jueves, 11 de noviembre de 2021

MIENTRAS SUENE LA MÚSICA...

Hay algo absolutamente perverso en los recuerdos, sobre todo en esos que creías olvidados y un día cualquiera, sin previo aviso, te saltan al cuello y amenazan con ahogarte. 

Esta noche había quedado con un amigo, pero ha tenido un percance y hemos tenido que dejarlo para otra ocasión. Como la noticia me ha llegado a un paso de su casa, he dado media vuelta y he cogido un autobús hasta la estación del tren. Cuando he subido, me he sentado, he sacado el ebook y he empezado a leer. De repente, he mirado por la ventanilla y lo que veía al otro lado me resultaba familiar. "Yo esto lo conozco", he pensado, cosa rara porque no suelo ir por esa zona desde hace años. Pero sí, esa plaza me sonaba, y aquella fachada impresionante y la avenida y la curva exagerada y... Y entonces, se hizo la luz y cai en la cuenta de dónde estaba y por qué lo conocía todo tan bien. 

SÁBADO, SABADETE

 

- Cariño, hoy querré helado después de cenar. – dijo Anselmo, parapetado detrás de su periódico-. No te olvides de comprarlo – Hizo una pausa y asomó su redondo rostro por encima de las páginas impresas. Sonreía, visiblemente satisfecho consigo mismo-. De fresa y nata, por favor, es mi favorito.

- ¿Hoy? - preguntó Matilde, que estaba recogiendo la mesa después del desayuno.

- ¿Es sábado? - Su esposa asintió y clavó los ojos en el bordado del mantel, para no ver el ceño fruncido de su marido-. Entonces sí, hoy. No hagas preguntas estúpidas, querida, ya sabes cuánto lo detesto.

- Sí, lo siento. Es que ha sido una semana muy ajetreada y... - Anselmo resopló con impaciencia y volvió a concentrarse en la sección de deportes. Su equipo estaba a punto de descender de categoría, lo cual le importaba mucho más que las tonterías de su mujer-. De fresa y nata, claro. No lo olvidaré.

lunes, 25 de octubre de 2021

HENO DE PRAVIA

Sentada en un rincón junto a una ventana con vistas al jardín, magnífico a esas alturas de la primavera, Alba consultó su reloj una vez más. “Genial”, pensó, "mi madre del alma querida vuelve a retrasarse y ni se molesta en avisar”. Para alguien como ella, cuyo amor por la puntualidad rayaba con la obsesión, algo así era imperdonable. Claro que tampoco le sorprendía ni lo más mínimo. Que Soledad Solano, ejecutiva de prestigio, miembro de honor de innumerables sociedades benéficas y, de vez en cuando, portada en las revistas del corazón, se olvidara de su cita con ella, su hija menor y la mayor de sus decepciones, era algo normal. Alba dio un sorbo al té, arrugó la nariz con desagrado al notar que se había quedado frío, e hizo un gesto a la camarera.

- Por favor – dijo, cuando se acercó -, ¿podrías traerme un café largo con hielo? Muchas gracias.

viernes, 15 de octubre de 2021

OSCURO DESEO

Noche de jueves.

No puede.

Lo intenta, pero no puede.

Y lo sabe y, en el fondo, le da igual.

No, no le da igual, pero tampoco le importa demasiado.

Nada funciona cuando se aleja, lo sabe, así que ¿por qué debería dejarlo?

¿Para sufrir aún más?

No tiene sentido.

No lo tiene.

Si se pasa el día deseando que regrese, ¿a santo de qué viene esa necesidad de dejarlo?

Es absurdo. Ridículo. Impensable.

IMPOSIBLE.

Por Dios, qué tontería. ¡Claro que es posible! ¡Puede dejarlo cuando quiera!

Hoy, por ejemplo. Ya. En este mismo momento.

Sólo tiene que levantarse, abrir la puerta, salir y listo.

¿Ves? ¡Es fácil!

¿Ah, sí? ¿Es fácil? Entonces...

¿Por qué no lo haces?

