sillón y el suelo. Las enaguas que le daban movimiento y volumen a la falda quedaron colgadas en el respaldo de una silla. Los zapatos, de charol negro y con tacón fino, habían salido volando para aterrizar junto a la puerta que daba acceso al baño. El sujetador y las bragas, de encaje rosado, se habían perdido entre las sábanas bajo las que se enredaron sus cuerpos. La ropa de Mike, una cazadora negra con el nombre del instituto bordado en la espalda, una camiseta blanca de manga corta y unos tejanos con los bajos raídos, marcaban el camino que habían recorrido desde la puerta de la fría e impersonal habitación de hotel hasta la cama, tamaño king size, que ocupaba gran parte del espacio disponible. 

Si hizo calor, no lo notaron. Si hizo frío, tampoco. No oyeron el zumbido del motor de la mini nevera al ponerse en marcha, la música que sonaba al otro lado del pasillo, los reproches airados que se lanzaban la pareja de la habitación contigua ni el ruido, casi insoportable, del tráfico en la autopista cercana. No sintieron el olor acre que salía de las cañerías del lavabo ni el aceitoso que, por los conductos del aire acondicionado, llegaba desde la hamburguesería de la planta baja. No vieron los pedazos de papel que colgaban de las paredes, las manchas de humedad del techo ni las grietas del espejo sobre la cómoda. No se dieron cuenta de lo ásperas que eran las sábanas ni que en la moqueta se acumulaba el polvo de días o, quizá, semanas. No oyeron, no vieron, no olieron, no sintieron ni saborearon nada que no fuera el tacto de sus pieles, los susurros de sus voces en el oído, el olor de todos sus rincones, el brillo de sus ojos, el sabor de sus bocas. 

Se olvidaron del tiempo y se perdieron uno dentro del otro, una vez y otra y otra y otra más, y no parecía suficiente, porque acumulaban hambre y sed de meses. Sentían que no les alcanzaban las manos para tocarse, las bocas para besarse, los ojos para mirarse, el tiempo para amarse como necesitaban hacerlo, porque se acercaba la hora y lo sabían. Podían sentir cada segundo que resbalaba por la manecilla del reloj y el corazón se les iba en aprovecharlos todos, hasta el último, hasta que no pudieran más, hasta que llegara el inevitable final. 

Se juraron amor eterno, sabiendo que la eternidad podía durar una vida entera, diez años, tres meses o doce horas. Se dijeron todas las palabras, se cantaron todas las canciones, se mintieron una y otra vez mientras la tarde se convertía en noche y la noche se volvía día. Y con las primeras luces, se rompió la magia y se obligaron a despertar del sueño. 

Se miraron a los ojos de verdad y, por primera vez, se vieron como realmente eran. Alma, con el pelo revuelto, el maquillaje corrido y la sonrisa triste, no era la jovencita alegre y cariñosa que Mike había inventado, la tarde anterior, en la penumbra gris del bar. Mike no aparentaba ni la mitad de los años que aseguraba tener, lucía restos de acné en la frente e inocencia en la mirada. Ella, un alma vieja y cansada. Él, un niño que apenas empezaba a volar y ya sentía el vértigo de la muerte aferrado a sus entrañas. Se buscaron a conciencia y sólo encontraron dos extraños que la soledad había unido por unas horas y consiguieron fingir una sonrisa de salir de la cama y recuperar las ropas y la dignidad perdidas. 

Mike miró hacia otro lado, con las mejillas ardiendo, al ver el cuerpo desnudo de Alma a la luz del día. Tenía una cicatriz en la cadera izquierda y lunares diseminados por toda la espalda. Se preguntó qué dibujo saldría si los uniera todos con un bolígrafo de color rojo y se le escapó una carcajada leve y explosiva. Alma le miró por encima del hombro y no supo interpretar la expresión soñadora de su rostro. ¿Qué hacía con aquel hombre a medio terminar? ¿Es que nunca iba a dejar de equivocarse? No, se dijo, está claro que no. Se sentó en la cama y agachó la cabeza. Estaba avergonzada, triste, desesperada. Sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas y se mordió el labio inferior para cortar el drama, ya había hecho bastante el ridículo por un día. 

