domingo, 26 de abril de 2020

ESCENAS (Semana 15)


ESCENA 1

(Conversación pre-cita entre Eric y Marina, después de los “¿Cómo estás?” y “¿Qué estás haciendo?” de cortesía).

ERIC (con tono de voz muy serio): Mañana, cuando llegue a tu casa, te quiero callada.

MARINA (sorprendida): ¿Quieres ser Mr. Gray?

ERIC: No, quiero ser yo quien manda. ¿Aceptas?

MARINA: ¿No podré decir nada?

ERIC: No, hasta que yo no te dé permiso.

MARINA (divertida): Qué atrevido…

ERIC (algo impaciente): ¿Sí o no?

MARINA (con decisión): Sí.

ERIC (sin acabar de creérselo): ¿En serio?

MARINA (con entusiasmo): ¡Por supuesto! 

ERIC: Te veo mañana. Llegaré sobre las ocho. O quizá antes…

MARINA: Ven cuando quieras, te estaré esperando.

(Se despiden con el siempre socorrido icono del bichito que manda un beso. Eric apaga el móvil y se mete en la cama. Da vueltas y más vueltas, intentando pensar en cualquier cosa que no sea la cita del día siguiente. Es imposible. Cada vez que cierra los ojos, le vienen imágenes a la cabeza, las situaciones que quiere provocar, y la sangre se va concentrando en la parte baja de su anatomía. Frustrado, levanta el nórdico y habla hacia el interior de la cama).

domingo, 19 de abril de 2020

MARAVILLOSA PUESTA DE SOL (semana 14)


Hacía tiempo que no veía una puesta de sol tan bonita, tan perfecta. El escenario es único. Me rodean las montañas que protegen la ciudad, el perfil de algunos de los edificios más señoriales y, en frente, el mar sereno. Es el puerto deportivo, lo cual le resta una pizca de belleza, pero el conjunto es magnífico. Como hemos llegado pronto, cuando apenas hacía diez minutos que habían abierto la terraza del bar, hemos podido coger un sitio privilegiado, en primera línea, para disfrutar de las vistas. En realidad, es un momento terriblemente romántico. Todo se conjura para hacerlo así: la temperatura casi perfecta, la música a un volumen adecuado para mantener una conversación, el paisaje… Lástima de la compañía. Rectifico: lástima de la compañía mientras estuve acompañada. Cuando se fue, dejándome plantada, mejoró bastante mi ánimo y el momento.

Que Albert no iba a cuajar conmigo lo supe desde el primer momento.  A veces tengo pálpitos sobre algo, una persona, una situación, un libro, y raramente me equivoco. Con él, tan pronto como hablamos a través de la app, me quedó claro que no iba a salir bien. Demasiado entusiasta, para mi gusto. Aun así, le fui dando bola porque pensé que, quizá, mi primera impresión fue equivocada. Todos merecemos que nos den una oportunidad, ¿no es cierto? Me pidió el número de móvil pero le dije que no solía hacerlo hasta pasado un tiempo aunque, si quería, podíamos hablar a través de otro programa para el que no era necesario ese dato. No lo tenía instalado, me dijo, pero tardó un suspiro en estar conectado y encontrarme.

martes, 14 de abril de 2020

CONFINADOS (4)


Un campo de narcisos amarillos y un hombre con un traje azul. Un hijo que sabe poco de su padre y, de lo poco que sabe, sólo se cree la mitad. Un pez muy grande, un gigante, un pueblo encantado, una bruja con un ojo de cristal, unas siamesas japonesas, un poeta en busca de inspiración, un amor capaz de atravesar la fantasía para convertirse en realidad… Las historias que contamos a los demás, las historias que nos contamos a nosotros mismos y las historias que jamás contaremos a nadie. ¿Dónde está la frontera entre la realidad y la ficción? Quién puede poner freno a los sueños, a los deseos, a las ganas de encontrar lo que ni siquiera sabes que buscas. Quién puede evitar vivir.

Había oído hablar de “Big Fish” a mucha gente y todos me la recomendaban. Hoy me he decidido a verla y me he encontrado con una película preciosa, muy potente visualmente, una bella historia sobre el conocimiento entre padres e hijos que me ha dejado pensando. Cosas del encierro, supongo, y de contar ya demasiados días en el calendario sin verlos.

domingo, 12 de abril de 2020

PESADILLAS (semana 13)


La niña se había acostumbrado a ver películas “prohibidas” a través de una rendija. Se metía en la cama sin protestar y, cuando su madre apagaba la luz y salía de la habitación, se sentaba a esperar el momento perfecto para deslizarse fuera de las sábanas. De puntillas, caminaba por el pasillo hasta encontrar el sitio perfecto que le permitiera ver sin ser vista. Sus padres, confiados en que dormía plácidamente, se acomodaban en las mecedoras para ver películas, obras de teatro, series y, una vez a la semana, un programa cuya música inicial le ponía la piel de gallina y era presentado por un señor con barba que fumaba como un carretero. No entendía ni jota de lo que hablaban, todos se peleaban con todos y, a veces, sus padres se indignaban con los comentarios. Ella, sentada en la frialdad del pasillo, tenía la sensación de asistir a una obra de teatro real que le fascinaba. Sin embargo, nunca disfrutaba más que cuando emitían “Mis terrores favoritos”.

Aquellas noches eran las mejores. Poblaban sus sueños de criaturas de otros mundos, monstruos sedientos de sangre, asesinos en serie, fantasmas burlones y niños inocentes que desaparecían al entrar en un bosque encantado. Alguna vez intentó levantarse y huir pero lo que veía en la pantalla, casi siempre en blanco y negro, le atraía como la luz a las polillas. Se quedaba hasta que la escena final se fundía en negro y las palabras “The End” aparecían en pantalla. Ese era el momento de levantarse, ignorando el dolor de piernas, y volar de vuelta a la cama antes de que la pillaran. Lo conseguía casi siempre y cuando eso no pasaba, la regañina era antológica. Prometía no volver a hacerlo pero la tentación era demasiado fuerte y la semana siguiente, a la misma hora, la niña repetía el ritual paso por paso. Fue la primera adicción de su vida y la menos dañina de todas. Años después, cuando lo recordaba, la sonrisa se le escapaba sin remedio. Añoraba a aquella criatura que se rebelaba contra las reglas y, además de leer libros bajo las mantas alumbrada por una linterna, vio montones de clásicos de terror escondida en un pasillo a oscuras.