- ¡PUES PORQUE NO PUEDES, IMBÉCIL, POR ESO NO LO HACES! – le grita Helena a su reflejo. Tiene tentaciones de ponerse dramática y, como en las películas, pegarle un puñetazo al espejo. Hace el gesto y, en el último momento, desiste. Le habría encantado destruir su propia imagen, hacerla añicos, romperla en mil pedazos, pero ya le va lo suficientemente mal como para invocar otros siete años de mala suerte.

- Helena, ¿estás bien? – La voz de Carlos le llega amortiguada por la puerta cerrada del baño. Un escalofrío le recorre la espalda, placer y miedo mezclados en un cóctel explosivo

- ¡Sí, no pasa nada! Me he... dado un golpe con la mampara. ¡Qué torpe soy, jajaja! – improvisa. Apoya la frente en el espejo, cierra los ojos y respira hondo varias veces-. Me ducho y salgo, ¿vale?

- Oye, no te puedo esperar – un par de golpes en la madera la sobresaltan-. Me esperan en casa y ya voy tarde. Te he dejado dinero para el taxi en la mesita de noche, ¿vale? Hablamos mañana y quedamos para la próxima semana. ¡Adiós!

- ¡No, espera! – Sale del baño para despedirse y sólo alcanza a ver la puerta de la habitación que se cierra sin hacer apenas ruido-. Quería decirte adiós. Y que te quiero.

Se sienta en la cama y empieza a llorar.

Durante una hora, se revuelca en la rabia, la impotencia, la tristeza.

Después se da una larga ducha, rogando para que el agua se lleve también las últimas lágrimas. Cuando siente la piel a punto de desprenderse de los huesos, sale, se viste y echa un vistazo alrededor.

No queda más rastro de su presencia que las sábanas arrugadas y el dinero en la mesita.

Aunque la habitación está pagada hasta mediodía, no quiere quedarse en esa cama, respirando el olor de su cuerpo y notando el frío a su espalda. 

Mejor se va.

Recoge sus cosas y sale sin mirar atrás.

Hace el camino de vuelta andando. Quizá el frío de la madrugada le ayude a despejarse, a tomar una decisión, a hacer algo de una puta vez.

Fuma un cigarrillo tras otro.

Maldice el día en el que lo conoció, el momento en que la besó por primera vez, el recuerdo de sus manos sobre su cuerpo.

Le odia.

Le desea.

Vuelve a odiarle.

Le echa de menos.

Y sigue deseándole.

Repasa sus últimos mensajes.

Mira sus fotos, las que le había hecho con su conocimiento y las que robaba de sus redes sociales.

Sonríe.

Llora un poco.

Se harta.

Le duelen los pies.

Está cansada.

Decide en firme que ha sido la última vez.

Aprieta los puños hasta clavarse las uñas en las palmas de las manos, creyendo que ese dolor apagaría el otro, el que no deja huellas, pero se equivoca.

Grita, en una calle vacía de gente,  que no volverá a verle, que no contestará sus llamadas y se olvidará de él en un abrir y cerrar de ojos. O dos.

Para cuando llega a casa, poco después de la medianoche, ya ha cambiado de opinión.

Como siempre.

Maldita estúpida.

Maldito cabrón.

Maldito amor.

 

 

 

Noche de jueves.

Alba se retoca el maquillaje frente al espejo y, satisfecha, le guiña el ojo a su reflejo.

La mujer que le devuelve la mirada no tiene dudas ni miedos, está segura de lo que quiere y ha decidido que, mientras suene la música, seguirá bailando.

No es perfecto. De hecho, está muy lejos de serlo, pero ¿quién quiere perfección cuando puede sentirse viva?

“Viva, sí... Una vez a la semana, dos si tienes suerte, tres si se alinean los planetas”, le dice la burlona voz de su conciencia.

“Menos da una piedra, querida”, contesta, y se pinta los labios con el rojo furioso que sabe que le gusta.

Suena la puerta. Un toque. Dos. Alba se da un último vistazo, le guiña un ojo a la mujer del espejo y se acerca a la puerta.

Abre.

Carlos sonríe, le tiende una rosa roja de tallo largo y entra.

Cierra la puerta.

La abraza.

Le dice al oído “Qué ganas tenía de verte”.

La abraza.

La besa.

Y el resto, mañana, da igual.


Mjo

15-10-2021