Mike, que andaba peleando con el equilibrio mientras se ponía los pantalones, la observaba de reojo y notó su pena. Dejó que la prenda cayera al suelo y se acercó a ella. Por unos segundos, dudó que debía hacer. Le fallaba la imaginación y la experiencia, como casi siempre, y se quedó de pie frente a ella, inmóvil. Alma, con la cabeza entre las manos y los codos apoyados en las rodillas, veía la punta de sus pies, embutidos en unos calcetines blancos, y guardaba silencio. ¿No tenía que irse ya? Le había dicho algo sobre un autobús, con destino a Nueva York, que no podía perder. ¿Por qué no se iba de una vez? Tenía ganas de gritar, cogerle del brazo y echarle de la habitación, pero la había pagado él y, además, seguía desnudo, sólo con los calcetines blancos arrugados en los tobillos. No podía hacerlo. Por Dios, no era más que un niño y, en el fondo, nada de lo que había pasado era culpa suya. Cerró los ojos, cayó la primera lágrima y todas las demás fueron detrás. Él suspiró, se agachó, le levantó la cara y se la limpió con delicadeza. Después dibujó una sonrisa de diablillo travieso, le dio un beso en la frente y le acarició el pelo con ternura. Ella cerró los ojos y se dejó mimar, sintiendo algo de paz y un vacío enorme allí donde una vez estuvo su corazón. 

- Lo siento - susurró, sin atreverse a mirarle. 

- No importa - contestó Mike, pensando en la despedida. No era ni la mujer de sus sueños ni el amor de su vida, pero había sido ambas cosas durante unas horas y él, a pesar de todo, era un caballero-. Me gustaría quedarme, pero no puedo. Tengo que... 

- ... coger un autobús, lo recuerdo. Nueva York, ¿verdad? - Él asintió, sintiendo de nuevo el miedo en el fondo de la garganta-. ¿A qué hora sale?

- Dentro de veinte minutos. Más vale que me ponga en marcha de una vez. No voy a poder ducharme - Se levantó y empezó a vestirse tan rápido como pudo-. Ni desayunar. 

- ¿Tienes hambre? 

- En realidad, no.

- Los nervios del viaje.

- Sí, será eso... 

Se puso la camiseta arrugada, se dio cuenta de que estaba al revés y, maldiciendo, volvió a quitársela para darle la vuelta y ponérsela otra vez. Se situó delante del espejo, se pasó la mano por el pelo para ordenar los mechones revueltos y abandonó al cuarto intento. Qué más daba, si le cortarían el pelo en cuanto llegara al cuartel. Cogió el petate, que había dejado tirado de cualquier manera junto a la puerta, se echó la cazadora al hombro y miró a Alma, que seguía sentada al borde de la cama, atenta a todos sus movimientos. Tenía manchas de rimel en las mejillas y estaba pálida, pero había dejado de llorar. 

- Bueno - dijo Mike, echando un vistazo alrededor para asegurarse de que no se dejaba olvidado nada. 

- Bueno - repitió Alma, poniéndose en pie-. Que tengas un buen viaje...

- Mike, me llamo Mike - Le tendió la mano, vio lo absurdo del gesto y la retiró casi al instante. 

- Yo soy Alma - Se puso de puntillas y le dio un beso en la punta de la nariz-. Cuídate, Mike. 

- Haré lo que pueda. 

Sonrió por última vez y salió de la habitación sin mirar atrás. Bajó las escaleras de dos en dos, atravesó el aparcamiento a la carrera y se subió al autobús justo antes de que cerraran las puertas. Se sentó al final, lejos de los demás pasajeros que, a esa hora, aprovechaban el tiempo para recuperar el sueño perdido. Después de un par de maniobras, salieron a la autopista y se unieron al tráfico. Mike, demasiado nervioso como para contemplar el paisaje al otro lado de la ventanilla, sacó la carta del bolsillo exterior del petate y volvió a leerla. Lo había hecho tantas veces que podía recitar su contenido de memoria y, a pesar de todo, seguía pareciendo una maldita pesadilla de la que esperaba despertar en cualquier momento. Sus ojos se deslizaron por la página a toda velocidad y se detuvieron antes de llegar a las últimas palabras: "... de donde zarpará con destino Da Nang, Vietnam del Sur". 

- Bueno - dijo a su reflejo en el cristal -, al menos, no morirás siendo virgen. 

Acomodó la postura, cerró los ojos y se quedó dormido al instante. 


Mjo

15-07-2021